viernes, 30 de enero de 2026

16 EL CUENTO DEL BURRO DEL POLACO. Cuentos de mis abuelos y de mi pueblo Santa Inés.

 

EL CUENTO DEL BURRO DEL POLACO.


Cuentan los viejos, más viejos que yo, porque esto lo oí cuando era muchacho, que en Santa Inés por la calle del cementerio, vivía una señora que llamaban la Ñera y que era bruja, curandera de las que saben, ayudo y sanó a mucha gente, pero y que según de noche se volvía pájaro y volaba por el pueblo.


La cosa es que de verdad en las noches uno veía por lo menos en el patio de la casa de mi abuela Rafaela, pájaros raros en las matas de mamón, y una vez Chabela dijo que vio una Garza, en la mata de ponsigué de casa de Marina, allá por el Dispensario.


¡Una garza, muchacha loca, quien te dijo que por aquí hay garzas ¡

La Ñera era una mujer mayor de cabellos de plata, vivía por los lados del cementerio, sola, en un ranchito de bahareque, atendía a la gente en una salita fresca que tenía bien acomodadita y todo limpio, pero misteriosa. Atrás se veía un cuarto, no era el dormitorio era su cuarto misterioso, el cuarto alquímico, ahí había un armario con frascos y pócimas, ramas de ruda, pasote y cariaquito que colgaban del techo y tenía un armario con frascos que contenían el alma de la sabana.

Pero, resulta que había un señor Polaco, porque según él venía de Polonia, era empleado o encargado de una finca del pueblo, no se cual, vivía cerca del Paso Real, por el bañadero del rio La Cochina, allí él tenía un conuquito, con una casita de piedra y vivía con dos perros enormes y bravos como Cancerberos, pero era extraño un señor como él en estas tierras, vivía solo, siempre vestía chaqueta de flux, olía a europeo, tenía muchos pelos en las orejas, abundante barba y bigote rojizo, tupido y amarillo, porque fumaba mucho.

 
Mi abuela de vez en cuando le brindaba café. El visitaba la bodega de Morocho, le gustaba la Pepsi bien fría y era muy afable. Hablaba con muy poco acento. Se presentaba como Francisco, pero para todo el mundo era EL Polaco.

 

Yo conversaba bastante con él porque para entonces yo estudiaba en la Escuela Agropecuaria y él me contó que también había estudiado en una escuela granja igual a esa, en su pais Polonia, y que había estado en la segunda guerra mundial, yo creo que del lado nazi, pero bueno, según él era de nacionalidad polaca.

Hablando de estudiar y de no ser un burro, este señor polaco, me contó algo terrible que le ocurrió. Yo creo que era mentira pero ahí les va.


Hacía años, recién llegado él a Santa Inés, había conocido a la Ñera, porque se había tratado una erisipela con ella. A él le llamaba la atención estás artes y tenía mucha fe,  admiración y curiosidad por estás personas.


¡En los pueblos de Polonia, también hay mujeres que curan y hacen toda clase de hechizos¡, decía.


Un día mientras limpiaba un patio vecino, movido por la curiosidad y oculto tras un muro de adobe, la observó mezclar hierbas, ceniza de palo santo, y algo que parecía polvo de hueso, luego, la oyó murmurar palabras en una lengua que no entendió y vertió el brebaje en una tapara hueca. Seguidamente con sorpresa, miedo, asombro, y sin querer observó a la Ñera, desnudarse por completo, era una mujer de edad avanzada nada atractiva, la vio tomar la tapara y untarse el aceite que contenía y ella se volvió pájaro ante sus ojos, un gavilán.

Él impactado y quieto como una piedra observó este fenómeno. Y ahí se quedó hasta que como a las dos horas regreso el animal y entrando al rancho por la única ventana se volvió mujer de nuevo, ahí la vio desnuda arrodillada en el suelo.


¡En Polonia también se conoce de estas artes y las brujas vuelan como aves durante las frías noches de invierno¡


¡Yo quiero hacer eso¡, se dijo.

¡Yo también quiero volar como un halcón o como un águila!


Esperó al día siguiente, que la mujer saliera al monte y la vio caminar hacia el cementerio, aprovechó y entró en el rancho movido por ese deseo insensato de ver el mundo desde las alturas como un pájaro, encontró la tapara esa, con el ungüento aceitoso, con un brillo verdoso como el lomo de una serpiente. Olía bien, me dijo.


Se lo untó en la cara, el pecho y los brazos, recitando el padre nuestro por si acaso.


Esperando sentir el brote de las plumas. Pero la magia es caprichosa y se adapta al suelo que pisa. El primer síntoma fue un picor insoportable en las orejas, que empezaron a crecer hacia el techo como hojas de tabaco.


¡Por eso aún tengo las orejas y todo el cuerpo lleno de pelos¡, ja, ja, ja, se reía.


Su rostro se le alargó, su piel se le cubrió de un pelaje gris y áspero, y sus manos, que alguna vez sostuvieron los cigarrillos que mucho fumaba, se endurecieron hasta convertirse en cascos negros.


No hubo vuelo. El Polaco, el refinado europeo, se encontró convertido en un gran burro de carga, rebuznando de espanto frente a un espejo manchado que colgaba sobre una pared en el rancho.


Lo que siguió para el Polaco, fue una odisea que ni el mismo habría imaginado.

Se había convertido en burro y no uno cualquiera, sino un asno de grandes ojos tristes y orejas que capturaban hasta el susurro del viento. Y lo peor era que nadie lo reconoció. Una señora  al verlo en el patio al amanecer, lo tomó por un animal perdido y lo ató a un poste junto a un corral.


“Pobrecito dijo, debe haberse escapado de alguna finca.”

 

Le dio agua, le echó unas pencas de tuna y lo dejó allí, ajena a que ese burro era aquel señor que ella conocía.


El pobre hombre o pobre burro, durante semanas, cargó sacos de yuca, arrastró carretas de leña, y fue testigo mudo de las miserias y alegrías del pueblo. Vio a los niños jugar en La Toma sin temor a las Tripas del Mondongo,  incluso presenció cómo un hombre ebrio juraba haber visto a Los Encantados bañándose en El Puente, solo para que su mujer no lo regañara por llegar tarde.


