martes, 27 de enero de 2026

13 EL TELEVISOR EN BLANCO Y NEGRO. Cuentos de mis abuelos y de mi pueblo Santa Inés.

 

EL TELEVISOR EN BLANCO Y NEGRO.

 

En mi pueblito Santa Inés, recuerdo como nos divertíamos en las vacaciones.

Tal vez parezca difícil de imaginar pero, en los años 70' y 80' a mis 12 a 16 años no existía el internet, la TV por cable, ni los celulares mucho menos lo que hoy en día llamamos IA. 

En la casa de mi abuelo había un televisor, marca RCA, en muy pocas casas existía uno, era un mueble grande de madera color marrón con su pantalla de 19" creo, redonda abultada hacia afuera color gris oscura, era de tubos de vacio (tecnología antigua de Tubo de Rayos Catódicos o CRT)

 

Para encenderlo tenía un botón, y una rueda para cambiar los canales, todo manualmente, llegué a ver algunos que prendían con un control remoto, pero créanme ustedes no se lo imaginan, nada que ver con los aparatos de control remoto de ahora. Cuando encendias el Televisor pasaban unos largos 30 segundos hasta que calentaban los tubos y una luz azulada aparecia como un punto brillante, como una estrella supernova y luego la imagen del canal en un logo reconocído, siempre con estática o ruido de nieve, propio de los televisores con tecnología CRT. Esa nieve blanca que bailaba en la pantalla como espíritus inquietos buscando forma, jugando con nuestra impaciencia. 

 

Se podía disfrutar de dos canales de televisión que eran: Venevisión (canal 4 o 7) y Radio Caracas Televisión RCTV (canal 2 o 3) y en algunas ciudades se veía también el canal del estado, Venezolana de Televisión (canal 8 VTV o 5 CVTV) eso sí, que había que mover la antena y orientarla hasta lograr una imagen más o menos aceptable.

 

“¡Catire, sal al patio y mueve la antena, que ya van a dar Los Picapiedras!”, se gritaba desde la sala, y el eco rebotaba entre los techos de zinc y las matas de mamón. “¡Dale para la derecha! ¡Aguanta! ¡Nooo, mucho!”, vociferaba uno, mientras el otro, en el patio o sobre el techo, giraba aquel tubo oxidado que servía de base a la antena, como si ajustara la brújula del destino.

 

Y sí, el televisor estaba en la sala, jamás en los cuartos. Porque ver televisión no era un acto solitario; era un acontecimiento colectivo, un rito familiar. Allí, sentados en sillas de mimbre, bancos de madera o en el suelo con almohadas improvisadas, veíamos las noticias, las comiquitas, las novelas con sus dramas trágicos, y los sábados… ¡ay, los sábados! con "Feria de la Alegría", animada por Henry Altuve y Pedro Montes o "Sábado Sensacional", con Amador Bendayan, convertían la sala en un circo de emociones. Todo en blanco y negro, sí, pero más colorido que cualquier pantalla moderna, porque lo coloreábamos con nuestros ojos de niños.

 

Lo malo era las propagandas, !Que fastidio con tantas propagandas¡, más aún cuando la película estaba muy buena.

 

O cuando había que ir a la bodega a comprar algo de último minuto. 

 

!Ya vaaaa abuela¡, espere un ratico que den propagandas, y salía uno corriendo para ir y venir a tiempo.

 

Estos canales de televisión cerraban su transmisión a las 12 de la noche con la imagen del logo del canal y el himno nacional, marcando el fin de la jornada televisiva. 

 

Pero no todo era televisión. Fuera de la sala, el mundo real nos llamaba con voz de aventura. Teníamos pichas, boliches, gomeros o chopos de ligas, gurrufios que silbaban al volar hechos con chapas de refresco y afilados, trompos que giraban como planetas y yoyós que subían y bajaban como almas en penitencia. Jugábamos a la ere, al tocaito, al stop, al escondido, al fusilao, el avión, al arroz con…inventábamos carros con tapas de leche y los palos de escoba, y a correr bajo la lluvia, y cada juego era una guerra, un reto, una diplomacia, una epopeya.


 y cada juego era una guerra, un reto, una diplomacia, una epopeya.

 

Y si el ánimo nos llevaba más lejos, emprendíamos viaje al Calvario, donde el aire olía a misterio y a historia; a La Toma, donde el agua corría como si contara secretos; a La Vega, al Chispero… lugares que hoy son puntos en un mapa, pero que entonces eran reinos enteros. Volvíamos cenizosos, picados de guariroto, con una espina de guasabana clavada en la pierna, o con historias de aparecidos que jurábamos haber visto.

 

¿Las orejonas? … no, de eso no voy a hablar.

 

Ya más grandes, cuando el cuerpo empezaba a saber de responsabilidades, llegaba la temporada de tomates. Uno se apuntaba para sembrar, resembrar, amarrar o recoger. Dieciséis bolívares por jornada entera, ocho por media. Pero no era trabajo, era bochinche, era hermandad. Te daban dos latas vacías de aceite Diana, de esa que eran cuadradas y una vereda de tomate para recoger ida y vuelta. Y si te descuidabas… ¡zas! Un tomatazo bien puesto en el lomo, y nadie fue, ja, ja, ja, ja.

 

Otras veces, uno se iba a Las Gaviotas, donde hacían panela. Allí, colaborabas con las paletas de los triángulos, moviendo la caña hervida con manos pequeñas pero decididas. Y lo que sobraba… lo que sobraba era tuyo. Regresabas con recortes de panela y papelón envueltos en hojas de plátano, o bolsa de papel, feliz como quien ha saqueado un templo dulce.

 

Hasta barrer el patio era diversión. Cargabas la carreta de madera con hojas secas, el Catire se sentaba adelante, encima de la rueda, y fingía conducir el camión de mi tío Darío, rumbo a ninguna parte y a todas a la vez. En ese mundo, cada gesto cotidiano era un poema. 

 

¡Blan, blan, blan, blaaaaaan ¡ Arrancaba la carreta con la onomatopeya del camión, en la voz de Alfirio El Catire.

 

Y cuando, a medianoche, el himno nacional sonaba desde la pantalla gris, y el logo del canal se desvanecía como un fantasma cumpliendo su promesa, sabíamos que el día había terminado. Pero no la historia. Porque en Santa Inés, las historias no mueren, se esconden en los tubos de los viejos televisores, en las antenas torcidas, y en los ojos de los que aún recordamos cómo era vivir sin www… pero con alma. Es todo.

 

CARLOS JULIO RIVAS GALINDO 

04129394648. 04160817828

 

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