viernes, 20 de febrero de 2026

18 LA BODEGA DE MOROCHO. Cuentos de mis abuelos y de mi pueblo Santa Inés.


 

18 LA BODEGA DE MOROCHO.

 

En la esquina caliente de Santa Inés, entre las calles Bolívar y Fray Nicolás de Ordena, por los años 70' y 80' se alzaba la bodega de Morocho "Ramón Walther, víveres" un lugar tan viejo como los recuerdos del cerro del Calvario y tan misterioso como los pasos del Chivato en noches sin luna. No era una simple bodega; era un templo de lo cotidiano, un santuario donde lo mundano se volvía sagrado, se vendía maíz amarillo como oro de ley, nepe para los cochinos, ocumo y yuca con olor a tierra mojada, y auyama cortada en trozos que parecían soles en miniatura. Todo se vendía por kilos, con precisión casi quirúrgica como si por las manos de Morocho cada gramo tuviera su destino escrito en algún libro invisible.

 

¡Allí también se medía la vainilla en gotas contadas, pero solo si traías tu propio envase, un pote, una botella de vidrio o una lata de leche vacía, porque el Morocho decía que “!  al que no trae recipiente, no se le vende ¡”. Y junto a esos aromas domésticos, también se vendía, refrescos bien fríos, cervecitas algunas, queso llanero de calidad, sardinas en lata, harina PAN, cucas negras y blancas, leche en papeletas de a 0,50 bolívares, pilas para las linternas y conchas de escopeta calibre 12, 16 y 44, entre otras.

 

Detrás de la bodega, en un cuarto acondicionado con bateas de cerámica blanca, brillantes como huesos lavados por el río, se guardaba el queso llanero y el de año, duro como promesa de hombre, y el semiduro como la nostalgia. El aroma se escapaba por las rendijas y se mezclaba con el kerosene, que también se vendía allí, no solo para alumbrar, sino para limpiar los pisos y espantar las moscas.

 

Y en medio de todo esto, como columna vertebral de aquel universo, estaba morocho Ramón Walther el viejo, sentado siempre en la entrada, a un lado de la puerta de la casa, con su sombrero de cogollo torcido por el viento y los años, los ojos entrecerrados como si vigilara no solo la calle, sino también los umbrales entre este mundo y el otro. En la casa Carmen Chacón, la jefa de la casa, hacia las mejores conservas de Chaco, de Coco, Besos, Roscas y Pavitos que salían para vender en la bodega y volaban.  A su lado, Ramoncito Walther, el hijo, siempre vestía sombrero negro y guardacamisas "ovejita" blanca, no tan impecable, nunca se las quitaba, ni siquiera para dormir, decían, como si supiera que algún día tendría que heredar no solo la bodega, sino también sus secretos.

 

Ramoncito tenía una camioneta Chevrolet, color gris y culona, con cabina redonda como vientre de ballena terrestre. En ella transportaba desde sacos de arroz hasta rumores de guerrilleros que aún rondaban los cerros de Anzoátegui.

 

¡Carlos Julio, prepárese mañana vamos para Barcelona, a comprar mercancía, y salimos a las 04:00 am!

 

“! ¡Ponte a creer me dijo mi abuelo Aníbal, mira que Ramoncito nunca en su vida se ha levantado antes de las 09:00 de la mañana!

 

Pero quien realmente movía el alma del lugar era Alexis, que era como hijo de Morocho, era el dependiente y cajero del negocio. Él no salía de su rincón, clavado tras el mostrador como un sacerdote ante el altar. Siempre bien vestido, con camisa planchada y zapatos lustrosos, y oliendo a "Paco Rabanne" como si esperara cada día la visita de alguien importante o de algo que no era de este mundo.

 

Pero, cuando yo iba de vacaciones por uno o dos meses la cosa cambiaba

 

! Llegó Carlos Julio ¡

 

"... En esa bodega yo trabajé y los corotos le acomodé “apílelos como en el CADA” Ramoncito, me decía ..."

