EL MONDONGO DE LA TOMA.
Existe un lugar llamado La Toma, un balneario, de los tantos que tiene
el río Aragua en Santa Inés, Edo. Anzoátegui, como La Cochina, La Pica, El
Puente y otros, pero La Toma, no es solo un recodo, es un umbral, un sitio
donde lo real desaparece y lo fantástico toma su lugar.
Era la década de los 70', y el camino a La Toma, de granza y tierra
amarilla polvorienta en verano, fangosa en invierno. Los niños, entre ellos mis
primos: Tico, Eligió, Rubén, Chicho Moltimer, Alexis, Henry, Aníbal, Regulo, El
Catire y los amigos como Goyo (Tornillo), Wilfredo, las hijas de Ismenia Yuya,
Legnis, la Niña y yo, como los demás, corríamos descalzos hacia el río
como si fuéramos hechos de agua antes que de carne. Pero había un tramo del sendero
que nos obligaba a contener el aliento, allí, majestuoso y ominoso, se
alzaba un árbol ancestral, cuya copa parecía sostener el cielo. De su tronco
brotaba una rama tan gruesa como el brazo de un gigante dormido, extendiéndose
sobre el camino como un puente entre mundos.
Y en esa rama, decían que colgaba "El Mondongo.
Nunca lo vimos, pero no era cualquier cosa. Era una masa horrible de
entrañas, sangre fresca goteando sin cesar, vísceras deshilachadas meciéndose
con la brisa como si aún tuvieran pulso. Aparecía de la nada, sin aviso, sin
causa. Nadie lo había visto de verdad, nadie osaba mirar hacia arriba al pasar,
pero todos sabíamos que estaba ahí. Porque los susurros de los mayores lo
habían tejido con hilos de advertencia y miedo sagrado. “Si van solos al río,”
decían nuestras abuelas con voz grave, “el mondongo los atrapará y los
arrastrará al otro lado, donde no hay regreso. Eso lo pusieron ahí Los
Encantados”.
Corríamos entonces, agachados, con los ojos clavados en la tierra, como
si mirar al cielo fuera abrir una puerta que jamás podríamos cerrar. El corazón
nos latía en la garganta, en la espalda sentíamos el peso de la mirada del
espanto.
Años después, ya hombres, Tico y yo reímos al recordarlo. “Era un
cuento,” me dijo un día por teléfono. “Un invento de los viejos para que no
fuéramos solos al río. Sabían que el Aragua, aunque hermoso, y tranquilo puede
ser traicionero.”
Quizá tenía razón. Pero aun así ¿quién puede afirmar que no existió algo
más? Algo que habitaba en el pliegue entre lo dicho y lo callado, entre la
advertencia y el mito. Porque en aquel pueblo, donde el río canta historias y
los árboles guardan memorias, lo fantástico no era mentira, era otra forma de
verdad.
Como dice mi hijo Daniel Alejandro "Da de que pensar, cuantas historias
hay por ahí con la caratula de cuento, cuando en realidad fue una
vivencia"
Hoy, La Toma sigue siendo uno de los balnearios más concurridos de Santa
Inés. Las risas de nuevos niños y jóvenes, resuenan entre las piedras, y el
mismo camino de tierra, aún caminan, como nosotros, descalzos (con las cholas o
los zapatos en la mano).
El árbol, sin embargo, todavía está allí. Y aunque nadie hable ya del
mondongo, algunos caminantes juran que, al anochecer, cuando el viento sopla
duro, algo oscuro y húmedo parece balancearse suavemente en aquella rama, como
esperando, como recordando o como vigilando que el mundo no olvide que, alguna
vez, la magia fue real.
EL MONDONGO DE LA TOMA. Cuentos de mis abuelos y de mi pueblo Santa Inés.
Carlos Julio Rivas Galindo
04129394648 04160817828

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