EL CUENTO DEL BURRO DEL
POLACO.
Cuentan los viejos, más viejos que yo, porque esto
lo oí cuando era muchacho, que en Santa Inés por la calle del cementerio, vivía
una señora que llamaban la Ñera y que era bruja, curandera de las que
saben, ayudo y sanó a mucha gente, pero y que según de noche se volvía
pájaro y volaba por el pueblo.
La cosa es que de verdad en las noches uno veía por lo menos en el patio de la
casa de mi abuela Rafaela, pájaros raros en las matas de mamón, y una vez
Chabela dijo que vio una Garza, en la mata de ponsigué de casa de Marina, allá
por el Dispensario.
¡Una garza, muchacha loca, quien te dijo que por aquí hay garzas ¡
La Ñera era una mujer mayor de cabellos de plata,
vivía por los lados del cementerio, sola, en un ranchito de bahareque, atendía
a la gente en una salita fresca que tenía bien acomodadita y todo limpio, pero
misteriosa. Atrás se veía un cuarto, no era el dormitorio era su cuarto
misterioso, el cuarto alquímico, ahí había un armario con frascos y pócimas,
ramas de ruda, pasote y cariaquito que colgaban del techo y tenía un armario
con frascos que contenían el alma de la sabana.
Pero, resulta que había un señor Polaco, porque
según él venía de Polonia, era empleado o encargado de una finca del pueblo, no
se cual, vivía cerca del Paso Real, por el bañadero del rio La Cochina, allí él
tenía un conuquito, con una casita de piedra y vivía con dos perros enormes y
bravos como Cancerberos, pero era extraño un señor como él en estas tierras,
vivía solo, siempre vestía chaqueta de flux, olía a europeo, tenía muchos pelos
en las orejas, abundante barba y bigote rojizo, tupido y amarillo, porque
fumaba mucho.
Mi abuela de vez en cuando le brindaba café. El visitaba
la bodega de Morocho, le gustaba la Pepsi bien fría y era muy afable. Hablaba
con muy poco acento. Se presentaba como Francisco, pero para todo el
mundo era EL Polaco.
Yo
conversaba bastante con él porque para entonces yo estudiaba en la Escuela
Agropecuaria y él me contó que también había estudiado en una escuela granja
igual a esa, en su pais Polonia, y que había estado en la segunda guerra
mundial, yo creo que del lado nazi, pero bueno, según él era de nacionalidad
polaca.
Hablando de estudiar y de no ser un burro, este señor polaco, me contó algo terrible que le ocurrió. Yo creo que era mentira pero ahí les va.
Hacía años, recién llegado él a Santa Inés, había
conocido a la Ñera, porque se había tratado una erisipela con ella. A él le
llamaba la atención estás artes y tenía mucha fe, admiración y curiosidad
por estás personas.
¡En los pueblos de Polonia, también hay mujeres
que curan y hacen toda clase de hechizos¡, decía.
Un día mientras limpiaba un patio vecino, movido
por la curiosidad y oculto tras un muro de adobe, la observó mezclar hierbas,
ceniza de palo santo, y algo que parecía polvo de hueso, luego, la oyó murmurar
palabras en una lengua que no entendió y vertió el brebaje en una tapara hueca.
Seguidamente con sorpresa, miedo, asombro, y sin querer observó a la Ñera,
desnudarse por completo, era una mujer de edad avanzada nada atractiva, la vio
tomar la tapara y untarse el aceite que contenía y ella se volvió pájaro ante
sus ojos, un gavilán.
Él impactado y quieto como una piedra observó este
fenómeno. Y ahí se quedó hasta que como a las dos horas regreso el animal y
entrando al rancho por la única ventana se volvió mujer de nuevo, ahí la vio
desnuda arrodillada en el suelo.
¡En Polonia también se conoce de estas artes y las brujas vuelan como aves
durante las frías noches de invierno¡
¡Yo quiero hacer eso¡, se dijo.
¡Yo
también quiero volar como un halcón o como un águila!
Esperó al día siguiente, que la mujer saliera al monte y la vio caminar hacia
el cementerio, aprovechó y entró en el rancho movido por ese deseo insensato de
ver el mundo desde las alturas como un pájaro, encontró la tapara esa, con el
ungüento aceitoso, con un brillo verdoso como el lomo de una serpiente. Olía
bien, me dijo.
Se lo untó en la cara, el pecho y los brazos, recitando el padre nuestro por si
acaso.
Esperando sentir el brote de las plumas. Pero la
magia es caprichosa y se adapta al suelo que pisa. El primer síntoma fue un
picor insoportable en las orejas, que empezaron a crecer hacia el techo como
hojas de tabaco.
¡Por eso aún tengo las orejas y todo el cuerpo
lleno de pelos¡, ja, ja, ja, se reía.
