21 OTROS NEGOCIOS QUE RECUERDO. Cuentos de
mis abuelos y de mi pueblo Santa Inés.
Las noches eran del club de Ali, pero al día
pertenecía al sol y al polvo y el comercio tenía su propio reino en la TIENDA DE CABRERA. Aquello no era una
tienda, era un universo abarrotado donde la lógica se rendía ante la
abundancia. El Sr. Cabrera era un hombre de pocas palabras, de gesto adusto,
como si el peso de tantos objetos sobre sus estantes le hubiera robado la
necesidad de hablar. Allí convergían los juguetes con los sueños, en un anaquel
había ropa y zapatos, y en el otro, sábanas blancas como nubes y camisas y
pantalones de marca que traía de Margarita, alpargatas banda blanca y botas
montañeras marca Deri y Frazzani.
Pero lo que realmente gobernaba mi imaginación
infantil eran los juguetes, y, sobre todo, las armas. El Sr. Cabrera vendía
unas pistolas de balines idénticas a las reales, con un peso y un frío en el
metal que engañaban a la mano. Y los balines a montón, esos que venían en un
círculo de plástico color rojo, que en la pistola explotaban, echaban candela y
olían a pólvora. Yo tuve una, y la guardaba como un tesoro, sintiéndome
guardián de un secreto peligroso en medio de la tranquilidad del pueblo. El Sr.
Cabrera me la vendió sin sonreír, con la seriedad de quien transfiere una
responsabilidad, no un juego.
Los fines de semana, el centro de gravedad se
desplazaba hacia la GALLERA DE CRISTÓBAL.
El lugar era un coliseo de tierra batida donde el tiempo se medía en asaltos de
gallos. El Sr. Cristóbal, también pesaba el ganado y entre pelea y pelea, el
olor a masa frita inundaba el aire. Sus empanadas eran el combustible de las
apuestas, doradas y humeantes, servidas con la prisa de quien sabe que la
suerte cambia en un segundo.
En ese mapa humano de mis recuerdos, también estaban
la CARNICERÍA DEL PÁJARO y el café
que traía de Mundo Nuevo, el gasoil, la gasolina y hasta prestaba con
intereses. EL POOL DE ELEUTERIO, decían
que las mesas tienen más declive que la bajada de Las Gaviotas, tú apuntabas a
la esquina y la bola terminaba saludando al que se estaba tomando una fría en
la entrada. JOSE ROJAS, que vendía
el mejor queso llanero traído de Zaraza, Guárico. JUAN FREITES, cuando montó el billar y la venta de pollos asados. A
él también lo secuestraron los guerrilleros la vez que se llevaron a Hernán
Chirinos y a mi primo Rubén Darío Galindo (Mencho). EL BILLARIN DE LUPERCIO, había que ponerle una moneda de a 0,25 céntimos
(un mediecito) para jugar, pero hubo una vez hace añosssss, que los muchachos
avispados lo amañaron con monedas de 0,5 céntimos (un cobre). Y Lupercio,
creyendo que le había ido muy bien se llevó el chasco cuando revisó el cofre de
la máquina llena de puros centavitos. CARLOS
LEAL con sus quesillos y el flan en vasito, bien sabrosos. GUANIQUE, donde siempre estaban bien frías
las cervezas y los refrescos. LA
CAUCHERA DE MOLTIMER, era un santuario de cauchos, tripas y grasa negra,
custodiado por el viejo "Moltimer", siempre con un trapo al hombro. Allí
no solo se reparaban pinchazos; se remendaban las noticias del pueblo entre el
olor a pega y aire comprimido, ahí se entraba rezando para que el caucho
aguante y salías convencido de que los parches tenían más vida que el carro
mismo. Ya no se escucha al primo, ni el golpe del martillo contra el rin, ni el
silbido del aire escapando de la manguera del compresor.
Todos viejos pilares silenciosos que sostenían la
economía diaria. Eran nombres que no necesitaban letreros luminosos; su
reputación era el mejor anuncio.
Y entre tantos comercios, también la figura de CARIBE RÍOS, matador de ganado, popular.
Pero si de contrastes se trataba, nadie como MI AMIGO "LLUVIA". Le decían así, quizás porque caía
sobre el pueblo con la naturalidad de un temporal benéfico. A veces no andaba bien
de apariencia, se descuidaba, otras veces aparecía limpio y arreglado. Aunque
muchos no lo crean él fue pelotero de alto nivel, un atleta cuya elegancia en
el diamante contrastaba con la imagen y el recuerdo que le tenemos. Lluvia era
un hombre de conversar profundo, que se ganaba la vida sacando granza y arena del río y encalando paredes.
Lluvia dejaba la
arena a la orilla del rio, montañas de material listo para la construcción, y
las marcaba con un simple ramo de espinas clavado en cima. Nadie, absolutamente
nadie en el pueblo, se atrevía a tocar esa granza. Ese ramo de espinas era un
contrato sagrado, una frontera invisible que respetábamos todos. Con esa misma
honestidad, Lluvia pintaba y encalaba las casas, dejando las fachadas blancas y
limpias, como si con cada brochazo estuviera lavando también el alma del
pueblo.
Muchos ya no están presentes, pero viven en la memoria
de quienes los conocimos.
Así era Santa Inés, un lugar donde la música del club
Camaguan, se colaba en los sueños, donde las pistolas de juguete de Cabrera
pesaban como verdad, donde la palabra de un hombre valía más que un ramo de
espinas, y donde cada oficio nos hablaba de una sociedad humilde y laboriosa.
21 OTROS NEGOCIOS QUE RECUERDO. Cuentos de
mis abuelos y de mi pueblo Santa Inés.
Carlos Julio Rivas Galindo
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Cuentos de mis abuelos y de mi pueblo Santa Inés.
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