lunes, 2 de marzo de 2026

19 LA BODEGA DE ALBERTICO. BODEGA "EL GUINDAITO". Cuentos de mis abuelos y de mi pueblo Santa Inés.

 19 LA BODEGA DE ALBERTICO. BODEGA "EL GUINDAITO". Cuentos de mis abuelos y de mi pueblo Santa Inés.

 

En la misma calle "Fray Nicolás de Odena" en Santa Inés, diagonal y casi al frente del club "Camaguan" también existía una bodega famosa, que no era solo tienda, sino refugio de elegancias perdidas y aromas viajeros, era "El Guindaito", el negocio de Albertico Walther. No era como las demás, ni tan hosca como la del Morocho, ni tan anclada en lo rústico; esta era limpia y ordenada, como si hubiera nacido en una gran ciudad y se hubiera enamorado de este hermoso pueblo campesino.

Albertico heredó de su papá Alberto Walther la bodega y una finca que luego le vendió a un español, ubicada detrás de la capilla de Lourdes, que está en la calle Bolívar.

 

La bodega la llamaban ,"El Guindaito", porque además de refrescos, cervecitas, malta, chicha Polly (que venía en lata), víveres, casabe, queso que cortaba con un nylon, leche detallada en papeletas, casabe, Modess, sardina y salmón en lata, pastillas Conmel, Bral, Aspirinas, el Alkaseltzer, mucha mercancía era exhibida guindando del techo, ahí colgaban pares de zapatos como frutos extraños, alpargatas tejidas a mano, cholas de suela gruesa para caminar senderos de espinas, cholas de baño, zapatillas Tutifrutti, y botines lustrosos. La ropa también tenía su lugar, camisas de manga corta, pantalones de dril, cholas, zapatos, tobos, cavas de anime, poncheras, escobas, palas, machetes tres canales, hasta sombreros de paja, gorras y demás, que Albertico colocaba con precisión de modisto. Todo estaba ordenado, todo brillaba, incluso el aire parecía haberse lavado antes de entrar, como si cada compra fuera un acto bendecido por la costumbre.

 

Pero el verdadero hechizo comenzaba con el pan "Empolvados", que eran unos panes dulces redondos que untaba con margarina y bañaba de azúcar, que eran deliciosos y muy solicitados. Eran los golfeados "Empolvados" de Albertico.

 

Yo estaba autorizado a pedir por las tardes, solamente, una chicha Polly o una malta Caracas y un Empolvado. Y se lo anotaban en el cuaderno de los fiaos a la cuenta de mi abuelo Aníbal Galindo.

 

Albertico era un hombre de presencia. Siempre bien arreglado, con guayaberas almidonadas que crujían al moverse, cuello erguido. Su voz, ronca y melosa, llevaba ecos de Caracas, de Valencia, de puertos y plazas donde se habla rápido y se vive más fuerte. Y aunque había echado raíces en Santa Inés, su acento nunca se doblegó del todo, seguía siendo forastero en lo sonoro, nativo en lo afectuoso.

A veces lo ayudaba su hermana Rosa Melina Walther (Tota). Pero, su dependiente en el negocio era su hijo Rubén, era el suplente, el encargado, el de confianza.

Muy poco se veía a Humberto, Jesús, Eligió a Tico, o alguna de las muchachas, sus hijas, manejando la bodega.

 

A Albertico, venían a visitarlo de todas partes, de El Tigre, Cantaura, Anaco, Barcelona, Valencia, Caracas, familiares y clientes. Todos cargaban su Casabe, el Queso fresco que él con un nylon cortaba con exactitud quirúrgica un kilo, medio kilo, ni un gramo de más ni un gramo de menos.

 

En los días de Semana Santa, Carnaval o Navidad, lo visitaban mis tíos Manuel Hernández, Alfirio, Régulo, Galindo, Firo, Gabriel Osorio y otros, primos y parientes que en temporada de vacaciones viajaban a Santa Inés como quien regresa a un sueño compartido. Se sentaban bajo el fresco de las matas, en sillas de plástico alineadas como soldados jubilados, reían con historias que ya todos conocían, pero que cada vez sonaban distintas, porque el tiempo les ponía nuevos matices. Albertico se sentaba en su mecedora de mimbre, con un vaso alto en la mano, whisky Buchanan’s, Old Parr o Johnnie Walker etiqueta negra, con agua de coco o soda.

 

Decía con su voz ronca, así el alcohol no quema el alma, sino que la riega ¡

 

En los días de fiesta la bodega se volvía salón de memorias. Las paredes escuchaban, los zapatos colgados se balanceaban suaves como péndulos, y hasta el queso parecía sonreír bajo su nylon.

 

Albertico, entre sorbo y sorbo, asentía en silencio, como si supiera que aquellos momentos eran monedas que el futuro canjearía por nostalgia.

 

Hoy, donde antes había tertulia y domino, solo queda el silencio de lo que se fue.

 

El viento barre la esquina, la gente pasa rápido, pero los que sabemos, los que vivimos aquello, cerramos los ojos y todavía escuchamos el tintineo de las monedas, el saludo en la entrada, la promesa de que "mañana se paga", y la certeza de que no estábamos solos.

 

Las bodegas mueren, los edificios cambian, los dueños se van, los nombres se borran. Pero hay lugares que no son de ladrillo, sino de afecto.

 

Ya ni la casa donde funcionaba la bodega existe, pero dicen que aún hoy, si uno pasa por allí al anochecer, puede oler el golfeado "empolvado" recién untado y ver, fugazmente, la sombra de una guayabera blanca moviéndose tras el mostrador.

La Bodega de Albertico, no existe en el pueblo, pero existe en el pecho, porque mientras haya quien la recuerde,

mientras haya quien nombre al "Guindaito" con cariño, la luz y el recuerdo de esa bodega nunca se apagará del todo.

 

Los lugares como "El Guindaito" son los museos invisibles de nuestra vida. No tienen placas en la pared, pero guardan la historia real de la gente.

LA BODEGA DE ALBERTICO. Cuentos de mis abuelos y de mi pueblo Santa Inés.

 

Carlos Julio Rivas Galindo

04129394648  04160817828

 

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Cuentos de mis abuelos y de mi pueblo Santa Inés.



 

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