viernes, 30 de enero de 2026

16 EL CUENTO DEL BURRO DEL POLACO. Cuentos de mis abuelos y de mi pueblo Santa Inés.

 

EL CUENTO DEL BURRO DEL POLACO.


Cuentan los viejos, más viejos que yo, porque esto lo oí cuando era muchacho, que en Santa Inés por la calle del cementerio, vivía una señora que llamaban la Ñera y que era bruja, curandera de las que saben, ayudo y sanó a mucha gente, pero y que según de noche se volvía pájaro y volaba por el pueblo.


La cosa es que de verdad en las noches uno veía por lo menos en el patio de la casa de mi abuela Rafaela, pájaros raros en las matas de mamón, y una vez Chabela dijo que vio una Garza, en la mata de ponsigué de casa de Marina, allá por el Dispensario.


¡Una garza, muchacha loca, quien te dijo que por aquí hay garzas ¡

La Ñera era una mujer mayor de cabellos de plata, vivía por los lados del cementerio, sola, en un ranchito de bahareque, atendía a la gente en una salita fresca que tenía bien acomodadita y todo limpio, pero misteriosa. Atrás se veía un cuarto, no era el dormitorio era su cuarto misterioso, el cuarto alquímico, ahí había un armario con frascos y pócimas, ramas de ruda, pasote y cariaquito que colgaban del techo y tenía un armario con frascos que contenían el alma de la sabana.

Pero, resulta que había un señor Polaco, porque según él venía de Polonia, era empleado o encargado de una finca del pueblo, no se cual, vivía cerca del Paso Real, por el bañadero del rio La Cochina, allí él tenía un conuquito, con una casita de piedra y vivía con dos perros enormes y bravos como Cancerberos, pero era extraño un señor como él en estas tierras, vivía solo, siempre vestía chaqueta de flux, olía a europeo, tenía muchos pelos en las orejas, abundante barba y bigote rojizo, tupido y amarillo, porque fumaba mucho.

 
Mi abuela de vez en cuando le brindaba café. El visitaba la bodega de Morocho, le gustaba la Pepsi bien fría y era muy afable. Hablaba con muy poco acento. Se presentaba como Francisco, pero para todo el mundo era EL Polaco.

 

Yo conversaba bastante con él porque para entonces yo estudiaba en la Escuela Agropecuaria y él me contó que también había estudiado en una escuela granja igual a esa, en su pais Polonia, y que había estado en la segunda guerra mundial, yo creo que del lado nazi, pero bueno, según él era de nacionalidad polaca.

Hablando de estudiar y de no ser un burro, este señor polaco, me contó algo terrible que le ocurrió. Yo creo que era mentira pero ahí les va.


Hacía años, recién llegado él a Santa Inés, había conocido a la Ñera, porque se había tratado una erisipela con ella. A él le llamaba la atención estás artes y tenía mucha fe,  admiración y curiosidad por estás personas.


¡En los pueblos de Polonia, también hay mujeres que curan y hacen toda clase de hechizos¡, decía.


Un día mientras limpiaba un patio vecino, movido por la curiosidad y oculto tras un muro de adobe, la observó mezclar hierbas, ceniza de palo santo, y algo que parecía polvo de hueso, luego, la oyó murmurar palabras en una lengua que no entendió y vertió el brebaje en una tapara hueca. Seguidamente con sorpresa, miedo, asombro, y sin querer observó a la Ñera, desnudarse por completo, era una mujer de edad avanzada nada atractiva, la vio tomar la tapara y untarse el aceite que contenía y ella se volvió pájaro ante sus ojos, un gavilán.

Él impactado y quieto como una piedra observó este fenómeno. Y ahí se quedó hasta que como a las dos horas regreso el animal y entrando al rancho por la única ventana se volvió mujer de nuevo, ahí la vio desnuda arrodillada en el suelo.


¡En Polonia también se conoce de estas artes y las brujas vuelan como aves durante las frías noches de invierno¡


¡Yo quiero hacer eso¡, se dijo.

¡Yo también quiero volar como un halcón o como un águila!


Esperó al día siguiente, que la mujer saliera al monte y la vio caminar hacia el cementerio, aprovechó y entró en el rancho movido por ese deseo insensato de ver el mundo desde las alturas como un pájaro, encontró la tapara esa, con el ungüento aceitoso, con un brillo verdoso como el lomo de una serpiente. Olía bien, me dijo.


Se lo untó en la cara, el pecho y los brazos, recitando el padre nuestro por si acaso.


Esperando sentir el brote de las plumas. Pero la magia es caprichosa y se adapta al suelo que pisa. El primer síntoma fue un picor insoportable en las orejas, que empezaron a crecer hacia el techo como hojas de tabaco.


