miércoles, 28 de enero de 2026

15 LAS BALSAS DE TRIPAS DE TRACTOR. Cuentos de mis abuelos y de mi pueblo Santa Inés.


LAS BALSAS DE TRIPAS DE TRACTOR. Cuentos de mis abuelos y de mi pueblo Santa Inés.

Salíamos al río caminando río arriba, desde La Toma para arriba, hacia las cabeceras, cargando en el hombro cada uno una tripa grande de las que llevan los cauchos de tractor,  bien llena de aire, que a manera de salvavidas o de balsa inflable, usábamos para regresarnos corriente abajo. No eran botes, no eran canoas, eran tripas, pieles de bestia mecánica, vaciadas de su hierro, llenas solo del aliento del viento y nuestra osadía. Esas cámaras nos las regalaba el primo Moltimer El Viejo, de esas que de tanto parche sobraban en la cauchera del pueblo, que el atendía.


Caminábamos lejos, lejos, lejos río arriba, más allá de donde los perros ladran al mediodía, más allá de los últimos sembradíos de tomate que trepan la loma como rezanderos cansados. Íbamos en silencio, porque el monte escucha, y el río recuerda.

Llegábamos bien arriba hasta "La Toma de Ramón Leal", un poquito más allá de "Las Gaviotas", desde allí nos tirábamos al rio.  En la bajada, arrastrados por la corriente, pasábamos por "Las Lajas" allí  cogíamos caña de azúcar del sembradío, la machacábamos con las piedras para morderlas y chupar el jugo. Más abajo por lo de " Falconero" ahí nos llenábamos las franelas de mandarinas o naranjas dulces como rellenas de miel, también mangos, o lo que se viera por ahí, frutos que los conucos de por ahí ofrecían como tributo a quienes nos atrevíamos a surcar esas aguas, sin remo ni timón.

De regreso pasábamos otra vez por La Toma, y más adelante, dándonos tumbos con las piedras por la fuerza de la corriente, pasábamos debajo del Puente. Allí, saludábamos a los bañistas en la orilla como si desde nuestros yates se tratara, con la cabeza erguida, la sonrisa socarrona y el cuerpo chorreando orgullo y seguíamos río abajo, uno tras otro, como una caravana de fantasmas alegres, rio abajo vía el caserío de San Nicolás.

Chicho comandaba, Tico, Eligio, Catire, Gabriel, Alexis y yo, cada uno con su balsa, bote de tripa de tractor bien inflamada, navegábamos entre lo real y lo soñado. A veces un susto por los remolinos, esos ojos negros del río que te miran antes de tragarte, otras veces por los ruidos del monte tenebroso, un crujido, un aullido sin dueño, el vuelo rasante de un pájaro que no canta, otras veces, peor aún, por el silencio macabro, cuando hasta el viento calla y el agua parece detenerse a observarte.

Pero pa’lante íbamos.

Alguno se resbalaba y se salía de la tripa. Aunque todos atentos y con el corazón en la garganta, nadie ayudaba, pero se defendía solo. Era ley del río. Otro chapuzón, otra risa nerviosa, y ya, otra vez se montaba, y río abajo, lejos, lejos, lejos rio abajo.

Luego de no sé cuánto tiempo, navegando por el rio, ya con los pies y las manos arrugadas, una hora, dos horas o tres horas, ¿qué guaricho iba a estar pendiente del tiempo?

Hasta aquí llegamos, este es el punto, decía Chicho, baquiano y conocedor de la ruta. Por aquí está el camino. Es que estas misiones las comandaba Chicho, que de paso era el inventor y promotor de la aventura.

Entonces nos salíamos del río en ese punto, con las tripas al hombro como caparazones de morrocoy, y cogíamos camino a pie por la pica de tierra, bajo un sol que quemaba como culpa antigua. Cansados, esmayados, cenizosos y bien lejos de la casa y del pueblo, caminábamos sin prisa, sabiendo que estábamos bien lejos y era tarde.

!Seguro nos sale un regaño por inventadores y cambimberos¡.

Al borde del desfallecimiento, Chicho (Pipiolo) se detuvo, miró el horizonte y preguntó a un señor que venía en mula, por el camino. Un viejo que apareció de entre los bejucos, como brotado de la tierra misma

¿Cómo se llama esto por aquí?

!Mis hijos, esto aquí es San Nicolás arriba, tienen que caminar más allá para llegar al propio San Nicolás y enrumbar por la carretera de granza hasta Santa Inés, que es para donde van.

Nos miramos entre nosotros. Sonaba a tierra encantada o que habíamos calculado mal el punto de salida del rio.

Muchachos, dijo Chicho, secándose el sudor con el dorso del brazo:

!Hay que  a pedir cola al primer camión que pase, porque estamos bien lejos de Santa Inés y son como las seis de la tarde¡

Y, como nunca paso ningún camión, nos tocó, tripas al hombro a veces y rodándolas por el suelo otras y con el alma mojada de aventura, caminar como hora y media o dos hora, hasta Santa Inés.

Mientras, el río seguía su curso, llevándose secretos, devolviendo ecos, y murmurando en lengua de espuma los nombres de quienes osamos cabalgarlo con nada más que una tripa de tractor y la inocencia de la infancia.

Porque en Santa Inés, los ríos no solo llevan agua, llevan historias. Y nosotros, también somos parte de ellas. Es todo.

LAS BALSAS DE TRIPAS DE TRACTOR. Cuentos de mis abuelos y de mi pueblo Santa Inés.

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