17 APRENDIENDO
MECANOGRAFÌA.
En aquellos años en que el mundo aún olía a tinta y metal,
cuando las máquinas de escribir eran criaturas vivas que respiraban bajo
nuestras manos, aprender mecanografía era tan fundamental como aprender a leer
y escribir. Era una de esas habilidades que definían tu futuro, que abrían
puertas en un mundo que aún no conocía los ordenadores. Saber escribir a
máquina era como tener una llave maestra, podías ser secretario, mecanógrafo,
oficinista, periodista. Era el pasaporte hacia la vida adulta.
Pero Dios mío, ¡qué fastidio!
Me inscribieron en una academia frente a la plaza Bolívar
de Barcelona. La profesora, una mujer flaca, de cabello negro siempre recogido,
lentes de Carey negros y vestido largo hasta los tobillos, con su voz que
cortaba el aire como cuchilla de afeitar, nos imponía:
—¡ASDF ÑLKJ! ¡Con la espalda recta!
Y se oía el salón ¡Como si fuéramos pollos comiendo maíz en
láminas de zinc!
Y así era. El sonido de cincuenta máquinas golpeando al
unísono creaba una sinfonía mecánica que resonaba en los pasillos del lugar
como un conjuro antiguo. Las teclas negras, la cinta bicolor que teñía nuestras
yemas de dedos, el tipex que borraba nuestros errores como si nunca hubieran
existido. El de papelito y el de la botellita.
En las vacaciones, cuando me refugiaba en la casa de mi
abuela en Santa Inés, el suplicio continuaba. Aquella carpeta con sus bloques
de práctica era mi condena. Mi abuela, con toda su buena intención, me
recordaba cada tarde:
¡Julito, recuerda hacer tus ejercicios con la máquina que
trajo Lilina!
¡Eso es bueno para ti, que aprendas a usar bien una máquina
de escribir!
¡Es una habilidad que te servirá toda la vida!
¡Toda la vida! Esa era la frase que más me aterraba. ¿Toda
la vida repitiendo ASDF ÑLKJ? Prefería mil veces ir al monte con Tico, Eligio, Chicho
y Alexis a matar pájaros, o lanzarme al río a nadar hasta que los dedos se me
arrugaran.
Mientras el Catire, obligado, hacia planas en un cuaderno
doble línea, más sucio que cuaderno de bodeguero, para ver si se le acomodaba
la letra.
Yo me instalaba a su lado en la mesa del comedor, frente a
la cocina, donde el aroma a café y arepas se mezclaba con el olor a tinta
fresca. Mi máquina de escribir portátil era marca Brother 210, color crema,
esperaba paciente. Su teclado QWERTY que si tenía la letra "Ñ" era un
portal a otros mundos.
ASDF ÑLKJ ASDF ÑLKJ ASDF ÑLKJ
ASDF ÑLKJ ASDF ÑLKJ ASDF ÑLKJ
Era como aprender a tocar un instrumento, pero el único son
que producíamos era el ruido seco y monótono de teclas golpeando papel. No
había melodía, no había ritmo, solo la tortura de la repetición infinita.
Mientras algunos aprendían taquigrafía, que al menos tenía cierto misterio,
cierta elegancia con sus garabatos rápidos, yo estaba condenado a aquella
secuencia absurda que no significaba nada.
ASDF ÑLKJ ASDF ÑLKJ ASDF ÑLKJ
ASDF ÑLKJ ASDF ÑLKJ ASDF ÑLKJ
Cada golpe de tecla era un suspiro de resignación. Las
yemas de mis dedos se volvían negras de la tinta, el tipex me dejaba manchas
blancas en los dedos como si tuviera alguna enfermedad extraña, y el sonido
metálico de la campanita que anunciaba el final de la línea me hacía saltar del
susto cada vez.
¡Ding!
Y había que mover la palanca con fuerza, como si estuvieras
arrancando el alma de la máquina, para volver al comienzo de la siguiente línea.
ASDF ÑLKJ ASDF ÑLKJ ASDF ÑLKJ
Lo que más me fastidiaba era la postura. "¡Espalda
recta!", gritaba la profesora como si fuéramos soldados en formación. No
podías recostarte, no podías apoyar los codos, no podías moverte con
naturalidad. Tenías que sentarte como si tuvieras un palo clavado en la
columna, con los brazos en ángulo recto y los dedos curvados sobre las teclas
como arañas preparadas para atacar.
¡ASDF ÑLKJ!
¡Con la mano izquierda las primeras, con la derecha las
segundas!