Fue robado por unos cuatreros que pasaban por el camino a San Nicolás y lo cargaron con bultos de lo robado, tan pesados que hacían crujir su pobre columna de asno.


En su mente, seguía siendo el Polaco,  recordaba y conocía todos, pero de su boca solo salía un lamento ronco que los hombres respondían con latigazos.

 

¡Hiaaa, hiaaa, hiaaa, hiaaa, brrrrrrr! Yo rebuznaba para protestar.


Se escapaba de donde lo tenían, porque era burro por fuera, pero conservaba su inteligencia y no quería estar así. Buscaba a la Ñera, era la única que podía curarlo.


El cura de la iglesia, también lo cuido y en unas fiestas patronales de Santa Inés,  fue obligado a cargar y pasear a los niños por 0.25 bolívares.

¡Un mediecito cobraba el Padre, y el Monaguillo me hacía darle vueltas a la plaza, paseando de a dos carajitos.!


En unos corrales de ordeño, que atendía mi tío Juan Antonio Ríos,  aprendió la paciencia infinita de las bestias bajo el sol y el aguacero.


Pero,  cuenta que lo que más le atormentaba era su impotencia. No podía hablar, no podía escribir, no podía revelar quién era. Solo podía observar, sufrir y recordar. Y en medio de ese sufrimiento, comprendió algo que jamás había entendido siendo humano.

Cuando se soltaba corría al patio de la Ñera, y relinchaba, pero la vieja salía con una perola de agua y lo espantaba.


¡Hiaaa, hiaaa, hiaaa, hiaaa, brrrrrrr!  Yo rebuznaba para llamar la atención.


¡Hiaaa, hiaaa, hiaaa, hiaaa, brrrrrrr! (Soy yo el Polaco).


¡Qué le pasa a ese burro¡ decía. ¡Van a tener que caparlo, para que se amanse¡


Por fin, una noche de luna en cuarto menguante, hora propicia para los desencantos, la Ñera lo buscó.

 Se acercó al asno, le acarició la frente y dijo:

¡Aprende Polaco. La curiosidad te traicionó, pero también te redimirá¡

Le ofreció una hoja de ruda mojada en rocío y le ordenó comérsela. Al instante, el pelaje se deshizo como niebla, los huesos volvieron a su lugar, y el Polaco, desnudo y tembloroso, cayó de rodillas en el barro.


¡Me volví gente otra vez¡

 

Aprendí que "ser curioso es bueno, pero actuar con imprudencia o sin pensar en las consecuencias puede traernos problemas".


La gente del pueblo notó su ausencia y se preguntaba donde había ido el Polaco. Lo que nunca supieron y algo que nunca él olvidaría era que en las noches de luna llena, salía al patio y miraba sus manos, recordando junto con la lección aprendida, el tacto de la tierra bajo sus cascos, el sabor del pasto y la experiencia en carne propia del maltrato, el hambre y el trabajo pesado y entender el sufrimiento de los seres que no tienen voz.

Tiempo después el gobierno Polaco lo mandó a buscar a Santa Inés, vendió lo que tenía, se despidió de sus conocidos y se fue. Es todo.



EL CUENTO DEL BURRO DEL POLACO. Cuentos de mis abuelos y de mi pueblo Santa Inés.


Carlos Julio Rivas Galindo

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miércoles, 28 de enero de 2026

15 LAS BALSAS DE TRIPAS DE TRACTOR. Cuentos de mis abuelos y de mi pueblo Santa Inés.


LAS BALSAS DE TRIPAS DE TRACTOR. Cuentos de mis abuelos y de mi pueblo Santa Inés.

Salíamos al río caminando río arriba, desde La Toma para arriba, hacia las cabeceras, cargando en el hombro cada uno una tripa grande de las que llevan los cauchos de tractor,  bien llena de aire, que a manera de salvavidas o de balsa inflable, usábamos para regresarnos corriente abajo. No eran botes, no eran canoas, eran tripas, pieles de bestia mecánica, vaciadas de su hierro, llenas solo del aliento del viento y nuestra osadía. Esas cámaras nos las regalaba el primo Moltimer El Viejo, de esas que de tanto parche sobraban en la cauchera del pueblo, que el atendía.


Caminábamos lejos, lejos, lejos río arriba, más allá de donde los perros ladran al mediodía, más allá de los últimos sembradíos de tomate que trepan la loma como rezanderos cansados. Íbamos en silencio, porque el monte escucha, y el río recuerda.

Llegábamos bien arriba hasta "La Toma de Ramón Leal", un poquito más allá de "Las Gaviotas", desde allí nos tirábamos al rio.  En la bajada, arrastrados por la corriente, pasábamos por "Las Lajas" allí  cogíamos caña de azúcar del sembradío, la machacábamos con las piedras para morderlas y chupar el jugo. Más abajo por lo de " Falconero" ahí nos llenábamos las franelas de mandarinas o naranjas dulces como rellenas de miel, también mangos, o lo que se viera por ahí, frutos que los conucos de por ahí ofrecían como tributo a quienes nos atrevíamos a surcar esas aguas, sin remo ni timón.

De regreso pasábamos otra vez por La Toma, y más adelante, dándonos tumbos con las piedras por la fuerza de la corriente, pasábamos debajo del Puente. Allí, saludábamos a los bañistas en la orilla como si desde nuestros yates se tratara, con la cabeza erguida, la sonrisa socarrona y el cuerpo chorreando orgullo y seguíamos río abajo, uno tras otro, como una caravana de fantasmas alegres, rio abajo vía el caserío de San Nicolás.

Chicho comandaba, Tico, Eligio, Catire, Gabriel, Alexis y yo, cada uno con su balsa, bote de tripa de tractor bien inflamada, navegábamos entre lo real y lo soñado. A veces un susto por los remolinos, esos ojos negros del río que te miran antes de tragarte, otras veces por los ruidos del monte tenebroso, un crujido, un aullido sin dueño, el vuelo rasante de un pájaro que no canta, otras veces, peor aún, por el silencio macabro, cuando hasta el viento calla y el agua parece detenerse a observarte.

