19 LA BODEGA DE ALBERTICO. BODEGA "EL GUINDAITO". Cuentos de mis abuelos y de mi pueblo Santa Inés.
En la misma calle "Fray Nicolás de Odena" en
Santa Inés, diagonal y casi al frente del club "Camaguan" también
existía una bodega famosa, que no era solo tienda, sino refugio de elegancias
perdidas y aromas viajeros, era "El Guindaito", el negocio de
Albertico Walther. No era como las demás, ni tan hosca como la del Morocho, ni
tan anclada en lo rústico; esta era limpia y ordenada, como si hubiera nacido
en una gran ciudad y se hubiera enamorado de este hermoso pueblo campesino.
Albertico heredó de su papá Alberto Walther la bodega y una
finca que luego le vendió a un español, ubicada detrás de la capilla de
Lourdes, que está en la calle Bolívar.
La bodega la llamaban ,"El Guindaito", porque
además de refrescos, cervecitas, malta, chicha Polly (que venía en lata),
víveres, casabe, queso que cortaba con un nylon, leche detallada en papeletas,
casabe, Modess, sardina y salmón en lata, pastillas Conmel, Bral, Aspirinas, el
Alkaseltzer, mucha mercancía era exhibida guindando del techo, ahí colgaban
pares de zapatos como frutos extraños, alpargatas tejidas a mano, cholas de
suela gruesa para caminar senderos de espinas, cholas de baño, zapatillas
Tutifrutti, y botines lustrosos. La ropa también tenía su lugar, camisas de
manga corta, pantalones de dril, cholas, zapatos, tobos, cavas de anime,
poncheras, escobas, palas, machetes tres canales, hasta sombreros de paja,
gorras y demás, que Albertico colocaba con precisión de modisto. Todo estaba
ordenado, todo brillaba, incluso el aire parecía haberse lavado antes de
entrar, como si cada compra fuera un acto bendecido por la costumbre.
Pero el verdadero hechizo comenzaba con el pan
"Empolvados", que eran unos panes dulces redondos que untaba con
margarina y bañaba de azúcar, que eran deliciosos y muy solicitados. Eran los golfeados
"Empolvados" de Albertico.
Yo estaba autorizado a pedir por las tardes, solamente, una
chicha Polly o una malta Caracas y un Empolvado. Y se lo anotaban en el
cuaderno de los fiaos a la cuenta de mi abuelo Aníbal Galindo.
Albertico era un hombre de presencia. Siempre bien
arreglado, con guayaberas almidonadas que crujían al moverse, cuello erguido.
Su voz, ronca y melosa, llevaba ecos de Caracas, de Valencia, de puertos y
plazas donde se habla rápido y se vive más fuerte. Y aunque había echado raíces
en Santa Inés, su acento nunca se doblegó del todo, seguía siendo forastero en
lo sonoro, nativo en lo afectuoso.
A veces lo ayudaba su hermana Rosa Melina Walther (Tota).
Pero, su dependiente en el negocio era su hijo Rubén, era el suplente, el
encargado, el de confianza.
Muy poco se veía a Humberto, Jesús, Eligió a Tico, o alguna
de las muchachas, sus hijas, manejando la bodega.
A Albertico, venían a visitarlo de todas partes, de El
Tigre, Cantaura, Anaco, Barcelona, Valencia, Caracas, familiares y clientes.
Todos cargaban su Casabe, el Queso fresco que él con un nylon cortaba con
exactitud quirúrgica un kilo, medio kilo, ni un gramo de más ni un gramo de
menos.
En los días de Semana Santa, Carnaval o Navidad, lo
visitaban mis tíos Manuel Hernández, Alfirio, Régulo, Galindo, Firo, Gabriel
Osorio y otros, primos y parientes que en temporada de vacaciones viajaban a
Santa Inés como quien regresa a un sueño compartido. Se sentaban bajo el fresco
de las matas, en sillas de plástico alineadas como soldados jubilados, reían
con historias que ya todos conocían, pero que cada vez sonaban distintas,
porque el tiempo les ponía nuevos matices. Albertico se sentaba en su mecedora
de mimbre, con un vaso alto en la mano, whisky Buchanan’s, Old Parr o Johnnie
Walker etiqueta negra, con agua de coco o soda.
Decía con su voz ronca, así el alcohol no quema el alma,
sino que la riega ¡
En los días de fiesta la bodega se volvía salón de
memorias. Las paredes escuchaban, los zapatos colgados se balanceaban suaves
como péndulos, y hasta el queso parecía sonreír bajo su nylon.
Albertico, entre sorbo y sorbo, asentía en silencio, como
si supiera que aquellos momentos eran monedas que el futuro canjearía por nostalgia.
Hoy, donde antes había tertulia y domino, solo queda el
silencio de lo que se fue.
El viento barre la esquina, la gente pasa rápido, pero los
que sabemos, los que vivimos aquello, cerramos los ojos y todavía escuchamos el
tintineo de las monedas, el saludo en la entrada, la promesa de que
"mañana se paga", y la certeza de que no estábamos solos.
Las bodegas mueren, los edificios cambian, los dueños se
van, los nombres se borran. Pero hay lugares que no son de ladrillo, sino de
afecto.
Ya ni la casa donde funcionaba la bodega existe, pero dicen
que aún hoy, si uno pasa por allí al anochecer, puede oler el golfeado
"empolvado" recién untado y ver, fugazmente, la sombra de una
guayabera blanca moviéndose tras el mostrador.
La Bodega de Albertico, no existe en el pueblo, pero existe
en el pecho, porque mientras haya quien la recuerde,
mientras haya quien nombre al "Guindaito" con
cariño, la luz y el recuerdo de esa bodega nunca se apagará del todo.
Los lugares como "El Guindaito" son los museos
invisibles de nuestra vida. No tienen placas en la pared, pero guardan la
historia real de la gente.
LA BODEGA DE ALBERTICO. Cuentos de mis abuelos y de mi
pueblo Santa Inés.
Carlos Julio Rivas Galindo
04129394648
04160817828
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Cuentos de mis abuelos y de mi pueblo Santa Inés.
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