¡Por eso aún tengo las orejas y todo el cuerpo lleno de pelos¡, ja, ja, ja, se reía.


Su rostro se le alargó, su piel se le cubrió de un pelaje gris y áspero, y sus manos, que alguna vez sostuvieron los cigarrillos que mucho fumaba, se endurecieron hasta convertirse en cascos negros.


No hubo vuelo. El Polaco, el refinado europeo, se encontró convertido en un gran burro de carga, rebuznando de espanto frente a un espejo manchado que colgaba sobre una pared en el rancho.


Lo que siguió para el Polaco, fue una odisea que ni el mismo habría imaginado.

Se había convertido en burro y no uno cualquiera, sino un asno de grandes ojos tristes y orejas que capturaban hasta el susurro del viento. Y lo peor era que nadie lo reconoció. Una señora  al verlo en el patio al amanecer, lo tomó por un animal perdido y lo ató a un poste junto a un corral.


“Pobrecito dijo, debe haberse escapado de alguna finca.”

 

Le dio agua, le echó unas pencas de tuna y lo dejó allí, ajena a que ese burro era aquel señor que ella conocía.


El pobre hombre o pobre burro, durante semanas, cargó sacos de yuca, arrastró carretas de leña, y fue testigo mudo de las miserias y alegrías del pueblo. Vio a los niños jugar en La Toma sin temor a las Tripas del Mondongo,  incluso presenció cómo un hombre ebrio juraba haber visto a Los Encantados bañándose en El Puente, solo para que su mujer no lo regañara por llegar tarde.


Fue robado por unos cuatreros que pasaban por el camino a San Nicolás y lo cargaron con bultos de lo robado, tan pesados que hacían crujir su pobre columna de asno.


En su mente, seguía siendo el Polaco,  recordaba y conocía todos, pero de su boca solo salía un lamento ronco que los hombres respondían con latigazos.

 

¡Hiaaa, hiaaa, hiaaa, hiaaa, brrrrrrr! Yo rebuznaba para protestar.


Se escapaba de donde lo tenían, porque era burro por fuera, pero conservaba su inteligencia y no quería estar así. Buscaba a la Ñera, era la única que podía curarlo.


El cura de la iglesia, también lo cuido y en unas fiestas patronales de Santa Inés,  fue obligado a cargar y pasear a los niños por 0.25 bolívares.

¡Un mediecito cobraba el Padre, y el Monaguillo me hacía darle vueltas a la plaza, paseando de a dos carajitos.!


En unos corrales de ordeño, que atendía mi tío Juan Antonio Ríos,  aprendió la paciencia infinita de las bestias bajo el sol y el aguacero.


Pero,  cuenta que lo que más le atormentaba era su impotencia. No podía hablar, no podía escribir, no podía revelar quién era. Solo podía observar, sufrir y recordar. Y en medio de ese sufrimiento, comprendió algo que jamás había entendido siendo humano.

Cuando se soltaba corría al patio de la Ñera, y relinchaba, pero la vieja salía con una perola de agua y lo espantaba.


¡Hiaaa, hiaaa, hiaaa, hiaaa, brrrrrrr!  Yo rebuznaba para llamar la atención.


¡Hiaaa, hiaaa, hiaaa, hiaaa, brrrrrrr! (Soy yo el Polaco).


¡Qué le pasa a ese burro¡ decía. ¡Van a tener que caparlo, para que se amanse¡


Por fin, una noche de luna en cuarto menguante, hora propicia para los desencantos, la Ñera lo buscó.

 Se acercó al asno, le acarició la frente y dijo:

¡Aprende Polaco. La curiosidad te traicionó, pero también te redimirá¡

Le ofreció una hoja de ruda mojada en rocío y le ordenó comérsela. Al instante, el pelaje se deshizo como niebla, los huesos volvieron a su lugar, y el Polaco, desnudo y tembloroso, cayó de rodillas en el barro.


¡Me volví gente otra vez¡

 

Aprendí que "ser curioso es bueno, pero actuar con imprudencia o sin pensar en las consecuencias puede traernos problemas".


La gente del pueblo notó su ausencia y se preguntaba donde había ido el Polaco. Lo que nunca supieron y algo que nunca él olvidaría era que en las noches de luna llena, salía al patio y miraba sus manos, recordando junto con la lección aprendida, el tacto de la tierra bajo sus cascos, el sabor del pasto y la experiencia en carne propia del maltrato, el hambre y el trabajo pesado y entender el sufrimiento de los seres que no tienen voz.

Tiempo después el gobierno Polaco lo mandó a buscar a Santa Inés, vendió lo que tenía, se despidió de sus conocidos y se fue. Es todo.



EL CUENTO DEL BURRO DEL POLACO. Cuentos de mis abuelos y de mi pueblo Santa Inés.


Carlos Julio Rivas Galindo

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