EL TELEVISOR EN
BLANCO Y NEGRO.
En mi pueblito Santa Inés, recuerdo como nos divertíamos en las
vacaciones.
Tal vez parezca difícil de imaginar pero, en los años 70' y 80' a mis 12
a 16 años no existía el internet, la TV por cable, ni los celulares mucho menos
lo que hoy en día llamamos IA.
En la casa de mi abuelo había un televisor, marca RCA, en muy pocas
casas existía uno, era un mueble grande de madera color marrón con su pantalla
de 19" creo, redonda abultada hacia afuera color gris oscura, era de tubos
de vacio (tecnología antigua de Tubo de Rayos Catódicos o CRT)
Para encenderlo tenía un botón, y una rueda para cambiar los canales,
todo manualmente, llegué a ver algunos que prendían con un control remoto, pero
créanme ustedes no se lo imaginan, nada que ver con los aparatos de control
remoto de ahora. Cuando encendias el Televisor pasaban unos largos 30 segundos
hasta que calentaban los tubos y una luz azulada aparecia como un punto
brillante, como una estrella supernova y luego la imagen del canal en un logo
reconocído, siempre con estática o ruido de nieve, propio de los televisores
con tecnología CRT. Esa nieve blanca que bailaba en la pantalla como espíritus
inquietos buscando forma, jugando con nuestra impaciencia.
Se podía disfrutar de dos canales de televisión que eran: Venevisión
(canal 4 o 7) y Radio Caracas Televisión RCTV (canal 2 o 3) y en algunas
ciudades se veía también el canal del estado, Venezolana de Televisión (canal 8
VTV o 5 CVTV) eso sí, que había que mover la antena y orientarla hasta lograr
una imagen más o menos aceptable.
“¡Catire, sal al patio y mueve la antena, que ya van a dar Los
Picapiedras!”, se gritaba desde la sala, y el eco rebotaba entre los techos de
zinc y las matas de mamón. “¡Dale para la derecha! ¡Aguanta! ¡Nooo, mucho!”,
vociferaba uno, mientras el otro, en el patio o sobre el techo, giraba aquel
tubo oxidado que servía de base a la antena, como si ajustara la brújula del
destino.
Y sí, el televisor estaba en la sala, jamás en los cuartos. Porque ver
televisión no era un acto solitario; era un acontecimiento colectivo, un rito
familiar. Allí, sentados en sillas de mimbre, bancos de madera o en el suelo
con almohadas improvisadas, veíamos las noticias, las comiquitas, las novelas
con sus dramas trágicos, y los sábados… ¡ay, los sábados! con "Feria de la
Alegría", animada por Henry Altuve y Pedro Montes o "Sábado
Sensacional", con Amador Bendayan, convertían la sala en un circo de
emociones. Todo en blanco y negro, sí, pero más colorido que cualquier pantalla
moderna, porque lo coloreábamos con nuestros ojos de niños.
Lo malo era las propagandas, !Que fastidio con tantas propagandas¡, más
aún cuando la película estaba muy buena.
O cuando había que ir a la bodega a comprar algo de último minuto.
!Ya vaaaa abuela¡, espere un ratico que den propagandas, y salía uno
corriendo para ir y venir a tiempo.
Estos canales de televisión cerraban su transmisión a las 12 de la noche
con la imagen del logo del canal y el himno nacional, marcando el fin de la
jornada televisiva.
Pero no todo era televisión. Fuera de la sala, el mundo real nos llamaba con voz de aventura. Teníamos pichas, boliches, gomeros o chopos de ligas, gurrufios que silbaban al volar hechos con chapas de refresco y afilados, trompos que giraban como planetas y yoyós que subían y bajaban como almas en penitencia. Jugábamos a la ere, al tocaito, al stop, al escondido, al fusilao, el avión, al arroz con…inventábamos carros con tapas de leche y los palos de escoba, y a correr bajo la lluvia, y cada juego era una guerra, un reto, una diplomacia, una epopeya.
y cada juego era una guerra, un reto, una diplomacia,
una epopeya.
Y si el ánimo nos llevaba más lejos, emprendíamos viaje al Calvario,
donde el aire olía a misterio y a historia; a La Toma, donde el agua corría
como si contara secretos; a La Vega, al Chispero… lugares que hoy son puntos en
un mapa, pero que entonces eran reinos enteros. Volvíamos cenizosos, picados de
guariroto, con una espina de guasabana clavada en la pierna, o con historias de
aparecidos que jurábamos haber visto.
¿Las orejonas? … no, de eso no voy a hablar.
Ya más grandes, cuando el cuerpo empezaba a saber de responsabilidades,
llegaba la temporada de tomates. Uno se apuntaba para sembrar, resembrar,
amarrar o recoger. Dieciséis bolívares por jornada entera, ocho por media. Pero
no era trabajo, era bochinche, era hermandad. Te daban dos latas vacías de
aceite Diana, de esa que eran cuadradas y una vereda de tomate para recoger ida
y vuelta. Y si te descuidabas… ¡zas! Un tomatazo bien puesto en el lomo, y
nadie fue, ja, ja, ja, ja.
Otras veces, uno se iba a Las Gaviotas, donde hacían panela. Allí, colaborabas
con las paletas de los triángulos, moviendo la caña hervida con manos pequeñas
pero decididas. Y lo que sobraba… lo que sobraba era tuyo. Regresabas con
recortes de panela y papelón envueltos en hojas de plátano, o bolsa de papel,
feliz como quien ha saqueado un templo dulce.
Hasta barrer el patio era diversión. Cargabas la carreta de madera con
hojas secas, el Catire se sentaba adelante, encima de la rueda, y fingía
conducir el camión de mi tío Darío, rumbo a ninguna parte y a todas a la vez.
En ese mundo, cada gesto cotidiano era un poema.
¡Blan, blan, blan, blaaaaaan ¡ Arrancaba la carreta con la onomatopeya
del camión, en la voz de Alfirio El Catire.
Y cuando, a medianoche, el himno nacional sonaba desde la pantalla gris,
y el logo del canal se desvanecía como un fantasma cumpliendo su promesa,
sabíamos que el día había terminado. Pero no la historia. Porque en Santa Inés,
las historias no mueren, se esconden en los tubos de los viejos televisores, en
las antenas torcidas, y en los ojos de los que aún recordamos cómo era vivir
sin www… pero con alma. Es todo.
CARLOS JULIO RIVAS GALINDO
04129394648. 04160817828
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EL TELEVISOR EN BLANCO Y NEGRO. Cuentos de mis
abuelos y de mi pueblo Santa Inés.
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