¿Y si te equivocabas? Tipex. Una capa blanca que cubría tu
error como si nunca hubiera existido, pero que siempre dejaba una marca, una
cicatriz en el papel que delataba tu imperfección.
ASDF ÑLKJ ASDF ÑLKJ ASDF ÑLKJ
Horas. Días. Semanas. Meses. Repitiendo lo mismo. Hasta
soñaba con esas letras. Hasta que al cerrar los ojos veía ASDF ÑLKJ flotando en
la oscuridad como fantasmas burlones.
Pero lo más irónico de todo es que hoy, cuando miro hacia
atrás, entiendo por qué era tan importante. En aquellos años setenta y ochenta,
saber mecanografía era como saber conducir hoy. Era una habilidad esencial, una
herramienta de supervivencia en el mundo laboral. Cada oficina, cada empresa,
cada institución necesitaba mecanógrafos, todo profesional fuera Administrador,
Contador, Ingeniero, etc., debía saber usar una máquina de escribir.
Y ahora... ahora nadie sabe lo que es una máquina de
escribir manual.
Pocos han sentido el esfuerzo de presionar una tecla hasta
el fondo, de escuchar el sonido del martillo golpeando la cinta, de oler esa
mezcla de tinta y metal que era el aroma del trabajo serio.
Los jóvenes de hoy teclean en pantallas táctiles sin
entender el sacrificio que representaba aprender a escribir rápido y sin
errores. Para ellos, escribir es instintivo, natural, como respirar. No conocen
la disciplina de la mecanografía, la paciencia de la repetición, el orgullo de
dominar un arte que requiere años de práctica
Una tarde, mientras practicaba con más desgano que nunca, ansioso
por terminar y escapar al río, algo dentro de mí se rebeló. Miré aquella
máquina Brother 210, color crema, con sus teclas QWERTY y su letra "Ñ"
especial, y por primera vez la vi no como un instrumento de tortura, sino como
un objeto de poder.
Era pesada, sólida, hecha de metal y voluntad. Cada pieza
tenía un propósito. Cada sonido tenía un significado. Era una máquina de
verdad, no un juguete electrónico que se apagaba con un botón.
Y en ese momento de claridad, entendí algo que me
acompañaría toda la vida, lo aburrido y fastidioso no era la mecanografía en
sí, sino la forma en que nos la enseñaban. Nos obligaban a repetir sin
entender, a memorizar sin sentir, a practicar sin disfrutar.
ASDF ÑLKJ ASDF ÑLKJ ASDF ÑLKJ
Pero detrás de esas letras sin sentido había un mundo de
posibilidades. Cada tecla era una puerta. Cada palabra, un viaje. Cada página
escrita, una huella en la historia.
Hoy, cuando paso frente a una tienda y veo una máquina de
escribir en el escaparate, siento una nostalgia que me aprieta el pecho. No es
nostalgia por la máquina en sí, sino por aquellos días en que aprender algo
nuevo era un esfuerzo consciente, una batalla contra la flojera y el
aburrimiento que, al final, te hacía más fuerte.
Mis hijos y mis nietos nunca entenderán lo que era escribir
ASDF ÑLKJ hasta que los dedos te dolieran. Nunca sabrán lo que es corregir un
error con tipex, o cambiar una cinta de colores negra y roja, o escuchar el
sonido de la campanita anunciando que habías llegado al final de la línea.
Para ellos, todo es instantáneo, fácil, sin esfuerzo.
Pero yo sé que detrás de cada habilidad importante hay
aburrimiento. Hay repetición. Hay fastidio. Y que solo aquellos que atraviesan
ese desierto de tedio llegan a dominar el arte que los define. Disciplina.
ASDF ÑLKJ ASDF ÑLKJ ASDF ÑLKJ
Y aunque nunca más volví a escribir esa secuencia en mi
vida adulta, su eco permanece en mis dedos, en mi memoria, en el orgullo
silencioso de haber aprendido algo que, en su momento, era tan importante como
aprender a leer y escribir. De hecho use máquinas de escribir hasta mediados de
los años 90' y gracias a Dios supe trabajar bien con ellas.
Algo que hoy nadie valora.
Pero que yo nunca olvidaré.
Hoy, cuando veo a los jóvenes teclear en pantallas táctiles
sin entender el poder que manejan, sonrío con nostalgia. Ellos nunca conocerán
la magia de sentir el retroceso de una tecla, el aroma a tinta fresca, la
satisfacción de una página perfectamente alineada. Es todo.
17 APRENDIENDO
MECANOGRAFÌA. Cuentos de mis abuelos y de mi pueblo
Santa Inés.
Carlos Julio Rivas Galindo
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