 

Y también para Barcelona me iba de ayudante, a comprar mercancía.

 

! Vámonos para que me acompañes que allá de voy a llevar para casa de las p.…!

 

Pero mentira, nunca me llevó para esos sitios. Eso sí, que al salir del mercado y con la camioneta cargada, almorzábamos a la carta y en los mejores lugares.

 

En esa esquina por las noches regularmente se reunían Guaniquito, Ramoncito, Cristóbal, Catire Hernández, mi tío Juan Antonio, Rondón, y otros muchos más a conversar cosas del día. A hablar de política, del mundo, del precio del tomate en Barcelona o Cumaná. Era un lugar de reunión.

 

Recuerdo también cuando Ramoncito se ganó los 500.000,00 bolívares de la Lotería de Caracas, y se compró un flamante Caprice año 83, full equipo, nuevo de paquete.

 

El sol de la tarde sigue cayendo a plomo sobre la esquina caliente de Santa Inés, quemando el asfalto entre las calles Bolívar y Fray Nicolás de Odena con la misma insistencia de antaño.

 

Sin embargo, algo ha cambiado.

 

Hoy, la puerta "Ramón Walther víveres" está cerrada con un candado oxidado, cuya llave se perdió hace años.

 

Hoy, el silencio es el único dependiente. La humedad ha trepado por las paredes como una enredadera gris, agrietando el yeso y devorando la madera de los anaqueles vacíos. El techo, cansado de sostener el peso de los años, deja filtrar la lluvia que mancha el suelo de un musgo enfermizo. Ya no hay pasos, ni voces, ni el roce de las bolsas de papel. Solo el viento, que se cuela por las rendijas, silba una melodía fúnebre que recorre los pasillos donde antes se medía la vida en kilos, medios, lochas y reales.

 

La bodega de Ramón Walther no ha cerrado simplemente sus puertas; ha cerrado un ciclo. Es un esqueleto de barro en medio del pueblo, un recordatorio mudo de que la prosperidad es frágil y que los recuerdos, por fuertes que sean, terminan sucumbiendo ante la gravedad implacable de la ruina.

Santa Inés sigue resistiendo, pero en esa esquina, el tiempo se ha detenido, pudriéndose junto a la madera vieja, esperando que alguien, algún día, recuerde. Nos recuerde.

 

18 LA BODEGA DE MOROCHO. Cuentos de mis abuelos y de mi pueblo Santa Inés.

 

Carlos Julio Rivas Galindo

04129394648  04160817828

 

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Cuentos de mis abuelos y de mi pueblo Santa Inés.



martes, 17 de febrero de 2026

17 APRENDIENDO MECANOGRAFÌA. Cuentos de mis abuelos y de mi pueblo Santa Inés.

 

17 APRENDIENDO MECANOGRAFÌA.

 

En aquellos años en que el mundo aún olía a tinta y metal, cuando las máquinas de escribir eran criaturas vivas que respiraban bajo nuestras manos, aprender mecanografía era tan fundamental como aprender a leer y escribir. Era una de esas habilidades que definían tu futuro, que abrían puertas en un mundo que aún no conocía los ordenadores. Saber escribir a máquina era como tener una llave maestra, podías ser secretario, mecanógrafo, oficinista, periodista. Era el pasaporte hacia la vida adulta.

 

Pero Dios mío, ¡qué fastidio!

 

Me inscribieron en una academia frente a la plaza Bolívar de Barcelona. La profesora, una mujer flaca, de cabello negro siempre recogido, lentes de Carey negros y vestido largo hasta los tobillos, con su voz que cortaba el aire como cuchilla de afeitar, nos imponía:

 

—¡ASDF ÑLKJ! ¡Con la espalda recta!

 

Y se oía el salón ¡Como si fuéramos pollos comiendo maíz en láminas de zinc!

