martes, 17 de marzo de 2026

22 LAS VEGAS TOMATERAS. Cuentos de mis abuelos y de mi pueblo Santa Inés.

 

22 LAS VEGAS TOMATERAS. Cuentos de mis abuelos y de mi pueblo Santa Inés.

 

En aquellos tiempos Santa Inés olía a tierra mojada y a tomate maduro. Para entonces, el pueblo respiraba agricultura, vegas interminables, (aprendí que una "vega" es un terreno llano, fértil cerca del río), haciendas que se perdían en el horizonte y conucos por donde quiera, donde la vida brotaba entre surcos perfectamente trazados. Éramos un pueblo de manos callosas y espaldas curtidas por el sol, de ganaderos que leían el cielo y agricultores que conversaban con la luna como si fuera pariente cercano.

Había tomates, para comer, en ensalada, solos con sal como el que come mango verde, en jugo, en salsa, en dulce y hasta fritos. Había tomates de más.

Recuerdo una vez que había tanto tomate que, por su bajo precio en los mercados de Barcelona o Cumaná, los productores los botaban en la carretera y les pasaban con los camiones por encima.

En época de siembra, las esquinas del pueblo se convertían en bolsas de trabajo al aire libre. Allí, en la esquina de Morocho, por ejemplo, en las noches los productores desplegaban sus listas de trabajadores chanceros, como generales antes de una batalla. Los nombres se iban anotando con lápiz grueso mientras los hombres y algunos muchachos que queríamos creer que ya lo éramos, esperábamos turno para firmar nuestro destino temporal de jornaleros. 

La faena del tomate tenía su propio ritual, su propia liturgia del esfuerzo. 

En la siembra, primero estaba el que caminaba con la coa, esa vara de punta aguda que perforaba la tierra como un sacerdote oficiando misa. Detrás venían los que plantábamos las matas o plántulas de tomate de quince o veinte centímetros, cuidando que cada una quedara erguida, bien asentada, como si de ella dependiera nuestra propia dignidad.

Para la resiembra el trabajo era el de arrancar las plantas muertas y sustituirlas por otras vivas y en buen estado.

Otro día era amarrar, es decir, fijar cada tallo de la planta a los alambres para que el peso de los frutos no las doblegara y finalmente cosechar. 

Pero la cosecha era cosa aparte. Era la fiesta y el infierno juntos.

Te entregaban dos latas cuadradas de aceite (de marca Diana), de esas de veinte litros cada una, con un asa de madera que se clavaba en la palma como recordatorio constante del sacrificio. Y ahí ibas, caminando por el surco asignado, esa calle de tierra negra que parecía no tener fin, trescientos metros de largo, cincuenta o sesenta calles de ancho, doblando la espalda una y otra vez, llenando las latas hasta el borde mientras el sol te cocinaba la nuca y el sudor te dibujaba ríos por la espalda.

A bichas para ponerse pesadas a medida que el día avanzaba.

Si mirabas al horizonte, solo veías sombreros y gorras flotando sobre el verde intenso del cultivo. Cuerpos completos, ninguno. Éramos fantasmas del trabajo, siluetas que se mecían al ritmo de la cosecha.

Pero había que estar mosca.

Porque en cualquier momento, sin aviso, sin testigos, volaba un tomate maduro a toda velocidad hacia la espalda del descuidado. Zas. Y el grito no se hacía esperar.

¡Coño!, se cimbraba del pepazo alguno por ahí.

Tico era leyenda. Una vez recibió tres tomatazos al mismo tiempo en el lomo y no supo de dónde vinieron. Nadie fue. Nadie es nunca en esas cosas.

¡No se molesten cuando yo les apague un ojo! 

Gritaba alguno, mitad broma mitad amenaza, mientras todos sabíamos que al final del día saldríamos con nuestro tomatazo seguro, cansados hasta los huesos, pero contentos.

Porque haber cumplido un jornal era algo. Era prueba de que podíamos. De que no éramos menos que los trabajadores de verdad.

