viernes, 16 de enero de 2026

11 EL DIA QUE LLEGARON LOS GUERRILLEROS. Cuentos de mis abuelos y de mi pueblo Santa Inés.

 

EL DIA QUE LLEGARON LOS GUERRILLEROS

 

Fue en el año ochenta y dos, estábamos en la cancha nueva, dónde funcionó la Planta Eléctrica. Había un torneo amistoso de futbolito, "Los Aguacateros" de Santa Inés contra un equipo venido de Bergantín o tal vez de San Mateo; la memoria, como el viento en estas llanuras, no siempre distingue entre uno y otro pueblo. Lo cierto es que la cancha estaba full, rebosante de muchachos trepados hasta lo alto del paredón, gritando goles que aún no se habían marcado, con la inocencia de quienes creen que el mundo no puede cambiar en medio de un partido.

Pero ese día sí cambió.

Primero fue un rumor, luego un estruendo lejano, después una sombra que avanzaba por la carretera principal. Y entonces, como si el cielo hubiera escupido un ejército de sueños rotos, aparecieron ellos, "los guerrilleros". No eran fantasmas, aunque muchos jurarían después que lo fueron. Eran carne, sudor, ideales y fusiles. Sesenta almas, hombres y mujeres, con botas embarradas y miradas que parecían haber visto más allá del horizonte. Gritaban con una voz que no era solo suya, sino de los muertos, de los olvidados, de los que nunca tuvieron nombre en los periódicos:

¡Viva el Frente Américo Silva!

Tomaron el puesto de la policía como quien le quita un dulce a un niño, sin pedir permiso, pero tampoco con saña. Soltaron a los presos, unos cuantos borrachos que dormían la resaca entre rejas y encerraron a los tres policías del pueblo: Jesús “Chiquito”, Hernán “Venado” y el Lechuzo. Los recuerdo con cariño y respeto. Los revólveres, viejos y oxidados como reliquias de otra época, los quemaron y los dejaron tirados en la acera, como ofrenda o advertencia. La patrulla, esa jaula sobre ruedas que tantas veces había llevado a algún vecino a pasar la noche en el calabozo, ahora era suya.

Me recuerda Alexis, que uno de los presos era el popular "Garabato" y la guerrilla lo soltó junto con los demás borrachos, y Felipongo, que era el prefecto lo vió en la calle y le preguntó ¿Que tú haces en la calle, si yo te mandé a poner preso?

Si, pero me soltó la guerrilla, y andan preguntando por ti, así que anda a ver el verguero que tienes allá. Ja, ja, ja, ja.


Las columnas marchaban por las calles principales, gritando consignas que sonaban a himnos profanos. Invitaban a todos al meeting en la plaza Bolívar, donde la estatua del Libertador parecía observarlos con una mezcla de orgullo y tristeza.
En El Calvario, esa colina sagrada que domina la entrada del pueblo y la curva traicionera de la carretera dejaron a doce hombres apostados como ángeles armados, con binoculares, radio en mano, y una ametralladora que relucía bajo el sol como una bestia dormida.

Al frente iban dos figuras que el tiempo convertiría en leyenda, el comandante “Catire Rincónes” y la Comandante Chepa, cuyo verdadero nombre era Emperatriz Guzmán Cordero. Ella caminaba con la firmeza de quien ha enterrado más lágrimas que balas. Él, con la sonrisa fácil de los que saben que van a morir joven. Ambos caerían meses después en Cantaura, en aquel combate contra aviones Bombarderos Camberra, que la historia oficial llamó “masacre” y los sobrevivientes, “traición”.

Los primos Tico, Chicho Moltimer y Alexis, me recuerdan que de la bodega de Morocho se llevaron queso añejo y cajas de enlatados; de la de Albertico, víveres; del club de Ali, botellas de ron y whisky; y del negocio de Cristóbal, carne de res fresca, de esa misma mañana. Pero no robaron. Todo lo pagaron, con billetes arrugados y palabras firmes. Se llevaron también los camiones ganaderos de “El Pájaro”, el de estacas, color azul cielo que tanto le gustaba a Guaniquito, y otro de Roger. El que llamaban "Viejo Guapo", ebrio, quiso irse con ellos, como si la revolución fuera una fiesta de cumpleaños. Ja, ja, ja, ja. Nadie lo dejó montarse.

Los camiones aparecieron días después, intactos, en el crucero de Boca e’ Tigre, exactamente donde habían prometido dejarlos.

Al Coronel de la Guardia Nacional Luis Carmelo Díaz, que visitaba a menudo la casa de sus suegros, mis abuelos Aníbal y Rafaela,  le dejaron un mensaje claro, casi cortés:

"Dígale a su yerno que no tenemos nada en contra de él."

Porque en medio del fuego, aún quedaba humanidad.

Antes de eso, este mismo grupo había secuestrado a mi primo Rubén Darío Galindo (Mencho) y a Hernan Chirinos, durante varios días. En su cautiverio, fue testigo de un juicio militar improvisado bajo un samán gigante. Un hombre de un pueblo cercano, acusado de colaborar con la policía, fue hallado culpable. Lo ejecutaron al amanecer. Mencho, como civil, fungió como testigo. Luego lo liberaron. Nunca volvió a hablar mucho de eso, pero a veces, en las noches calurosas, se le veía mirar el horizonte con ojos que ya no eran de niño.

La prensa reseñó otros episodios, como la toma de San Antonio de Maturín, San Félix de Caicara, la Alcabala de Santa María de Ipire, y Barbacoas.  Allí causaron bajas al Ejército, capturaron a un agente de la DISIP liberado después.
Todo culminó en Cantaura, donde veintitrés cuerpos quedaron tendidos bajo la lluvia, con los nombres grabados en papel de diario y el alma perdida en el viento.

De Santa Inés partieron hacia Bergantín, el pueblo vecino, que también tomaron con la precisión de un reloj guerrero. Las patrullas policiales de ambos pueblos las abandonaron en el crucero de Bergantín y las incendiaron. Allí fueron encontradas, calcinadas, como ofrendas quemadas a un dios que ya no escuchaba.

Para nosotros, los niños y adolescentes, todo aquello fue una aventura. Ver a esos hombres y mujeres con armas largas, escuchar sus voces graves, sentir el olor a pólvora y sudor. Era emocionante. No entendíamos la política, ni el peligro real, ni el peso de la historia que se tejía a nuestro alrededor. Solo veíamos héroes de carne y hueso, salidos de las páginas de los cuentos que nos contaban junto al fogón.

Hoy, años después, sé que no eran héroes ni villanos. Eran hijos de esta tierra herida, que creyeron que con fusiles podían arreglar lo que el olvido había roto. Y aunque el mundo los juzgó, en Santa Inés, en las noches quietas, todavía se recuerda, entre el canto de las chicharras y el murmullo del río, ese grito lejano:

¡Viva el Frente Américo Silva!

Es todo.

EL DIA QUE LLEGARON LOS GUERRILLEROS.
Cuentos de mis abuelos y de mi pueblo Santa Inés.

 

Carlos Julio Rivas Galindo

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