Pero pa’lante íbamos.

Alguno se resbalaba y se salía de la tripa. Aunque todos atentos y con el corazón en la garganta, nadie ayudaba, pero se defendía solo. Era ley del río. Otro chapuzón, otra risa nerviosa, y ya, otra vez se montaba, y río abajo, lejos, lejos, lejos rio abajo.

Luego de no sé cuánto tiempo, navegando por el rio, ya con los pies y las manos arrugadas, una hora, dos horas o tres horas, ¿qué guaricho iba a estar pendiente del tiempo?

Hasta aquí llegamos, este es el punto, decía Chicho, baquiano y conocedor de la ruta. Por aquí está el camino. Es que estas misiones las comandaba Chicho, que de paso era el inventor y promotor de la aventura.

Entonces nos salíamos del río en ese punto, con las tripas al hombro como caparazones de morrocoy, y cogíamos camino a pie por la pica de tierra, bajo un sol que quemaba como culpa antigua. Cansados, esmayados, cenizosos y bien lejos de la casa y del pueblo, caminábamos sin prisa, sabiendo que estábamos bien lejos y era tarde.

!Seguro nos sale un regaño por inventadores y cambimberos¡.

Al borde del desfallecimiento, Chicho (Pipiolo) se detuvo, miró el horizonte y preguntó a un señor que venía en mula, por el camino. Un viejo que apareció de entre los bejucos, como brotado de la tierra misma

¿Cómo se llama esto por aquí?

!Mis hijos, esto aquí es San Nicolás arriba, tienen que caminar más allá para llegar al propio San Nicolás y enrumbar por la carretera de granza hasta Santa Inés, que es para donde van.

Nos miramos entre nosotros. Sonaba a tierra encantada o que habíamos calculado mal el punto de salida del rio.

Muchachos, dijo Chicho, secándose el sudor con el dorso del brazo:

!Hay que  a pedir cola al primer camión que pase, porque estamos bien lejos de Santa Inés y son como las seis de la tarde¡

Y, como nunca paso ningún camión, nos tocó, tripas al hombro a veces y rodándolas por el suelo otras y con el alma mojada de aventura, caminar como hora y media o dos hora, hasta Santa Inés.

Mientras, el río seguía su curso, llevándose secretos, devolviendo ecos, y murmurando en lengua de espuma los nombres de quienes osamos cabalgarlo con nada más que una tripa de tractor y la inocencia de la infancia.

Porque en Santa Inés, los ríos no solo llevan agua, llevan historias. Y nosotros, también somos parte de ellas. Es todo.

LAS BALSAS DE TRIPAS DE TRACTOR. Cuentos de mis abuelos y de mi pueblo Santa Inés.

14 A PESCAR EN EL RIO. Cuentos de mis abuelos y de mi pueblo Santa Inés.

 


A PESCAR EN EL RIO

En estos días hablando con mi primo Tico, me invitó a ir al pueblo, ya que tengo muchos años que no voy, y me decía que el rio estaba bien bueno y había pesca de mas, que había mucho camarones y guaraguaras.
Yo desde la distancia, con nostalgia y alegría empecé a recordar aquellas aventuras de muchachos así:

En los días en que el sol no perdonaba sombra y el río de mi pueblito Santa Inés estaba bueno para pescar, salíamos al agua como si fuéramos hijos del cauce mismo.

Bien preparados con máscara y arpón, cigarros y ron (escondido) salíamos al río a pescar guaraguaras, bagres y guabinas, también camarones, bichures y camacutos, con máscara y arpón hechos con una verá con punta de metal afilada raspando la acera (una varilla de electrodo era ideal) y la gomera de matar pájaros y matos. Caminábamos horas río arriba, en silencio sagrado, para no espantar las presas. El sendero era un hilo de piedras resbalosas y granza y cada paso se hundía y lastimaba como si la tierra nos recordara que éramos huéspedes efímeros.

¡Para acá hay que venir con cholas o zapatos viejos, descalzos es muy arrecho! decía mi pana José Gregorio Meneses (Goyo).

Los más chiquitos eran los guataneros. Catire, por lo general, cargaba el guatan con la solemnidad de un sacerdote llevando ofrendas, también llevaba los cigarros y los fósforos.

¡Que no se mojen, que no se mojen! Le decíamos a cada rato.

Alexis siempre era el jefe, su mirada atravesaba el agua como si leyera los pensamientos de los peces, también llevaba el ron y el vasito. Chicho Moltimer, el veterano, conocía cada poza, cada remolino donde el río guardaba sus secretos; decía que en ciertas noches, bajo luna menguante, los bagres hablaban en lengua de piedra. Tico, Eligio y yo éramos  pescadores. Pero yo no me metía en las pozas oscuras. No por miedo al frío ni al lodo, sino porque allí, en esas aguas quietas y negras como el ojo de un muerto, sentía que algo me observaba desde antes de nacer.

Regresábamos a las seis horas con el guatan lleno de presas, el cuerpo asoleado, renegrio y cenizoso, pero contentos y satisfechos, muertos de hambre. El sol nos había marcado con su sello, y el río, con su bendición. En la casa, Marina o mi abuela nos preparaban el pescado… ¡mmm, rico! Fritos, guisados o en sopa, como fuera era una delicia. El aroma se enredaba en las paredes de bahareque, subía al techo de zinc y se mezclaba con el humo del fogón, convirtiendo la cocina en altar de gratitud.

Pero hubo una tarde en que el río no quiso soltar su presa.

Era el mes de agosto, cuando el calor aprieta como tenaza y hasta las ranas callan. Habíamos llegado a la Poza del Ahorcado, nombre que le daban los viejos porque allí, decían, un hombre se colgó de un samán tras perder a su mujer quien sabe porque. Esa poza no la tocábamos nunca. Pero ese día, Alexis insistió “Hoy hay un bagre plateado ahí abajo, grande como un brazo, y tiene los ojos rojos como brasas.” Chicho negó con la cabeza, pero no dijo nada. Yo me quedé en la orilla, fingiendo ajustar la máscara, mientras los demás se sumergían.

