23 LA ENCANTADA DEL PUEBLO.
Se
llamaba Petra, decía ser la princesa dilecta, protegida y amada por los
Encantados, siempre contaba que estos seres de luz la llevaban al Remolino y que
allí debajo del agua había Palacios de Lujo donde le ofrendaban joyas que no
eran de este mundo, oro de brillo deslumbrante y gemas que palpitaban como
corazones.
A diario la veíamos caminar y perderse por la
calle que va hacia la parte del rio que llamamos La Cochina, y por ahí está
el pozo donde se bañaban las niñas y más adelante el Remolino, que era el lecho
donde Petra decía que visitaba a los Encantados. Ese Remolino era un sitio donde
solo se bañaban los hombres allí no acostumbraban a ir las mujeres por eso
mismo de ser sitio de los Encantados, además de que esa es la parte más honda
del río. Petra, regresaba de sus caminatas con la mirada
encendida, asegurando que traía en su cartera Joyas y Morocotas de Oro, regalos
de los Encantados del río.
Nadie
recuerda su origen, decían que en su juventud fue un prodigio de belleza y
linaje, una dama de seda y letras que entregó su corazón a un hombre que solo
sabía de inviernos, y cuya desolación terminó por fracturar su cordura,
arrojándola a los brazos de lo sobrenatural.
Deambulaba
por las calles pidiendo, por allí en los negocios, y las casas donde la gente
buena le ayudaba.
¡Comaíta, Comaíta ¡le decía a mi abuela, entonces mi abuela salía
con algo y le daba.
Vivió
por cerca del estadio, pero se le cayó al rancho en un invierno, de madrugada
su casa de bahareque y techo de palma se desmoronó, literalmente se cayeron las
paredes y el techo cayó intacto al suelo como un sombrero y la cubrió, Petra
emergió de entre los escombros, ilesa, como si los mismos Encantados hubieran
sostenido el aire para salvar a su protegida, no le pasó nada, ella salió arrastrándose
y la noticia corrió como bomba, el pueblo se sumó a ayudar.
Fue entonces cuando la curiosidad de los niños
desafió al misterio. Varias pequeñas se filtraron en las ruinas, buscando el
botín de leyendas que Petra custodiaba. Al abrir un viejo baúl, el hechizo
pareció romperse, pues no hubo destellos de oro ni encajes de lencería fina,
solo hallaron piedras de río de diversos tamaños y paños laboriosamente
bordados, pero carentes de valor material. El "Tesoro de los Encantados"
era, a ojos de los mortales, un puñado de guijarros y lino viejo.
Después
vivió por la calle Las Piedras cerca del negocio de Carmen Dolores. Envuelta en
una soledad que solo ella sabía compartir. Cuando la muerte finalmente reclamó
su cuerpo, el pueblo, en un acto de piedad colectiva, costeó su último refugio
de madera y tierra.
Pero, los Encantados no olvidan a los suyos y mucho menos a la que
fue su novia dilecta.
Cuentan
que en la noche después que la enterraron, un viento gélido y violento barrió
Santa Inés, arrancando láminas de zinc como si fueran hojas secas. Y lo más
interesante y creo yo propio de las cosas que pasaban en Santa Inés, es que desde
el cementerio brotó una algarabía sobrenatural una música estruendosa, cánticos
de ebriedad divina y lamentos que hacían vibrar los muros, pero no era gente,
eran Los Encantados. Los vecinos, asomados con el corazón en un hilo tras las
tapias, no vieron a nadie. El camposanto estaba vacío a la vista, pero lleno al
oído. Eran ellos, los señores del río, que celebraban con estrépito el regreso
de Petra a sus dominios, manteniendo el concierto de sombras hasta que el reloj
marcó el silencio de la medianoche.
Hoy
día la silueta de Petra se desdibuja en el camino hacia la Cochina y su risa puede
oírse al soplar la brisa. Hay quienes, sin saber esta historia, afirman haber
hablado con una mujer sentada a las orillas del Remolino. Es todo.
23 LA ENCANTADA DEL PUEBLO. Cuentos de mis abuelos y de mi pueblo Santa Inés.