En esa época, un obrero ganaba dieciséis bolívares diarios. Ocho por medio día. Y, si con un bolívar comprabas un pan dulce y un refresco, ocho bolívares eran una fortuna. Para nosotros, los muchachos de doce a quince años que nos apuntábamos siempre para trabajar medio día, esa plata era libertad. Era poder brindar a las muchachas, compartir con los amigos, sentirnos dueños de algo más que de nuestro nombre.

Llegabas a la casa, molido pero contento, con ocho bolívares tuyos, en el bolsillo y una bolsa de tomates como de tres kilos, para las ensaladas.

Los viejos nos miraban y soltaban la frase que se repetía como letanía:

¡Eso es bueno, para que sepan lo que es trabajo duro!

¡Estudie, Julito, estudie! Me decía mi abuela Rafaela.

Y… sí, realmente era duro. 

En la noche nos "bayrunábamos" nosotros mismos, adoloridos y orgullosos.

Pero había algo en todo aquello que nos retenía. Algo que nos hacía prometer, al final de cada jornal “Yo vuelvo mañana". 

Si, como no. Si acaso la semana que viene, o el mes próximo. O cuando el cuerpo diga.

Porque ese trabajo era como para las mulas, te cargaba, te desgastaba, pero también te enseñaba a caminar derecho, a valorar el dinero, a respetar el trabajo y al trabajador, a amar a la tierra y la agricultura.

Y Santa Inés, con sus vegas tomateras y sus calles sembradas infinitas, era la escuela más honesta, práctica y realista que, gracias al Dios, uno podía tener.

 

22 LAS VEGAS TOMATERAS. Cuentos de mis abuelos y de mi pueblo Santa Inés.

 

Carlos Julio Rivas Galindo

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Cuentos de mis abuelos y de mi pueblo Santa Inés.



 

sábado, 7 de marzo de 2026

21 OTROS NEGOCIOS QUE RECUERDO. Cuentos de mis abuelos y de mi pueblo Santa Inés.

 

21 OTROS NEGOCIOS QUE RECUERDO. Cuentos de mis abuelos y de mi pueblo Santa Inés.

 

Las noches eran del club de Ali, pero al día pertenecía al sol y al polvo y el comercio tenía su propio reino en la TIENDA DE CABRERA. Aquello no era una tienda, era un universo abarrotado donde la lógica se rendía ante la abundancia. El Sr. Cabrera era un hombre de pocas palabras, de gesto adusto, como si el peso de tantos objetos sobre sus estantes le hubiera robado la necesidad de hablar. Allí convergían los juguetes con los sueños, en un anaquel había ropa y zapatos, y en el otro, sábanas blancas como nubes y camisas y pantalones de marca que traía de Margarita, alpargatas banda blanca y botas montañeras marca Deri y Frazzani.

Pero lo que realmente gobernaba mi imaginación infantil eran los juguetes, y, sobre todo, las armas. El Sr. Cabrera vendía unas pistolas de balines idénticas a las reales, con un peso y un frío en el metal que engañaban a la mano. Y los balines a montón, esos que venían en un círculo de plástico color rojo, que en la pistola explotaban, echaban candela y olían a pólvora. Yo tuve una, y la guardaba como un tesoro, sintiéndome guardián de un secreto peligroso en medio de la tranquilidad del pueblo. El Sr. Cabrera me la vendió sin sonreír, con la seriedad de quien transfiere una responsabilidad, no un juego.

Los fines de semana, el centro de gravedad se desplazaba hacia la GALLERA DE CRISTÓBAL. El lugar era un coliseo de tierra batida donde el tiempo se medía en asaltos de gallos. El Sr. Cristóbal, también pesaba el ganado y entre pelea y pelea, el olor a masa frita inundaba el aire. Sus empanadas eran el combustible de las apuestas, doradas y humeantes, servidas con la prisa de quien sabe que la suerte cambia en un segundo.