Su rostro se le alargó, su piel se le cubrió de un
pelaje gris y áspero, y sus manos, que alguna vez sostuvieron los cigarrillos
que mucho fumaba, se endurecieron hasta convertirse en cascos negros.
No hubo vuelo. El Polaco, el refinado europeo, se
encontró convertido en un gran burro de carga, rebuznando de espanto frente a
un espejo manchado que colgaba sobre una pared en el rancho.
Lo que siguió para el Polaco, fue una odisea que
ni el mismo habría imaginado.
Se
había convertido en burro y no uno cualquiera, sino un asno de grandes ojos
tristes y orejas que capturaban hasta el susurro del viento. Y lo peor era que
nadie lo reconoció. Una señora al verlo en el patio al amanecer, lo tomó
por un animal perdido y lo ató a un poste junto a un corral.
“Pobrecito dijo, debe haberse escapado de alguna
finca.”
Le
dio agua, le echó unas pencas de tuna y lo dejó allí, ajena a que ese burro era
aquel señor que ella conocía.
El pobre hombre o pobre burro, durante semanas,
cargó sacos de yuca, arrastró carretas de leña, y fue testigo mudo de las
miserias y alegrías del pueblo. Vio a los niños jugar en La Toma sin temor a
las Tripas del Mondongo, incluso presenció cómo un hombre ebrio juraba
haber visto a Los Encantados bañándose en El Puente, solo para que su mujer no
lo regañara por llegar tarde.
Fue robado por unos cuatreros que pasaban por el
camino a San Nicolás y lo cargaron con bultos de lo robado, tan pesados que
hacían crujir su pobre columna de asno.
En su mente, seguía siendo el Polaco,
recordaba y conocía todos, pero de su boca solo salía un lamento ronco que los
hombres respondían con latigazos.
¡Hiaaa,
hiaaa, hiaaa, hiaaa, brrrrrrr! Yo rebuznaba para protestar.
Se escapaba de donde lo tenían, porque era burro por fuera, pero conservaba su
inteligencia y no quería estar así. Buscaba a la Ñera, era la única que podía
curarlo.
El cura de la iglesia, también lo cuido y en unas
fiestas patronales de Santa Inés, fue obligado a cargar y pasear a los
niños por 0.25 bolívares.
¡Un
mediecito cobraba el Padre, y el Monaguillo me hacía darle vueltas a la plaza,
paseando de a dos carajitos.!
En unos corrales de ordeño, que atendía mi tío
Juan Antonio Ríos, aprendió la paciencia infinita de las bestias bajo el
sol y el aguacero.
Pero, cuenta que lo que más le atormentaba
era su impotencia. No podía hablar, no podía escribir, no podía revelar quién
era. Solo podía observar, sufrir y recordar. Y en medio de ese sufrimiento,
comprendió algo que jamás había entendido siendo humano.
Cuando se soltaba corría al patio de la Ñera, y relinchaba, pero la vieja salía con una perola de agua y lo espantaba.
¡Hiaaa, hiaaa, hiaaa, hiaaa, brrrrrrr! Yo rebuznaba para llamar la atención.
¡Hiaaa, hiaaa, hiaaa, hiaaa, brrrrrrr! (Soy yo el Polaco).
¡Qué le pasa a ese burro¡ decía. ¡Van a
tener que caparlo, para que se amanse¡
Por fin, una noche de luna en cuarto menguante, hora propicia para los
desencantos, la Ñera lo buscó.
¡Aprende Polaco. La curiosidad te traicionó, pero
también te redimirá¡
Le
ofreció una hoja de ruda mojada en rocío y le ordenó comérsela. Al instante, el
pelaje se deshizo como niebla, los huesos volvieron a su lugar, y el Polaco,
desnudo y tembloroso, cayó de rodillas en el barro.
¡Me volví gente otra vez¡
Aprendí
que "ser curioso es bueno, pero actuar con imprudencia o sin pensar en las
consecuencias puede traernos problemas".
La gente del pueblo notó su ausencia y se preguntaba donde había ido el Polaco.
Lo que nunca supieron y algo que nunca él olvidaría era que en las noches de
luna llena, salía al patio y miraba sus manos, recordando junto con la lección
aprendida, el tacto de la tierra bajo sus cascos, el sabor del pasto y la experiencia
en carne propia del maltrato, el hambre y el trabajo pesado y entender el
sufrimiento de los seres que no tienen voz.
Tiempo después el gobierno Polaco lo mandó a buscar a Santa Inés, vendió lo que tenía, se despidió de sus conocidos y se fue. Es todo.
EL CUENTO DEL BURRO DEL POLACO. Cuentos de mis
abuelos y de mi pueblo Santa Inés.
Carlos Julio Rivas Galindo
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