18 LA
BODEGA DE MOROCHO.
En la esquina caliente de Santa Inés, entre las calles Bolívar
y Fray Nicolás de Ordena, por los años 70' y 80' se alzaba la bodega de Morocho
"Ramón Walther, víveres" un lugar tan viejo como los recuerdos del
cerro del Calvario y tan misterioso como los pasos del Chivato en noches sin
luna. No era una simple bodega; era un templo de lo cotidiano, un santuario
donde lo mundano se volvía sagrado, se vendía maíz amarillo como oro de ley,
nepe para los cochinos, ocumo y yuca con olor a tierra mojada, y auyama cortada
en trozos que parecían soles en miniatura. Todo se vendía por kilos, con
precisión casi quirúrgica como si por las manos de Morocho cada gramo tuviera
su destino escrito en algún libro invisible.
¡Allí también se medía la vainilla en gotas contadas, pero
solo si traías tu propio envase, un pote, una botella de vidrio o una lata de
leche vacía, porque el Morocho decía que “! al que no trae recipiente, no se le vende ¡”.
Y junto a esos aromas domésticos, también se vendía, refrescos bien fríos,
cervecitas algunas, queso llanero de calidad, sardinas en lata, harina PAN,
cucas negras y blancas, leche en papeletas de a 0,50 bolívares, pilas para las
linternas y conchas de escopeta calibre 12, 16 y 44, entre otras.
Detrás de la bodega, en un cuarto acondicionado con bateas
de cerámica blanca, brillantes como huesos lavados por el río, se guardaba el
queso llanero y el de año, duro como promesa de hombre, y el semiduro como la
nostalgia. El aroma se escapaba por las rendijas y se mezclaba con el kerosene,
que también se vendía allí, no solo para alumbrar, sino para limpiar los pisos
y espantar las moscas.
Y en medio de todo esto, como columna vertebral de aquel
universo, estaba morocho Ramón Walther el viejo, sentado siempre en la entrada,
a un lado de la puerta de la casa, con su sombrero de cogollo torcido por el
viento y los años, los ojos entrecerrados como si vigilara no solo la calle,
sino también los umbrales entre este mundo y el otro. En la casa Carmen Chacón,
la jefa de la casa, hacia las mejores conservas de Chaco, de Coco, Besos,
Roscas y Pavitos que salían para vender en la bodega y volaban. A su lado, Ramoncito Walther, el hijo,
siempre vestía sombrero negro y guardacamisas "ovejita" blanca, no
tan impecable, nunca se las quitaba, ni siquiera para dormir, decían, como si
supiera que algún día tendría que heredar no solo la bodega, sino también sus
secretos.
Ramoncito tenía una camioneta Chevrolet, color gris y
culona, con cabina redonda como vientre de ballena terrestre. En ella
transportaba desde sacos de arroz hasta rumores de guerrilleros que aún
rondaban los cerros de Anzoátegui.
¡Carlos Julio, prepárese mañana vamos para Barcelona, a
comprar mercancía, y salimos a las 04:00 am!
“! ¡Ponte a creer me dijo mi abuelo Aníbal, mira que
Ramoncito nunca en su vida se ha levantado antes de las 09:00 de la mañana!
Pero quien realmente movía el alma del lugar era Alexis,
que era como hijo de Morocho, era el dependiente y cajero del negocio. Él no
salía de su rincón, clavado tras el mostrador como un sacerdote ante el altar.
Siempre bien vestido, con camisa planchada y zapatos lustrosos, y oliendo a
"Paco Rabanne" como si esperara cada día la visita de alguien
importante o de algo que no era de este mundo.
Pero, cuando yo iba de vacaciones por uno o dos meses la
cosa cambiaba
! Llegó Carlos Julio ¡
"... En esa bodega yo trabajé y los corotos le acomodé
“apílelos como en el CADA” Ramoncito, me decía ..."
Y también para Barcelona me iba de ayudante, a comprar mercancía.
! Vámonos para que me acompañes que allá de voy a llevar
para casa de las p.…!
Pero mentira, nunca me llevó para esos sitios. Eso sí, que
al salir del mercado y con la camioneta cargada, almorzábamos a la carta y en
los mejores lugares.
En esa esquina por las noches regularmente se reunían
Guaniquito, Ramoncito, Cristóbal, Catire Hernández, mi tío Juan Antonio,
Rondón, y otros muchos más a conversar cosas del día. A hablar de política, del
mundo, del precio del tomate en Barcelona o Cumaná. Era un lugar de reunión.
Recuerdo también cuando Ramoncito se ganó los 500.000,00
bolívares de la Lotería de Caracas, y se compró un flamante Caprice año 83,
full equipo, nuevo de paquete.
El sol de la tarde sigue cayendo a plomo sobre la esquina
caliente de Santa Inés, quemando el asfalto entre las calles Bolívar y Fray
Nicolás de Odena con la misma insistencia de antaño.
Sin embargo, algo ha cambiado.
Hoy, la puerta "Ramón Walther víveres" está
cerrada con un candado oxidado, cuya llave se perdió hace años.
Hoy, el silencio es el único dependiente. La humedad ha
trepado por las paredes como una enredadera gris, agrietando el yeso y
devorando la madera de los anaqueles vacíos. El techo, cansado de sostener el
peso de los años, deja filtrar la lluvia que mancha el suelo de un musgo
enfermizo. Ya no hay pasos, ni voces, ni el roce de las bolsas de papel. Solo
el viento, que se cuela por las rendijas, silba una melodía fúnebre que recorre
los pasillos donde antes se medía la vida en kilos, medios, lochas y reales.
La bodega de Ramón Walther no ha cerrado simplemente sus
puertas; ha cerrado un ciclo. Es un esqueleto de barro en medio del pueblo, un
recordatorio mudo de que la prosperidad es frágil y que los recuerdos, por
fuertes que sean, terminan sucumbiendo ante la gravedad implacable de la ruina.
Santa Inés sigue resistiendo, pero en esa esquina, el
tiempo se ha detenido, pudriéndose junto a la madera vieja, esperando que
alguien, algún día, recuerde. Nos recuerde.
18 LA BODEGA DE MOROCHO. Cuentos de mis abuelos y de mi pueblo
Santa Inés.
Carlos Julio Rivas Galindo
04129394648
04160817828
Lee este y todos mis artículos en:
https://carlosjrivasg.blogspot.com.
Cuentos de mis abuelos y de mi pueblo Santa Inés.