El agua se volvió opaca. Los pájaros no se oían y el viento se detuvo.

Cuando salieron, traían el bagre… pero no era un bagre. Era un pez raro, una criatura larga, escamosa, con branquias que latían como corazón y una mirada que no pertenecía a este mundo. Al intentar engancharla en el guatan se sacudió con furia. Catire pegó un grito y lo soltó. El bicho ese  cayó al suelo, se retorció saltando y cayó de nuevo en el agua donde desapareció en una nube verde, en esas aguas cristalinas.

Nadie habló en el camino de regreso. Ni siquiera Alexis.

Esa noche, en la casa, no hubo pescado. Mi abuela encendió tres velas blancas y echó ruda en el umbral. Marina murmuró una oración ahí toda misteriosa que nadie supo de dónde la sabía.

Es que ustedes no hacen caso, decía mi tío Juan Antonio Ríos, eso era un Encantado, de vaina no se los llevó, se los lleva y no los vemos más nunca.

Desde entonces, seguíamos yendo al río. Seguíamos pescando guaraguaras, bagres y guabinas, camarones, bichures y camacutos. Pero jamás volvimos a la mentada Poza del Ahorcado.


Y yo… yo cuando vuelva iré con los muchachos (los viejitos esos) a pescar seguramente, pero como antes no me meteré en ninguna de las pozas oscuras. Es todo.




A PESCAR EN EL RIO. Cuentos de mis abuelos y de mi pueblo Santa Inés.

Carlos Julio Rivas Galindo
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martes, 27 de enero de 2026

13 EL TELEVISOR EN BLANCO Y NEGRO. Cuentos de mis abuelos y de mi pueblo Santa Inés.

 

EL TELEVISOR EN BLANCO Y NEGRO.

 

En mi pueblito Santa Inés, recuerdo como nos divertíamos en las vacaciones.

Tal vez parezca difícil de imaginar pero, en los años 70' y 80' a mis 12 a 16 años no existía el internet, la TV por cable, ni los celulares mucho menos lo que hoy en día llamamos IA. 

En la casa de mi abuelo había un televisor, marca RCA, en muy pocas casas existía uno, era un mueble grande de madera color marrón con su pantalla de 19" creo, redonda abultada hacia afuera color gris oscura, era de tubos de vacio (tecnología antigua de Tubo de Rayos Catódicos o CRT)

 

Para encenderlo tenía un botón, y una rueda para cambiar los canales, todo manualmente, llegué a ver algunos que prendían con un control remoto, pero créanme ustedes no se lo imaginan, nada que ver con los aparatos de control remoto de ahora. Cuando encendias el Televisor pasaban unos largos 30 segundos hasta que calentaban los tubos y una luz azulada aparecia como un punto brillante, como una estrella supernova y luego la imagen del canal en un logo reconocído, siempre con estática o ruido de nieve, propio de los televisores con tecnología CRT. Esa nieve blanca que bailaba en la pantalla como espíritus inquietos buscando forma, jugando con nuestra impaciencia. 

 

Se podía disfrutar de dos canales de televisión que eran: Venevisión (canal 4 o 7) y Radio Caracas Televisión RCTV (canal 2 o 3) y en algunas ciudades se veía también el canal del estado, Venezolana de Televisión (canal 8 VTV o 5 CVTV) eso sí, que había que mover la antena y orientarla hasta lograr una imagen más o menos aceptable.

 

“¡Catire, sal al patio y mueve la antena, que ya van a dar Los Picapiedras!”, se gritaba desde la sala, y el eco rebotaba entre los techos de zinc y las matas de mamón. “¡Dale para la derecha! ¡Aguanta! ¡Nooo, mucho!”, vociferaba uno, mientras el otro, en el patio o sobre el techo, giraba aquel tubo oxidado que servía de base a la antena, como si ajustara la brújula del destino.

 

Y sí, el televisor estaba en la sala, jamás en los cuartos. Porque ver televisión no era un acto solitario; era un acontecimiento colectivo, un rito familiar. Allí, sentados en sillas de mimbre, bancos de madera o en el suelo con almohadas improvisadas, veíamos las noticias, las comiquitas, las novelas con sus dramas trágicos, y los sábados… ¡ay, los sábados! con "Feria de la Alegría", animada por Henry Altuve y Pedro Montes o "Sábado Sensacional", con Amador Bendayan, convertían la sala en un circo de emociones. Todo en blanco y negro, sí, pero más colorido que cualquier pantalla moderna, porque lo coloreábamos con nuestros ojos de niños.

 

Lo malo era las propagandas, !Que fastidio con tantas propagandas¡, más aún cuando la película estaba muy buena.

 

O cuando había que ir a la bodega a comprar algo de último minuto. 

 

!Ya vaaaa abuela¡, espere un ratico que den propagandas, y salía uno corriendo para ir y venir a tiempo.

 

Estos canales de televisión cerraban su transmisión a las 12 de la noche con la imagen del logo del canal y el himno nacional, marcando el fin de la jornada televisiva. 

 

Pero no todo era televisión. Fuera de la sala, el mundo real nos llamaba con voz de aventura. Teníamos pichas, boliches, gomeros o chopos de ligas, gurrufios que silbaban al volar hechos con chapas de refresco y afilados, trompos que giraban como planetas y yoyós que subían y bajaban como almas en penitencia. Jugábamos a la ere, al tocaito, al stop, al escondido, al fusilao, el avión, al arroz con…inventábamos carros con tapas de leche y los palos de escoba, y a correr bajo la lluvia, y cada juego era una guerra, un reto, una diplomacia, una epopeya.


 y cada juego era una guerra, un reto, una diplomacia, una epopeya.