 

Y así era. El sonido de cincuenta máquinas golpeando al unísono creaba una sinfonía mecánica que resonaba en los pasillos del lugar como un conjuro antiguo. Las teclas negras, la cinta bicolor que teñía nuestras yemas de dedos, el tipex que borraba nuestros errores como si nunca hubieran existido. El de papelito y el de la botellita.

 

En las vacaciones, cuando me refugiaba en la casa de mi abuela en Santa Inés, el suplicio continuaba. Aquella carpeta con sus bloques de práctica era mi condena. Mi abuela, con toda su buena intención, me recordaba cada tarde:

 

¡Julito, recuerda hacer tus ejercicios con la máquina que trajo Lilina!

 

¡Eso es bueno para ti, que aprendas a usar bien una máquina de escribir!

 

¡Es una habilidad que te servirá toda la vida!

 

¡Toda la vida! Esa era la frase que más me aterraba. ¿Toda la vida repitiendo ASDF ÑLKJ? Prefería mil veces ir al monte con Tico, Eligio, Chicho y Alexis a matar pájaros, o lanzarme al río a nadar hasta que los dedos se me arrugaran.

 

Mientras el Catire, obligado, hacia planas en un cuaderno doble línea, más sucio que cuaderno de bodeguero, para ver si se le acomodaba la letra.

 

Yo me instalaba a su lado en la mesa del comedor, frente a la cocina, donde el aroma a café y arepas se mezclaba con el olor a tinta fresca. Mi máquina de escribir portátil era marca Brother 210, color crema, esperaba paciente. Su teclado QWERTY que si tenía la letra "Ñ" era un portal a otros mundos.

 

ASDF ÑLKJ ASDF ÑLKJ ASDF ÑLKJ

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Era como aprender a tocar un instrumento, pero el único son que producíamos era el ruido seco y monótono de teclas golpeando papel. No había melodía, no había ritmo, solo la tortura de la repetición infinita. Mientras algunos aprendían taquigrafía, que al menos tenía cierto misterio, cierta elegancia con sus garabatos rápidos, yo estaba condenado a aquella secuencia absurda que no significaba nada.

 

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Cada golpe de tecla era un suspiro de resignación. Las yemas de mis dedos se volvían negras de la tinta, el tipex me dejaba manchas blancas en los dedos como si tuviera alguna enfermedad extraña, y el sonido metálico de la campanita que anunciaba el final de la línea me hacía saltar del susto cada vez.

 

¡Ding!

 

Y había que mover la palanca con fuerza, como si estuvieras arrancando el alma de la máquina, para volver al comienzo de la siguiente línea.

 

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Lo que más me fastidiaba era la postura. "¡Espalda recta!", gritaba la profesora como si fuéramos soldados en formación. No podías recostarte, no podías apoyar los codos, no podías moverte con naturalidad. Tenías que sentarte como si tuvieras un palo clavado en la columna, con los brazos en ángulo recto y los dedos curvados sobre las teclas como arañas preparadas para atacar.

 

¡ASDF ÑLKJ!

 

¡Con la mano izquierda las primeras, con la derecha las segundas!

 

¿Y si te equivocabas? Tipex. Una capa blanca que cubría tu error como si nunca hubiera existido, pero que siempre dejaba una marca, una cicatriz en el papel que delataba tu imperfección.

 

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Horas. Días. Semanas. Meses. Repitiendo lo mismo. Hasta soñaba con esas letras. Hasta que al cerrar los ojos veía ASDF ÑLKJ flotando en la oscuridad como fantasmas burlones.

 

Pero lo más irónico de todo es que hoy, cuando miro hacia atrás, entiendo por qué era tan importante. En aquellos años setenta y ochenta, saber mecanografía era como saber conducir hoy. Era una habilidad esencial, una herramienta de supervivencia en el mundo laboral. Cada oficina, cada empresa, cada institución necesitaba mecanógrafos, todo profesional fuera Administrador, Contador, Ingeniero, etc., debía saber usar una máquina de escribir.

 

Y ahora... ahora nadie sabe lo que es una máquina de escribir manual.

