25 EL CABALLO ENSILLADO. OTRO ENCANTADO DEL RIO.
Cuentos de mis abuelos y de
mi pueblo Santa Inés.
Volviendo a mi pueblo Santa Inés,
donde el sol del Anzoátegui oriental tuesta la tierra hasta volverla polvo de
oro y el tiempo parece detenerse bajo la sombra espesa de las matas de yaque,
el río no es solo agua. El que sabe, sabe. Es una vena oscura, un secreto que
late bajo el barro, la granza y las raíces de las matas.
De niño, yo crecí arrullado por las
voces rasgadas de los viejos de mi pueblo, no solo mis abuelos, también
aquellos muchos hombres agricultores, ganaderos y comerciantes de manos callosas
y miradas perdidas en el horizonte, que fumaban sus tabacos en los portales de
las casas, sentados en sillas de madera y cuero (que ya no se ven) al caer la
tarde. Ellos no me contaban cuentos de hadas ni de misterio; me legaban la
memoria cultural y folclórica maravillosa de esa tierra.
Me hablaban de los pasos escondidos
del río, esos vados traicioneros donde la corriente se vuelve negra y el
silencio se espesa. Eran lugares de nadie, refugios naturales usados por
guerrilleros de antaño, por cuatreros que arreaban el ganado robado bajo la
luna nueva, y por bandidos que huían de la ley hacia el monte cerrado. Pero el
monte y el agua tenían su propia justicia, su propio guardián.
En esos pasos, muchacho, me decían
los viejos con un hilo de voz, como si temieran ser escuchados por la
corriente, cuando el monte te cierra el camino y el alma te pesa más que el
cuerpo, aparece él.
No era un monstruo de escamas ni un
demonio con cuernos. Era la promesa del descanso. Un caballo magnífico, de
pelaje reluciente, manso, con una montura de cuero fino que brillaba bajo los
rayos de sol que lograban filtrarse entre las copas de las matas. Un animal
perfecto, hermoso, sin dueño, esperando pacientemente en la orilla.
El mito tejido con los hilos de miedo
ideado para asustar a los más muchachos, cuenta que los "encantados"
sabían elegir a sus víctimas.
Siempre aparecía cuando alguien
estaba exhausto, perdido en la espesura, huyendo del gobierno, o
irremediablemente lejos de casa. Se materializaba exactamente en el peor
momento, en esa fracción de segundo donde la desesperación vence al juicio y a
la prudencia, el cansado deja de dudar.
El fugitivo, el cuatrero o el
guerrillero, al ver aquella bestia soberbia, sentía que el cielo le ofrecía una
tregua. Subía al lomo del animal buscando la salvación, buscando cruzar el río
para borrar sus rastros. Pero el alivio duraba lo que un parpadeo.
Quien lo montaba descubría, con el
alma congelada en el pecho, que ya no podía bajarse. El cuero de la montura se
volvía pegajoso, frío, y se fundía con la piel del jinete. Las manos se
adherían a las crines como si fueran de hierro fundido. El caballo, que un
instante antes parecía la encarnación de la nobleza, relinchaba con un sonido
que era un lamento humano y se lanzaba al agua profunda.
Entraba al río con el jinete pegado
al lomo, arrastrándolo hacia el fondo, ahogándolo hasta que los pulmones
estallaban y los ojos se llenaban de la oscuridad del fango. El río recuperaba
su silencio, y el caballo volvía a la orilla, a esperar al siguiente
desesperado.
Años después, ya lejos de la
polvareda de Santa Inés, entre libros y mapas de mundos fríos, descubriría que
los espíritus del agua no tienen patria. Leí sobre las viejas sagas y la
mitología nórdica y celta, y me topé con el "Kelpie". Supe que en las
brumas del norte también existía este "encantado" de los ríos, ese
cambiante que adopta la forma de caballo ensillado, mula o venado manso para
atraer a los andantes descuidados y entregarlos a las profundidades.
Quién iba a creer que estas cosas
también se veían en Escocia. O, pensándolo mejor, quién iba a dudar de que el
alma de los "lochs" escoceses había cruzado el océano en los barcos
de los conquistadores para anidar en los vados secretos de los ríos como El Neverí,
o el inofensivo rio Aragua, adaptándose al calor, al monte y a la sangre de
nuestros hombres. El agua, al fin y al cabo, habla el mismo idioma en todas las
latitudes.
Pero más allá del mito, más allá de
los caballos fantasmales y los ahogados de los que nunca se encontraron los
cuerpos, mis abuelos me dejaron una herencia más profunda. Una sabiduría que
trascendía las orillas del río y se adentraba en los caudales de la propia
vida.
Me miraban a los ojos, con esa
severidad dulce de quien ha visto pasar demasiadas tormentas, y me decían,
desconfíe mijo, de esa oportunidad perfecta que aparece justo cuando se está
demasiado agobiado o atareado para revisarla. Cuando el cansancio le nuble el
juicio y la prisa le cierre los ojos, recuerde el vado del río. Seguro, mijo,
seguro es una trampa.
Carlos Julio Rivas Galindo 04129394648 04160817828
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