 

Y si el ánimo nos llevaba más lejos, emprendíamos viaje al Calvario, donde el aire olía a misterio y a historia; a La Toma, donde el agua corría como si contara secretos; a La Vega, al Chispero… lugares que hoy son puntos en un mapa, pero que entonces eran reinos enteros. Volvíamos cenizosos, picados de guariroto, con una espina de guasabana clavada en la pierna, o con historias de aparecidos que jurábamos haber visto.

 

¿Las orejonas? … no, de eso no voy a hablar.

 

Ya más grandes, cuando el cuerpo empezaba a saber de responsabilidades, llegaba la temporada de tomates. Uno se apuntaba para sembrar, resembrar, amarrar o recoger. Dieciséis bolívares por jornada entera, ocho por media. Pero no era trabajo, era bochinche, era hermandad. Te daban dos latas vacías de aceite Diana, de esa que eran cuadradas y una vereda de tomate para recoger ida y vuelta. Y si te descuidabas… ¡zas! Un tomatazo bien puesto en el lomo, y nadie fue, ja, ja, ja, ja.

 

Otras veces, uno se iba a Las Gaviotas, donde hacían panela. Allí, colaborabas con las paletas de los triángulos, moviendo la caña hervida con manos pequeñas pero decididas. Y lo que sobraba… lo que sobraba era tuyo. Regresabas con recortes de panela y papelón envueltos en hojas de plátano, o bolsa de papel, feliz como quien ha saqueado un templo dulce.

 

Hasta barrer el patio era diversión. Cargabas la carreta de madera con hojas secas, el Catire se sentaba adelante, encima de la rueda, y fingía conducir el camión de mi tío Darío, rumbo a ninguna parte y a todas a la vez. En ese mundo, cada gesto cotidiano era un poema. 

 

¡Blan, blan, blan, blaaaaaan ¡ Arrancaba la carreta con la onomatopeya del camión, en la voz de Alfirio El Catire.

 

Y cuando, a medianoche, el himno nacional sonaba desde la pantalla gris, y el logo del canal se desvanecía como un fantasma cumpliendo su promesa, sabíamos que el día había terminado. Pero no la historia. Porque en Santa Inés, las historias no mueren, se esconden en los tubos de los viejos televisores, en las antenas torcidas, y en los ojos de los que aún recordamos cómo era vivir sin www… pero con alma. Es todo.

 

CARLOS JULIO RIVAS GALINDO 

04129394648. 04160817828

 

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EL TELEVISOR EN BLANCO Y NEGRO. Cuentos de mis abuelos y de mi pueblo Santa Inés.

 

 

domingo, 18 de enero de 2026

12 LOS AGENTES FANTASMAS. Cuentos de mis abuelos y de mi pueblo Santa Inés.

 

LOS AGENTES FANTASMAS


No éramos niños, en nuestras mentes felices e inocentes, éramos sombras con nombre propio, guerreros y espías, karatecas invencibles, claro, al rato salía la abuela mandando a cada quien para su casa, a bañarse y a hacer las tareas.

La televisión, esa caja mágica que llegaba a pocas casas, y que en la nuestra sonaba y se veía con estática, nos había traído desde Japón o de China, porque chino es chino, uno héroes invencibles *Los Agentes Fantasma*, en blanco y negro, por qué hablo de los años 70' principios de los 80'. Sus uniformes ajustados, sus cascos de motociclistas, sus movimientos ágiles como el relámpago entre los techos de Tokio, todo aquello se clavó en nuestros sueños e imaginaciones.

Eran ninjas modernos, sí, pero también guardianes de un orden que no comprendíamos del todo, pero que intuíamos justo. Luchaban contra "Los Bandera Negra", cuyos rostros nunca veíamos bien, pero cuya maldad se sentía en el aire como humo de fogón apagada. No usaban las pistolas a menos que el mundo estuviera a punto de romperse. Preferían el filo de la katana, el vuelo certero del shuriken, el golpe limpio de las patadas y del puño entrenado. Y nosotros, decidimos ser como ellos.

Alexis era Fanta. Nadie discutía eso. Tenía esa mirada seria, esa voz que cortaba el viento cuando decía: “¡Operación Sombra!”. Tico, con su risa traviesa y su paso ligero, era Tugor aunque él mismo a veces lo olvidaba y se llamaba Cordo, o Cordón hasta que alguien le corregía.
Yo… yo era Zemo. No Cebo, como Tico solía burlarse, sino "Zemo", el segundo al mando, el estratega de los ojos entrecerrados, el que planeaba emboscadas tras las matas de guayaba y de plátano y daba órdenes con un silbido agudo.

¡Conchale soy Zemo, Tico! ¡El segundo jefe se llama Zemo, no Cebo, como tú dices!

Y aunque gritara, aunque insistiera, el juego seguía, porque todos sabíamos que el verdadero enemigo no era el error de un nombre, o la jodedera sino el vacío de no tener villanos. Nadie quería ser de Los Bandera Negra. ¿Quién iba a aceptar cargar con la oscuridad cuando podías ser luz, aunque fuera jugando? Al final, siempre tocaba sortearlo con piedra, papel o tijera, o simplemente señalar al más pequeño y decirle, si quieres jugar “Tú eres de los malos hoy”.

Entonces corríamos. Saltábamos zanjas, trepábamos cercas de alambre, nos deslizábamos por los lomos de los paredones como si fuéramos espectros del viento. Las matas de plátano se convertían en enemigos, y les descargábamos machetazos con furia justiciera, imaginando que cada hoja caída era un agente caído de Los Bandera Negra. Las guayabas tiernas, verdes y duras, volaban por el aire como shurikens secretos, y al impactar contra el pecho de un compañero, este caía teatralmente, muerto, para luego seguir la batalla. Bueno si no le daban en un ojo.

Rubén era Antar, Chicho Moltimer hacía de Gina con una gracia feroz que nadie cuestionaba, El Catire y Wilfredo se turnaban entre Cordo y Mundo, mientras Regulo, Henry y Gabriel inventaban nuevas tácticas en el acto, como si el campo mismo les dictara estrategias. Aníbal, siempre callado, era el espía doble, el que aparecía en el momento justo para salvarnos. Y allí, entre el barro y el sol, nacía una hermandad tejida con fantasía y sudor.

