lunes, 12 de enero de 2026

02 EL TOBO SOBRE LA PUERTA. Cuentos de mis abuelos y de mi pueblo Santa Inés.


 

EL TOBO SOBRE LA PUERTA

 

Como he contado muchas veces, mis vacaciones de infancia se tejían en el hilo dorado del pueblo de Santa Inés, en el Edo. Anzoátegui, bajo el techo de zinc que cantaba con la lluvia y al abrigo de mis abuelos Aníbal Galindo y Rafaela Ríos de Galindo. Allí, entre el olor a tierra mojada, el murmullo de los morrocoyes en su chiquero, en cantar de los gallos, el cacarear de las gallinas y el susurro constante de la mata de limón, siempre cargada, aprendí que el mundo no era solo lo que se veía, sino también lo que se entendía.

 

La casa, como todas las de pueblo, era de bahareque frisado con cemento, encalado de blanco hasta el cansancio, con techos altos que guardaban secretos en sus vigas y ventanas anchas que se abrían hacia adentro como alas de mariposa rendida. Sus barrotes, torneados a mano con paciencia de otro siglo, lucían siempre pintados de azul, ese azul que parece haberse bañado en el cielo antes de secarse. Los cuartos eran amplios, frescos, casi sagrados; y solo tres puertas verdaderas marcaban el paso, la principal, la del cuarto grande y la del portóncito de ciclón que daba al patio, donde la vida bullía en forma de árboles, animales y tareas domésticas.

 

Pero yo, como todo niño distraído por la magia del aire, tenía una suerte de nunca encontraba nada.  

 

¡Nunca encuentras nada! me recriminaba mi abuela, con esa mezcla de fastidio y ternura que solo las viejitas saben conjugar. Y si la paciencia se le agotaba, amenazaba con el mandador o la correa, aunque rara vez bajaba el golpe con verdadera saña. Era más teatro que castigo, porque en el fondo, ella sabía que yo no perdía las cosas por desobediencia, sino por estar navegando en mundos invisibles.

 

Un día, como tantos otros, me llamó desde el frente de la casa, donde fregaba el piso con agua y jabón:

 

¡TRAIGAME EL TOBO PLÁSTICO COLOR ANARANJADO QUE ESTÁ ENCIMA DE LA PUERTA!

 

Yo, parado en medio del corredor, me quedé helado. No por la orden, sino por la locura implícita en ella.  

 

Mierrrr… murmuré, como si invocara a algún espíritu protector. Yo no estoy loco.

 

Y así, con la seriedad de un detective de novela, empecé mi búsqueda. Recorrí cada puerta de la casa: la principal, la del cuarto de mis abuelos, la del portóncito… incluso miré tras las cortinas, debajo de los alfeizares, en los rincones donde el polvo tejía telarañas. Nada. Ni rastro del bendito tobo anaranjado.  

 

Bueno, suspiré, derrotado. La verdad es que yo nunca encuentro nada.

 

Con paso lento, como soldado vencido en batalla campal, tomé el mandador, sí, el mismo que me amenazaba y me presenté ante mi abuela. Le entregué el instrumento de mi suplicio y dije con voz triste:

 

Abuela, ya revisé todas las puertas y yo no encuentro ese bendito tobo anaranjado.

 

Ella me miró con los ojos entrecerrados, luego soltó un suspiro que parecía venir del mismísimo centro de la tierra y sin decir palabra, me agarró de la oreja derecha. ¡Ay, qué templón! Firme, pero no cruel. Me arrastró hasta el patio, donde el sol caía como miel caliente sobre las hojas del mamón.

 

Allí, junto a la batea de lavar, había dos tambores metálicos oxidados, y sobre ellos, una puerta. Sí, una puerta de madera, apoyada horizontalmente, haciendo las veces de mesa improvisada. Y sobre esa puerta reluciente, inconfundible, como si hubiera estado riéndose de mí todo el tiempo, estaba el mocho e tobo plástico color anaranjado.

 

¿Qué es esto? preguntó mi abuela, sin soltarme la oreja.

 

Un tobo anaranjado, respondí, con la vergüenza ardiéndome más que el sol.

 

¿Y esto? insistió, señalando la tabla bajo el tobo.

 

Una puerta, abuela.

 

Entonces, como si el cielo hubiera esperado ese instante para reír con nosotros, soltamos una carcajada que retumbó entre las matas de anón, hizo asomar la cabeza a los morrocoyes y hasta al limonero le temblaron las hojas. Reímos hasta que nos dolieron las costillas, hasta que el sudor se mezcló con las lágrimas, hasta que el mundo volvió a tener sentido o al menos, el sentido que tiene cuando uno es niño y el lenguaje o la comunicación juega bromas divinas.

 

Porque eso era la vida allí, una danza de palabras, gestos y malentendidos que, lejos de separarnos, nos unían con hilos invisibles de complicidad. Mis abuelos, tan jodidos como llenos de amor, sabían que la verdadera sabiduría no estaba en encontrar las cosas, sino en reírse cuando uno las busca en el lugar equivocado y en el fondo, en el lugar correcto.

 

Hoy, cuando paso frente a una puerta cualquiera, sonrío. Porque sé que en algún lugar, sobre alguna puerta que no es puerta, sigue reposando un tobo anaranjado, esperando a que un niño cumpliendo un mandado, lo encuentre.

 

 

Cuentos de mis abuelos y de mi pueblo Santa Inés.

CARLOS JULIO RIVAS GALINDO

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