En ese mapa humano de mis recuerdos, también estaban la CARNICERÍA DEL PÁJARO y el café que traía de Mundo Nuevo, el gasoil, la gasolina y hasta prestaba con intereses. EL POOL DE ELEUTERIO, decían que las mesas tienen más declive que la bajada de Las Gaviotas, tú apuntabas a la esquina y la bola terminaba saludando al que se estaba tomando una fría en la entrada. JOSE ROJAS, que vendía el mejor queso llanero traído de Zaraza, Guárico. JUAN FREITES, cuando montó el billar y la venta de pollos asados. A él también lo secuestraron los guerrilleros la vez que se llevaron a Hernán Chirinos y a mi primo Rubén Darío Galindo (Mencho). EL BILLARIN DE LUPERCIO, había que ponerle una moneda de a 0,25 céntimos (un mediecito) para jugar, pero hubo una vez hace añosssss, que los muchachos avispados lo amañaron con monedas de 0,5 céntimos (un cobre). Y Lupercio, creyendo que le había ido muy bien se llevó el chasco cuando revisó el cofre de la máquina llena de puros centavitos. CARLOS LEAL con sus quesillos y el flan en vasito, bien sabrosos. GUANIQUE, donde siempre estaban bien frías las cervezas y los refrescos. LA CAUCHERA DE MOLTIMER, era un santuario de cauchos, tripas y grasa negra, custodiado por el viejo "Moltimer", siempre con un trapo al hombro. Allí no solo se reparaban pinchazos; se remendaban las noticias del pueblo entre el olor a pega y aire comprimido, ahí se entraba rezando para que el caucho aguante y salías convencido de que los parches tenían más vida que el carro mismo. Ya no se escucha al primo, ni el golpe del martillo contra el rin, ni el silbido del aire escapando de la manguera del compresor.

Todos viejos pilares silenciosos que sostenían la economía diaria. Eran nombres que no necesitaban letreros luminosos; su reputación era el mejor anuncio.

Y entre tantos comercios, también la figura de CARIBE RÍOS, matador de ganado, popular. Pero si de contrastes se trataba, nadie como MI AMIGO "LLUVIA". Le decían así, quizás porque caía sobre el pueblo con la naturalidad de un temporal benéfico. A veces no andaba bien de apariencia, se descuidaba, otras veces aparecía limpio y arreglado. Aunque muchos no lo crean él fue pelotero de alto nivel, un atleta cuya elegancia en el diamante contrastaba con la imagen y el recuerdo que le tenemos. Lluvia era un hombre de conversar profundo, que se ganaba la vida sacando granza y arena del río y encalando paredes.

Lluvia dejaba la arena a la orilla del rio, montañas de material listo para la construcción, y las marcaba con un simple ramo de espinas clavado en cima. Nadie, absolutamente nadie en el pueblo, se atrevía a tocar esa granza. Ese ramo de espinas era un contrato sagrado, una frontera invisible que respetábamos todos. Con esa misma honestidad, Lluvia pintaba y encalaba las casas, dejando las fachadas blancas y limpias, como si con cada brochazo estuviera lavando también el alma del pueblo.

Muchos ya no están presentes, pero viven en la memoria de quienes los conocimos.

Así era Santa Inés, un lugar donde la música del club Camaguan, se colaba en los sueños, donde las pistolas de juguete de Cabrera pesaban como verdad, donde la palabra de un hombre valía más que un ramo de espinas, y donde cada oficio nos hablaba de una sociedad humilde y laboriosa.

21 OTROS NEGOCIOS QUE RECUERDO. Cuentos de mis abuelos y de mi pueblo Santa Inés.

 

Carlos Julio Rivas Galindo

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Cuentos de mis abuelos y de mi pueblo Santa Inés.



 

20 EL CLUB DE ALI. Cuentos de mis abuelos y de mi pueblo Santa Inés.

 20 EL CLUB DE ALI. Cuentos de mis abuelos y de mi pueblo Santa Inés.

La música no era solo sonido; era el latido nocturno de Santa Inés, y ese latido provenía del patio contiguo a la casa de mi abuela, el Club Camaguan. Allí reinaba el "Gran Ali" Osorio Walther. Hombre bueno, trabajador, padre de familia, recuerdo a la señora Emma, a sus hijos Alfredo, Daysi, Gabriel y a Emmita, la hermosa Emmita.