Hoy, muchos años después, cuando el mundo se ha vuelto más "Redes Sociales" y menos magia, aún puede verse las sombras con cascos, corriendo bajo el cielo de Santa Inés, defendiendo un código que solo existía en sus corazones. Los Agentes Fantasma no fueron solo una serie japonesa transmitida por Venevisión en los setenta. Fueron un hechizo. Un conjuro infantil que nos permitió creer, por unas horas al día, que éramos más que lo que el mundo decía que seríamos. Y que el bien siempre ganaría.

Y aunque ya no lancemos guayabas ni cortemos plátanos con machetes, en algún rincón del alma, Zemo sigue vivo. Y Fanta da órdenes. Y Los Bandera Negra acechan, porque todo juego verdadero deja huella. Y la nuestra fue tallada. Es todo


LOS AGENTES FANTASMAS.
Cuentos de mis abuelos y de mi pueblo Santa Inés.

 

Carlos Julio Rivas Galindo

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viernes, 16 de enero de 2026

11 EL DIA QUE LLEGARON LOS GUERRILLEROS. Cuentos de mis abuelos y de mi pueblo Santa Inés.

 

EL DIA QUE LLEGARON LOS GUERRILLEROS

 

Fue en el año ochenta y dos, estábamos en la cancha nueva, dónde funcionó la Planta Eléctrica. Había un torneo amistoso de futbolito, "Los Aguacateros" de Santa Inés contra un equipo venido de Bergantín o tal vez de San Mateo; la memoria, como el viento en estas llanuras, no siempre distingue entre uno y otro pueblo. Lo cierto es que la cancha estaba full, rebosante de muchachos trepados hasta lo alto del paredón, gritando goles que aún no se habían marcado, con la inocencia de quienes creen que el mundo no puede cambiar en medio de un partido.

Pero ese día sí cambió.

Primero fue un rumor, luego un estruendo lejano, después una sombra que avanzaba por la carretera principal. Y entonces, como si el cielo hubiera escupido un ejército de sueños rotos, aparecieron ellos, "los guerrilleros". No eran fantasmas, aunque muchos jurarían después que lo fueron. Eran carne, sudor, ideales y fusiles. Sesenta almas, hombres y mujeres, con botas embarradas y miradas que parecían haber visto más allá del horizonte. Gritaban con una voz que no era solo suya, sino de los muertos, de los olvidados, de los que nunca tuvieron nombre en los periódicos:

¡Viva el Frente Américo Silva!

Tomaron el puesto de la policía como quien le quita un dulce a un niño, sin pedir permiso, pero tampoco con saña. Soltaron a los presos, unos cuantos borrachos que dormían la resaca entre rejas y encerraron a los tres policías del pueblo: Jesús “Chiquito”, Hernán “Venado” y el Lechuzo. Los recuerdo con cariño y respeto. Los revólveres, viejos y oxidados como reliquias de otra época, los quemaron y los dejaron tirados en la acera, como ofrenda o advertencia. La patrulla, esa jaula sobre ruedas que tantas veces había llevado a algún vecino a pasar la noche en el calabozo, ahora era suya.

Me recuerda Alexis, que uno de los presos era el popular "Garabato" y la guerrilla lo soltó junto con los demás borrachos, y Felipongo, que era el prefecto lo vió en la calle y le preguntó ¿Que tú haces en la calle, si yo te mandé a poner preso?

Si, pero me soltó la guerrilla, y andan preguntando por ti, así que anda a ver el verguero que tienes allá. Ja, ja, ja, ja.


Las columnas marchaban por las calles principales, gritando consignas que sonaban a himnos profanos. Invitaban a todos al meeting en la plaza Bolívar, donde la estatua del Libertador parecía observarlos con una mezcla de orgullo y tristeza.
En El Calvario, esa colina sagrada que domina la entrada del pueblo y la curva traicionera de la carretera dejaron a doce hombres apostados como ángeles armados, con binoculares, radio en mano, y una ametralladora que relucía bajo el sol como una bestia dormida.

Al frente iban dos figuras que el tiempo convertiría en leyenda, el comandante “Catire Rincónes” y la Comandante Chepa, cuyo verdadero nombre era Emperatriz Guzmán Cordero. Ella caminaba con la firmeza de quien ha enterrado más lágrimas que balas. Él, con la sonrisa fácil de los que saben que van a morir joven. Ambos caerían meses después en Cantaura, en aquel combate contra aviones Bombarderos Camberra, que la historia oficial llamó “masacre” y los sobrevivientes, “traición”.

Los primos Tico, Chicho Moltimer y Alexis, me recuerdan que de la bodega de Morocho se llevaron queso añejo y cajas de enlatados; de la de Albertico, víveres; del club de Ali, botellas de ron y whisky; y del negocio de Cristóbal, carne de res fresca, de esa misma mañana. Pero no robaron. Todo lo pagaron, con billetes arrugados y palabras firmes. Se llevaron también los camiones ganaderos de “El Pájaro”, el de estacas, color azul cielo que tanto le gustaba a Guaniquito, y otro de Roger. El que llamaban "Viejo Guapo", ebrio, quiso irse con ellos, como si la revolución fuera una fiesta de cumpleaños. Ja, ja, ja, ja. Nadie lo dejó montarse.

Los camiones aparecieron días después, intactos, en el crucero de Boca e’ Tigre, exactamente donde habían prometido dejarlos.

Al Coronel de la Guardia Nacional Luis Carmelo Díaz, que visitaba a menudo la casa de sus suegros, mis abuelos Aníbal y Rafaela,  le dejaron un mensaje claro, casi cortés:

"Dígale a su yerno que no tenemos nada en contra de él."

Porque en medio del fuego, aún quedaba humanidad.

