LA TOSFERINA Y EL JINETE
Tenía unos doce años. Estudiaba en la Escuela Técnica Agropecuaria
“Rafael Peñalver”, en Clarines, bajo la disciplina severa del
internado y el olor constante a cal viva, abono, bostas de ganado y sudor
adolescente. Fue allí donde la tosferina me atrapó como una red invisible,
primero un carraspeo, luego un estertor, después ese espasmo brutal que te
arranca el aliento y te deja con los ojos desorbitados, brillantes como “un dos
de oro”, así decían mis compañeros entre risas crueles.
Me inyectaron gammaglobulina, palabra mágica para mí entonces, por eso
no la olvido y me dieron reposo médico. Pero no regresé a mi casa. Mi alma, sin
consultarme, ya había elegido otro refugio, la casa de mis abuelos, en
Santa Inés.
Mi abuela era mujer de raíces y rezos. No creía del todo en las jeringas
ni en los frascos de vidrio con etiquetas en inglés. Ella confiaba en las hojas
de ruda, el agua bendita guardada en frascos de
mermelada o mayonesa vacíos. Me preparaba brebajes oscuros que sabían a tierra mojada y
luna menguante, y me los hacía beber con una ternura que no admitía réplica,
recuerdo que hasta tome agua de dónde había bebido un burro. Durante el día, yo
fingía estar sano, corría tras pelotas hechas de trapo, trepaba árboles para
cazar pájaros con gomeras, me zambullía en el río La Toma hasta que el frío me
entumecía los huesos. Pero la tos me acechaba. Siempre volvía, como un perro
fiel y cruel, y con ella venía el ahogo, ese puño invisible que apretaba mi garganta
hasta dejarme sin color. Otra vez el espasmo que me arrancaban el aliento y me
dejaba con los ojos desorbitados, brillantes como “un dos de oro”, decían está
vez mis primos Alexis y Tico, entre risas y preocupación.
Pero nada de eso era lo verdadero horror. El verdadero horror llegaba
con la noche.
Cuando el sol se hundía tras los cerros y la oscuridad envolvía a Santa
Inés como un manto pesado, yo sentía, antes de oírlo, que un jinete cabalgaba
desde lejos. Primero era un leve temblor en el aire, casi imperceptible, como
si la tierra misma contuviera la respiración. Luego, el galope. Suave al
principio, como cascos envueltos en algodón, pero cada vez más nítido, más
cercano. Y con cada latido de ese trote, mi pecho se cerraba. La tos me sacudía
como si quisiera arrancarme los pulmones, y el aire se volvía escaso, denso,
envenenado. Mis ojos se salían de sus cuencas, y en la penumbra del cuarto,
creía ver sombras que no estaban.
Abuela… ¿tú oyes el caballo?
Ella nunca dudaba. Nunca decía “es tu imaginación”. Solo asentía, grave,
como quien reconoce una presencia antigua.
Sí, mijo. Ya viene.
Entonces encendía velas de sebo, amarillas y parpadeantes, que
proyectaban figuras danzantes en las paredes. Se ponía su escapulario de la
Virgen del Valle, se santiguaba tres veces y murmuraba oraciones en latín que
tal vez aprendió de su madre, o tal vez de algún cura olvidado por el tiempo.
Afuera, el galope se detenía. No frente a la puerta, no en la esquina,
exactamente frente a la ventana de mi cuarto. Y allí, en medio del silencio del
pueblo dormido, el caballo comenzaba a dar vueltas. Una, dos, tres, como si
trazara un círculo maldito en torno a mi agonía. El sonido de sus cascos sobre
la tierra seca era metódico, ritual. Pacatán, pacatán, pacatán. Cada vuelta
coincidía con un espasmo más violento, con un jadeo más desesperado. Sentía que
si moría en ese instante, una mano helada me tomaría del brazo y me subiría a
esa montura invisible, llevándome hacia un oriente sin retorno, donde los niños
enfermos sirven de guías a jinetes sin rostro.
Ya se va, mijo, decía mi abuela cuando el galope empezaba a
desvanecerse.
Y así era. Poco a poco, el sonido se alejaba, pacatán, pacatán, pacatán,
como si el caballo regresara al lugar del que nunca debió salir. Con él, la
opresión en mi pecho se disipaba, la tos cedía, y el aire volvía a ser aire, no
ceniza. Yo caía rendido sobre la almohada, empapado en sudor frío, mientras mi
abuela apagaba las velas una a una, dejando solo la oscuridad y el rumor del
río lejano.
Nunca vi al jinete. Nunca supe si mi abuela realmente lo oía o si, en su
infinita sabiduría de curandera, fingía creerlo para darme algo contra lo que
luchar, eno solo la enfermedad, sino el miedo mismo. Tal vez era una
alucinación provocada por la fiebre. Tal vez era el alma de algún difunto que
buscaba compañía. O tal vez, simplemente, era la tosferina hecha carne,
cabalgando en la noche para reclamar lo que creía suyo.
Lo único cierto es que, noche tras noche, mientras duró mi mal, el
jinete vino. Y noche tras noche, mi abuela lo enfrentó con velas y palabras
secretas. Y cuando por fin sané, cuando pude correr sin ahogarme, reír sin
temblar, el galope cesó. Nunca más volvió.
Pero aún hoy, cuando el viento sopla diferente y la luna está menguante,
me detengo un instante. Escucho. Y en lo más profundo de mi memoria, casi como
un eco, oigo el leve pacatán de un caballo que sigue cabalgando, seguro en
busca de otro niño enfermo, en otra casa de bahareque, en otro rincón olvidado
del mundo.
Es todo.
LA TOSFERINA Y EL JINETE. Cuentos de mis abuelos y de mi pueblo Santa
Inés.
Carlos Julio Rivas Galindo.
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