Su imperio no se medía en hectáreas de tomates, sino en rockolas. Me cuenta Alexis Muñoz, que él llegó a tener produciendo 26 rockolas Wurlitzer y AM, distribuías por Mundo Nuevo, Úrica, El Samán, San Mateo, Quiamare, El Carito y La Ceiba. Se decía, y era verdad de evangelio, que, si pisabas Santa Inés y no te dejabas ver por el Club Camaguan de Ali, era como si nunca hubieras llegado.

Pero para mí, el Club de Ali era la voz que mecía mi chinchorro.

Nuestros patios eran vecinos, contiguos. Las paredes de la casa de mi abuela eran casi cómplices y dejaban pasar los boleros como si fuera la brisa. Me dormía arrullado por el ruido de botellas de cervezas y gaveras y el lamento de las cornetas y las voces desgarradas, que salían de la C-24

"Vengo a decirte que me voy

y ya más nunca me volverás a ver

si te casas algún día

mándame una invitación

ya que nuestro amor tan grande

sal y agua se volvió.

Las promesas que me hiciste

el viento se la llevó

como espuma en la bruma

nuestro amor se disolvió

Sal y agua nuestro idilio se volvió

Y sal y agua, nuestro idilio se volvió…"

o de la C-54

"... besos de fuego tú me diste, a media luz...".

Y esa rockola activa se filtraba por las rendijas de las ventanas, mezclándose con el olor a patio, grabando en mi memoria que el amor, tal como lo cantaban en el Club Camaguan, era siempre un asunto de pasión, baile y brollos.

Música y canciones que nunca oí en otro lugar, pero que como impronta tenían el sello y el recuerdo de Santa Inés.

Grandes orquestas nacionales y de renombre también tocaron ahí y se celebraron bailes de gala con gran éxito y renombre.

EL CLUB DE ALI. Cuentos de mis abuelos y de mi pueblo Santa Inés.

 

Carlos Julio Rivas Galindo

04129394648  04160817828

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lunes, 2 de marzo de 2026

19 LA BODEGA DE ALBERTICO. BODEGA "EL GUINDAITO". Cuentos de mis abuelos y de mi pueblo Santa Inés.

 19 LA BODEGA DE ALBERTICO. BODEGA "EL GUINDAITO". Cuentos de mis abuelos y de mi pueblo Santa Inés.

 

En la misma calle "Fray Nicolás de Odena" en Santa Inés, diagonal y casi al frente del club "Camaguan" también existía una bodega famosa, que no era solo tienda, sino refugio de elegancias perdidas y aromas viajeros, era "El Guindaito", el negocio de Albertico Walther. No era como las demás, ni tan hosca como la del Morocho, ni tan anclada en lo rústico; esta era limpia y ordenada, como si hubiera nacido en una gran ciudad y se hubiera enamorado de este hermoso pueblo campesino.

Albertico heredó de su papá Alberto Walther la bodega y una finca que luego le vendió a un español, ubicada detrás de la capilla de Lourdes, que está en la calle Bolívar.

 

La bodega la llamaban ,"El Guindaito", porque además de refrescos, cervecitas, malta, chicha Polly (que venía en lata), víveres, casabe, queso que cortaba con un nylon, leche detallada en papeletas, casabe, Modess, sardina y salmón en lata, pastillas Conmel, Bral, Aspirinas, el Alkaseltzer, mucha mercancía era exhibida guindando del techo, ahí colgaban pares de zapatos como frutos extraños, alpargatas tejidas a mano, cholas de suela gruesa para caminar senderos de espinas, cholas de baño, zapatillas Tutifrutti, y botines lustrosos. La ropa también tenía su lugar, camisas de manga corta, pantalones de dril, cholas, zapatos, tobos, cavas de anime, poncheras, escobas, palas, machetes tres canales, hasta sombreros de paja, gorras y demás, que Albertico colocaba con precisión de modisto. Todo estaba ordenado, todo brillaba, incluso el aire parecía haberse lavado antes de entrar, como si cada compra fuera un acto bendecido por la costumbre.