Antes de eso, este mismo grupo había secuestrado a mi primo Rubén Darío Galindo (Mencho) y a Hernan Chirinos, durante varios días. En su cautiverio, fue testigo de un juicio militar improvisado bajo un samán gigante. Un hombre de un pueblo cercano, acusado de colaborar con la policía, fue hallado culpable. Lo ejecutaron al amanecer. Mencho, como civil, fungió como testigo. Luego lo liberaron. Nunca volvió a hablar mucho de eso, pero a veces, en las noches calurosas, se le veía mirar el horizonte con ojos que ya no eran de niño.

La prensa reseñó otros episodios, como la toma de San Antonio de Maturín, San Félix de Caicara, la Alcabala de Santa María de Ipire, y Barbacoas.  Allí causaron bajas al Ejército, capturaron a un agente de la DISIP liberado después.
Todo culminó en Cantaura, donde veintitrés cuerpos quedaron tendidos bajo la lluvia, con los nombres grabados en papel de diario y el alma perdida en el viento.

De Santa Inés partieron hacia Bergantín, el pueblo vecino, que también tomaron con la precisión de un reloj guerrero. Las patrullas policiales de ambos pueblos las abandonaron en el crucero de Bergantín y las incendiaron. Allí fueron encontradas, calcinadas, como ofrendas quemadas a un dios que ya no escuchaba.

Para nosotros, los niños y adolescentes, todo aquello fue una aventura. Ver a esos hombres y mujeres con armas largas, escuchar sus voces graves, sentir el olor a pólvora y sudor. Era emocionante. No entendíamos la política, ni el peligro real, ni el peso de la historia que se tejía a nuestro alrededor. Solo veíamos héroes de carne y hueso, salidos de las páginas de los cuentos que nos contaban junto al fogón.

Hoy, años después, sé que no eran héroes ni villanos. Eran hijos de esta tierra herida, que creyeron que con fusiles podían arreglar lo que el olvido había roto. Y aunque el mundo los juzgó, en Santa Inés, en las noches quietas, todavía se recuerda, entre el canto de las chicharras y el murmullo del río, ese grito lejano:

¡Viva el Frente Américo Silva!

Es todo.

EL DIA QUE LLEGARON LOS GUERRILLEROS.
Cuentos de mis abuelos y de mi pueblo Santa Inés.

 

Carlos Julio Rivas Galindo

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miércoles, 14 de enero de 2026

EL TIGRE DEL GUARAPICHE. Cuento para Lilly.

 

EL TIGRE DEL GUARAPICHE.

Cuento para Lilly.

En las noches densas de Maturín, cuando la humedad se aferra a los muros y los faroles titilan como luciérnagas moribundas, hay quienes aseguran haber visto una sombra moverse entre los tejados, veloz como un pensamiento, letal como un juicio divino. No tiene nombre, o al menos no uno que se pronuncie en voz alta. Algunos lo llaman “El Tigre del Guarapiche”, porque aparece y desaparece siempre cerca o por El Bajo del Rio Guarapiche, aquí en Maturín. Pero todos, sin excepción, lo temen o lo veneran.

Nadie sabe de dónde vino ni por qué eligió esta ciudad del oriente venezolano como su morada. Lo cierto es que desde su aparición, el crimen comenzó a menguar como la luna. No por miedo a la ley, sino por pavor a algo más oscuro, más definitivo. Porque este justiciero no entrega a los delincuentes, los sentencia. Y su juicio es inapelable.

Viste ropas negras como la brea y un antifaz atigrado que parece moverse con vida propia bajo la luz de la luna. Su silueta se funde con las sombras, y su andar es tan sigiloso que ni los perros lo detectan. Actúa solo de noche, cuando la ciudad duerme y los pecadores despiertan. Y cuando cae sobre su presa, lo hace con una furia que no deja testigos.

Dicen que tiene poderes que desafían la razón, fuerza capaz de levantar un automóvil con una sola mano, velocidad que lo hace invisible al ojo humano, oído que capta el susurro de una cerradura forzada a cuadras de distancia. Algunos juran haberlo visto detener una bala con los dedos; otros, que puede hablar con los animales del monte que rodea la ciudad.

Pero lo más extraño no es su poder, sino su código. No acepta recompensas, ni agradecimientos, ni entrevistas. Si alguien intenta dejarle un obsequio, este desaparece al amanecer. Si la policía intenta atraparlo, se esfuma como humo entre los manglares. Y sin embargo, cada mañana, las víctimas del hampa encuentran frente a sus casas los objetos robados, limpios, intactos, como si nunca hubieran sido tocados por manos impuras.

La policía lo busca, sí, pero con desgano. Porque aunque oficialmente es un forajido, en los pasillos del comando se murmura que gracias a él, los barrios duermen más tranquilos. Y el pueblo, el pueblo lo protege. Lo cuida con el silencio. Nadie ha querido delatarlo, aunque muchos aseguran haberlo visto. En las panaderías, en los mercados, en las colas del banco. Siempre como uno más. Siempre invisible.

Una vez, un mafioso sicario, fingiendo ser periodista foráneo, vino a investigar. Preguntó, grabó, husmeó. Al tercer día, desapareció. Su cámara fue hallada en la plaza Bolívar, con una sola imagen, un antifaz atigrado colgando de una rama, como una advertencia o una firma.

Desde entonces, nadie ha vuelto a buscarlo. Porque en Maturín, todos saben que hay cosas que es mejor no entender. Que hay fuerzas que no se nombran, pero se respetan. Y que en las noches más oscuras, cuando el miedo se arrastra por las aceras, hay un guardián sin rostro que vela por los inocentes.

Y si alguna vez escuchas un rugido lejano entre los techos, no temas. Es solo el Tigre del Guarapiche, cumpliendo su promesa.

CARLOS JULIO RIVAS GALINDO


La historia del Tigre del Guarapiche, aunque envuelta en sombras y misterio, ofrece una enseñanza moral poderosa y profundamente humana, como lo es  el que la justicia verdadera no busca recompensa, sino equilibrio, que el bien no siempre necesita aplausos, pero sí convicción.

El Tigre del Guarapiche, actúa sin esperar gratitud ni reconocimiento. Su lucha no es por fama ni poder, sino por proteger a los inocentes y restaurar lo que fue arrebatado. En un mundo donde muchos hacen el bien por conveniencia o prestigio, él recuerda que la virtud más pura es la que se ejerce en silencio, guiada por principios inquebrantables.