 

Pocos han sentido el esfuerzo de presionar una tecla hasta el fondo, de escuchar el sonido del martillo golpeando la cinta, de oler esa mezcla de tinta y metal que era el aroma del trabajo serio.

 

Los jóvenes de hoy teclean en pantallas táctiles sin entender el sacrificio que representaba aprender a escribir rápido y sin errores. Para ellos, escribir es instintivo, natural, como respirar. No conocen la disciplina de la mecanografía, la paciencia de la repetición, el orgullo de dominar un arte que requiere años de práctica

 

Una tarde, mientras practicaba con más desgano que nunca, ansioso por terminar y escapar al río, algo dentro de mí se rebeló. Miré aquella máquina Brother 210, color crema, con sus teclas QWERTY y su letra "Ñ" especial, y por primera vez la vi no como un instrumento de tortura, sino como un objeto de poder.

 

Era pesada, sólida, hecha de metal y voluntad. Cada pieza tenía un propósito. Cada sonido tenía un significado. Era una máquina de verdad, no un juguete electrónico que se apagaba con un botón.

 

Y en ese momento de claridad, entendí algo que me acompañaría toda la vida, lo aburrido y fastidioso no era la mecanografía en sí, sino la forma en que nos la enseñaban. Nos obligaban a repetir sin entender, a memorizar sin sentir, a practicar sin disfrutar.

 

ASDF ÑLKJ ASDF ÑLKJ ASDF ÑLKJ

 

Pero detrás de esas letras sin sentido había un mundo de posibilidades. Cada tecla era una puerta. Cada palabra, un viaje. Cada página escrita, una huella en la historia.

 

Hoy, cuando paso frente a una tienda y veo una máquina de escribir en el escaparate, siento una nostalgia que me aprieta el pecho. No es nostalgia por la máquina en sí, sino por aquellos días en que aprender algo nuevo era un esfuerzo consciente, una batalla contra la flojera y el aburrimiento que, al final, te hacía más fuerte.

 

Mis hijos y mis nietos nunca entenderán lo que era escribir ASDF ÑLKJ hasta que los dedos te dolieran. Nunca sabrán lo que es corregir un error con tipex, o cambiar una cinta de colores negra y roja, o escuchar el sonido de la campanita anunciando que habías llegado al final de la línea.

 

Para ellos, todo es instantáneo, fácil, sin esfuerzo.

 

Pero yo sé que detrás de cada habilidad importante hay aburrimiento. Hay repetición. Hay fastidio. Y que solo aquellos que atraviesan ese desierto de tedio llegan a dominar el arte que los define. Disciplina.

 

ASDF ÑLKJ ASDF ÑLKJ ASDF ÑLKJ

 

Y aunque nunca más volví a escribir esa secuencia en mi vida adulta, su eco permanece en mis dedos, en mi memoria, en el orgullo silencioso de haber aprendido algo que, en su momento, era tan importante como aprender a leer y escribir. De hecho use máquinas de escribir hasta mediados de los años 90' y gracias a Dios supe trabajar bien con ellas.

 

Algo que hoy nadie valora.

Pero que yo nunca olvidaré.

 

Hoy, cuando veo a los jóvenes teclear en pantallas táctiles sin entender el poder que manejan, sonrío con nostalgia. Ellos nunca conocerán la magia de sentir el retroceso de una tecla, el aroma a tinta fresca, la satisfacción de una página perfectamente alineada. Es todo.



17 APRENDIENDO MECANOGRAFÌA. Cuentos de mis abuelos y de mi pueblo Santa Inés.


Carlos Julio Rivas Galindo

04129394648  04160817828


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lunes, 16 de febrero de 2026

00 DEDICATORIA. Cuentos de mis abuelos y de mi pueblo Santa Inés.

 DEDICATORIA. Cuentos de mis abuelos y de mi pueblo Santa Inés.

 

A mis abuelos, cuyas manos ásperas supieron acunar no solo mi infancia, sino también las palabras que hoy florecen en las páginas de este blog.