 

Pero el verdadero hechizo comenzaba con el pan "Empolvados", que eran unos panes dulces redondos que untaba con margarina y bañaba de azúcar, que eran deliciosos y muy solicitados. Eran los golfeados "Empolvados" de Albertico.

 

Yo estaba autorizado a pedir por las tardes, solamente, una chicha Polly o una malta Caracas y un Empolvado. Y se lo anotaban en el cuaderno de los fiaos a la cuenta de mi abuelo Aníbal Galindo.

 

Albertico era un hombre de presencia. Siempre bien arreglado, con guayaberas almidonadas que crujían al moverse, cuello erguido. Su voz, ronca y melosa, llevaba ecos de Caracas, de Valencia, de puertos y plazas donde se habla rápido y se vive más fuerte. Y aunque había echado raíces en Santa Inés, su acento nunca se doblegó del todo, seguía siendo forastero en lo sonoro, nativo en lo afectuoso.

A veces lo ayudaba su hermana Rosa Melina Walther (Tota). Pero, su dependiente en el negocio era su hijo Rubén, era el suplente, el encargado, el de confianza.

Muy poco se veía a Humberto, Jesús, Eligió a Tico, o alguna de las muchachas, sus hijas, manejando la bodega.

 

A Albertico, venían a visitarlo de todas partes, de El Tigre, Cantaura, Anaco, Barcelona, Valencia, Caracas, familiares y clientes. Todos cargaban su Casabe, el Queso fresco que él con un nylon cortaba con exactitud quirúrgica un kilo, medio kilo, ni un gramo de más ni un gramo de menos.

 

En los días de Semana Santa, Carnaval o Navidad, lo visitaban mis tíos Manuel Hernández, Alfirio, Régulo, Galindo, Firo, Gabriel Osorio y otros, primos y parientes que en temporada de vacaciones viajaban a Santa Inés como quien regresa a un sueño compartido. Se sentaban bajo el fresco de las matas, en sillas de plástico alineadas como soldados jubilados, reían con historias que ya todos conocían, pero que cada vez sonaban distintas, porque el tiempo les ponía nuevos matices. Albertico se sentaba en su mecedora de mimbre, con un vaso alto en la mano, whisky Buchanan’s, Old Parr o Johnnie Walker etiqueta negra, con agua de coco o soda.

 

Decía con su voz ronca, así el alcohol no quema el alma, sino que la riega ¡

 

En los días de fiesta la bodega se volvía salón de memorias. Las paredes escuchaban, los zapatos colgados se balanceaban suaves como péndulos, y hasta el queso parecía sonreír bajo su nylon.

 

Albertico, entre sorbo y sorbo, asentía en silencio, como si supiera que aquellos momentos eran monedas que el futuro canjearía por nostalgia.

 

Hoy, donde antes había tertulia y domino, solo queda el silencio de lo que se fue.

 

El viento barre la esquina, la gente pasa rápido, pero los que sabemos, los que vivimos aquello, cerramos los ojos y todavía escuchamos el tintineo de las monedas, el saludo en la entrada, la promesa de que "mañana se paga", y la certeza de que no estábamos solos.

 

Las bodegas mueren, los edificios cambian, los dueños se van, los nombres se borran. Pero hay lugares que no son de ladrillo, sino de afecto.

 

Ya ni la casa donde funcionaba la bodega existe, pero dicen que aún hoy, si uno pasa por allí al anochecer, puede oler el golfeado "empolvado" recién untado y ver, fugazmente, la sombra de una guayabera blanca moviéndose tras el mostrador.

La Bodega de Albertico, no existe en el pueblo, pero existe en el pecho, porque mientras haya quien la recuerde,

mientras haya quien nombre al "Guindaito" con cariño, la luz y el recuerdo de esa bodega nunca se apagará del todo.

 

Los lugares como "El Guindaito" son los museos invisibles de nuestra vida. No tienen placas en la pared, pero guardan la historia real de la gente.

LA BODEGA DE ALBERTICO. Cuentos de mis abuelos y de mi pueblo Santa Inés.

 

Carlos Julio Rivas Galindo

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