 

 

Carlos Julio Rivas Galindo

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10 EL DIA QUE MURIO MI ABUELO, DE NUEVO. Cuentos de mis abuelos y de mi pueblo Santa Inés.

 EL DIA QUE MURIO MI ABUELO, DE NUEVO

 

No fue un fallecimiento cualquiera; era la partida de Aníbal Octavio Galindo Silva, caballero respetado y querido, juez por muchos años, adeco acérrimo, ya jubilado, cuyo nombre resonaba en los corredores de la justicia y en las memorias de quienes conocían su rectitud de otro tiempo. Y su letra impecable estilo Palmer, a pluma y siempre con tinta negra.

 

Yacía gravemente enfermo en su cama, en aquella casa que parecía un relicario de sueños antiguos. La casa, como todas las del pueblo, era de bahareque frisado con cemento, encalado de blanco hasta el cansancio, con techos altos que guardaban secretos en sus vigas y ventanas anchas que se abrían hacia adentro como alas de mariposa rendida. Sus barrotes, torneados a mano con paciencia de otro siglo, lucían siempre pintados de azul, ese azul que parece haberse bañado en el cielo antes de secarse. Los cuartos eran amplios, frescos, casi sagrados; y un gran patio donde la luz danzaba entre las hojas de las dos grandes matas de Mamón.

 

¡Se muere el viejo Aníbal!  decían las voces en la plaza, en la pulpería, en el umbral de las puertas.


¡Bueno, ya se murió una vez! Seguro se vuelve a levantar, respondían otros, con una mezcla de broma y respeto, recordando aquel suceso extraordinario vivido por él y por los que lo vieron ocurrir en los años cuarenta, cuando en pleno velorio se levantó de la cama, dejando a los presentes despavoridos y espantados. Esa historia ya era contada al calor de las noches, con la sombra de las velas proyectando bailes extraños en las paredes. 

 

¡Se muere el viejo Aníbal!  repetían, ahora con un tono más grave.

Ya no hay nada que hacer.

 

La casa se henchía de hijos, nietos, amigos, allegados, todos con la cara triste, el dolor a flor de piel, esperando un milagro o la trágica noticia. El aire olía a café recién colado, a flores mustias y a la humedad de la tierra que se filtraba desde el patio. Las horas se arrastraban como caracoles pesados.

 

Finalmente, una madrugada, todos se alertaron. No fue un sonido lo primero, sino un silencio repentino, como si el mundo hubiera dejado de girar. Luego, una ventolera fuerte y extraña se nos vino, arremolinando el polvo del camino en una polvadera tan impresionante que oscureció la luna. Lo más espeluznante fue el aullido de los perros, como lobos en manada, un coro desgarrado que rasgó la noche. El alarmante canto de los gallos y los pájaros, sonó como si un temblor se avecinara; en el pueblo, las vacas y los toros mugían, los burros rebuznaban y los caballos se liaban a relinchar. Algunos animales ajenos a la casa se metieron al patio, avanzando con una solemnidad extraña, como si quisieran ver al enfermo, presintiendo lo que los humanos apenas intuíamos.


Luego, un silencio tétrico, denso y frío, se posó sobre todas las cosas.

 

¡Murió Don Aníbal!  alguien avisó, y la frase recorrió las habitaciones como un susurro sagrado.

 

Dolor, dolor, dolor.


El velorio se hizo en su propia casa. La calle fue cerrada al paso, y el pueblo entero pareció vestirse de luto. Llegaron hijos e hijas de distantes partes del país, caras nuevas y antiguas, entre ellas una tía que nunca conocí, Inés, muy parecida físicamente a mi tío Régulo. Muchos primos y primas, una telaraña de sangre y recuerdos. Alguien dijo que al morir éramos ochenta los nietos, un ejército silencioso de descendientes. También se presentaron autoridades del gobierno, de la Gobernación de Anzoátegui, del Ministerio de Justicia, hombres de traje oscuro que inclinaban la cabeza ante el patriarca. Cientos de coronas de flores, blancas y moradas, llenaron la sala, perfumando el aire con un dulzor funerario.


El diario La Antorcha le dedicó las páginas centrales. Recuerdo el titular: “Murió Aníbal Galindo, patriarca de Santa Inés”, escrito por J.R. Hernández, con palabras que hablaban de leyes, de honor y de un tiempo que se iba para siempre.

 

Los muchachos, entre los que me contaba, mirábamos con curiosidad la urna, y confieso, esperábamos que se levantara. Habíamos crecido con la leyenda de su primer regreso, y en nuestros ojos infantiles la muerte no era aún un umbral definitivo. Observábamos sus manos cruzadas sobre el pecho, pálidas y quietas, y esperábamos el temblor, el suspiro, la apertura de esos ojos que tantas historias habían visto. Pero no fue así. La muerte, esta vez, se mostró irrebatible.

 

Al día siguiente fue enterrado y yace en el cementerio del pueblo, junto a su esposa, mi abuela Rafaela, bajo la tierra cálida de Anzoátegui. Sin embargo, en Santa Inés, los viejos, aún cuentan que aquella madrugada, cuando los animales clamaron y el viento trajo el polvo de todos los caminos, algo más sucedió. Dicen que los que estaban en la habitación vieron, justo antes del silencio, una sonrisa fugaz en el rostro del viejo Aníbal, como si en el último instante hubiera vislumbrado no la nada, sino el umbral de otro misterio, tan grande como aquel que vivió décadas atrás. Y algunos aseguran que, desde entonces, en las madrugadas más quietas, los perros aúllan hacia el cementerio, no con dolor, sino con un extraño respeto, como saludando a un anciano que, quizás, una vez más, decidió quedarse dormido sólo por un rato.


Mi abuelito.




EL DIA QUE MURIO MI ABUELO, DE NUEVO. Cuentos de mis abuelos y de mi pueblo Santa Inés.

 

Carlos Julio Rivas Galindo

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