A ti mi abuela Carmen Rafaela Ríos de Galindo, por tu amor, paciencia y sabiduría.

A ti mi abuelo Aníbal Octavio Galindo Silva, que leías el cielo como un libro abierto y me enseñaste que hasta el silencio tiene su propia voz.

A Santa Inés, mi primer universo, a sus calles que guardan huellas de siglos, al Rio, al Calvario, a cada rincón donde lo real y lo fantástico se abrazan sin pedir permiso.

A mis primos y toda la gente hermosa y trabajadora de Santa Inés.

A mi esposa y mis hijos, testigos de mis cuentos y cómplices de mi memoria.

A quienes vendrán después, que estas historias sean semillas, no reliquias porque los pueblos mueren cuando dejan de contarse.

 

Carlos Julio Rivas Galindo

04129394648   04160817828


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00 A MANERA DE PRÓLOGO. Cuentos de mis abuelos y de mi pueblo Santa Inés.

 

PRÓLOGO. Cuentos de mis abuelos y de mi pueblo Santa Inés.

Hay lugares que no figuran en los mapas con la tinta de los geógrafos, sino con la memoria del alma. Santa Inés es uno de ellos. No es solo un punto en el estado Anzoátegui, ni una mancha verde entre el río Aragua y los cerros que guardan secretos desde antes de que llegaran los primeros. Santa Inés es un latido. Es el susurro del viento entre las matas de yaque, el eco de pasos descalzos sobre tierra mojada después de la lluvia, el fulgor de una lámpara de querosén iluminando rostros que tejían historias mientras afuera la noche se poblaba de encantados y de estrellas.

Este libro, humildemente, nace de esa luz tenue. Nace de las noches en la casa de mis abuelos, donde el tiempo se detenía entre el crujir de las mecedoras y el aroma a café recién colado. Allí, en ese santuario de sabiduría sencilla, aprendí que los pueblos pequeños albergan las historias más grandes. Mis abuelos, con sus manos surcadas como el mapa de nuestra tierra, deshilachaban relatos donde lo real y lo fantástico caminaban tomados de la mano, el Chivato, los Encantados de la Toma que protegían el agua, los Guerrilleros que alguna vez cruzaron esas montañas dejando huella no solo en la historia oficial, sino en el alma colectiva de quienes quedamos.

Estos cuentos no son solo recuerdos. Son actos de resistencia. En una época que olvida con prisa, escribir sobre Santa Inés es defender la memoria como territorio sagrado. Es honrar a quienes entendieron que la verdadera riqueza de un pueblo no está en lo que produce, sino en su gente, en sus tradiciones, en sus creencias, en lo que recuerda; no en lo que exporta, sino en lo que se narra alrededor de un fogón.

Algunas de estas historias tienen el sabor del folclore que corre de boca en boca desde generaciones. Otras nacen de hechos que nos marcaron a fuego, a mi familia y a nuestra gente. Todas, sin excepción, están impregnadas del polvo de nuestros caminos, del canto de las guacharacas al amanecer y de esa mezcla única de lo terrenal y lo misterioso que solo se respira aquí, donde el monte parece contar historias si uno las sabe escuchar.

Que estas páginas sean puente. Puente entre quienes nunca pisaron estas tierras y quienes las llevamos tatuadas en el corazón. Puente entre los abuelos que nos dieron raíces y los nietos que merecen conocer de dónde brota su savia. Puente entre lo que fuimos y lo que, contra viento y marea, seguimos siendo. Eso es lo que pretendo.

Porque Santa Inés no está solo en un lugar, está donde quiera que alguien recuerde que los mejores tesoros no se guardan en cofres, sino en el eco de una voz que, una noche cualquiera, a la luz de una vela nos dijo "Vengan acá, mis hijos, que les voy a contar..."

PRÒLOGO. Cuentos de mis abuelos y de mi pueblo Santa Inés.


Carlos Julio Rivas Galindo

04129394648   04160817828


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