22 LAS VEGAS TOMATERAS. Cuentos de mis
abuelos y de mi pueblo Santa Inés.
En aquellos tiempos
Santa Inés olía a tierra mojada y a tomate maduro. Para entonces, el pueblo
respiraba agricultura, vegas interminables, (aprendí que una "vega"
es un terreno llano, fértil cerca del río), haciendas que se perdían en el
horizonte y conucos por donde quiera, donde la vida brotaba entre surcos
perfectamente trazados. Éramos un pueblo de manos callosas y espaldas curtidas
por el sol, de ganaderos que leían el cielo y agricultores que conversaban con
la luna como si fuera pariente cercano.
Había tomates, para
comer, en ensalada, solos con sal como el que come mango verde, en jugo, en
salsa, en dulce y hasta fritos. Había tomates de más.
Recuerdo una vez
que había tanto tomate que, por su bajo precio en los mercados de Barcelona o
Cumaná, los productores los botaban en la carretera y les pasaban con los
camiones por encima.
En época de
siembra, las esquinas del pueblo se convertían en bolsas de trabajo al aire
libre. Allí, en la esquina de Morocho, por ejemplo, en las noches los productores
desplegaban sus listas de trabajadores chanceros, como generales antes de una
batalla. Los nombres se iban anotando con lápiz grueso mientras los hombres y
algunos muchachos que queríamos creer que ya lo éramos, esperábamos turno para
firmar nuestro destino temporal de jornaleros.
La faena del tomate tenía su propio ritual, su propia liturgia del esfuerzo.
En la siembra, primero
estaba el que caminaba con la coa, esa vara de punta aguda que perforaba la
tierra como un sacerdote oficiando misa. Detrás venían los que plantábamos las
matas o plántulas de tomate de quince o veinte centímetros, cuidando que cada
una quedara erguida, bien asentada, como si de ella dependiera nuestra propia
dignidad.
Para la resiembra el
trabajo era el de arrancar las plantas muertas y sustituirlas por otras vivas y
en buen estado.
Otro día era
amarrar, es decir, fijar cada tallo de la planta a los alambres para que el
peso de los frutos no las doblegara y finalmente cosechar.
Pero la cosecha era
cosa aparte. Era la fiesta y el infierno juntos.
Te entregaban dos
latas cuadradas de aceite (de marca Diana), de esas de veinte litros cada una,
con un asa de madera que se clavaba en la palma como recordatorio constante del
sacrificio. Y ahí ibas, caminando por el surco asignado, esa calle de tierra
negra que parecía no tener fin, trescientos metros de largo, cincuenta o
sesenta calles de ancho, doblando la espalda una y otra vez, llenando las latas
hasta el borde mientras el sol te cocinaba la nuca y el sudor te dibujaba ríos
por la espalda.
A bichas para
ponerse pesadas a medida que el día avanzaba.
Si mirabas al
horizonte, solo veías sombreros y gorras flotando sobre el verde intenso del
cultivo. Cuerpos completos, ninguno. Éramos fantasmas del trabajo, siluetas que
se mecían al ritmo de la cosecha.
Pero había que
estar mosca.
Porque en cualquier momento, sin aviso, sin testigos, volaba un tomate maduro a toda velocidad hacia la espalda del descuidado. Zas. Y el grito no se hacía esperar.
¡Coño!, se cimbraba
del pepazo alguno por ahí.
Tico era leyenda.
Una vez recibió tres tomatazos al mismo tiempo en el lomo y no supo de dónde
vinieron. Nadie fue. Nadie es nunca en esas cosas.
¡No se molesten
cuando yo les apague un ojo!
Gritaba alguno,
mitad broma mitad amenaza, mientras todos sabíamos que al final del día
saldríamos con nuestro tomatazo seguro, cansados hasta los huesos, pero
contentos.
Porque haber
cumplido un jornal era algo. Era prueba de que podíamos. De que no éramos menos
que los trabajadores de verdad.
En esa época, un
obrero ganaba dieciséis bolívares diarios. Ocho por medio día. Y, si con un
bolívar comprabas un pan dulce y un refresco, ocho bolívares eran una fortuna.
Para nosotros, los muchachos de doce a quince años que nos apuntábamos siempre
para trabajar medio día, esa plata era libertad. Era poder brindar a las
muchachas, compartir con los amigos, sentirnos dueños de algo más que de
nuestro nombre.
Llegabas a la casa,
molido pero contento, con ocho bolívares tuyos, en el bolsillo y una bolsa de
tomates como de tres kilos, para las ensaladas.
Los viejos nos
miraban y soltaban la frase que se repetía como letanía:
¡Eso es bueno, para
que sepan lo que es trabajo duro!
¡Estudie, Julito,
estudie! Me decía mi abuela Rafaela.
Y… sí, realmente
era duro.
En la noche nos "bayrunábamos" nosotros mismos, adoloridos y orgullosos.
Pero había algo en
todo aquello que nos retenía. Algo que nos hacía prometer, al final de cada jornal
“Yo vuelvo mañana".
Si, como no. Si
acaso la semana que viene, o el mes próximo. O cuando el cuerpo diga.
Porque ese trabajo
era como para las mulas, te cargaba, te desgastaba, pero también te enseñaba a
caminar derecho, a valorar el dinero, a respetar el trabajo y al trabajador, a
amar a la tierra y la agricultura.
Y Santa Inés, con
sus vegas tomateras y sus calles sembradas infinitas, era la escuela más
honesta, práctica y realista que, gracias al Dios, uno podía tener.
22 LAS VEGAS TOMATERAS. Cuentos de mis
abuelos y de mi pueblo Santa Inés.
Carlos Julio Rivas Galindo
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Cuentos de mis abuelos y de mi pueblo Santa Inés.
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