LOS ENCANTADOS DEL RÍO
La Toma y otros puntos balnearios de Santa Inés, Edo.
Anzoátegui, como La Cochina, La Pica o El Puente, guardan sus propias sombras y
con intensidad lo sobrenatural.
Dicen, y no cualquiera puede decirlo con
convicción, que cuando la luna se vuelve cómplice de la oscuridad, a la
medianoche exacta, el río deja de ser agua para convertirse en voz. No una voz
sola, sino muchas, risas cristalinas que rebotan entre las piedras, murmullos
seductores que acarician los oídos como si fueran dedos invisibles, cantos
entrelazados en armonías imposibles, tan dulces que deshacen la voluntad como
azúcar en lluvia. Son mujeres, aseguran algunos; otras veces, hombres de mirada
líquida y sonrisa sin edad. Pero siempre hermosos. Siempre desnudos. Siempre
esperando.
Y sin embargo, quien se atreva a acercarse, con
una linterna, con valor, o con curiosidad necia, no hallará más que la
corriente muda, el viento entre los juncos y el eco vacío de sus propios pasos.
Nada. Nadie. Solo la certeza de que algo lo observó desde el fondo, desde más
allá del reflejo, desde ese otro lado del espejo que es el río cuando calla.
Nunca hay gente ahí.
A esos seres los llaman "Los Encantados."
Criaturas míticas o espíritus que habitan en el
río y en lagunas, apareciéndose a los bañistas o pescadores, a menudo
relacionados con ahogamientos, embrujos o tesoros ocultos, como figuras que
atrapan a personas y las llevan al fondo, o bellas mujeres que peinan su cabello.
No son fantasmas, ni ánimas en pena, ni criaturas
del infierno. Son algo más antiguo, más silvestre, espíritus del agua que nunca
conocieron fronteras humanas, nacidos del primer susurro del río cuando aún no
tenía nombre. Aparecen como quieren, a veces como muchachas de cabello verde y
ojos dorados, otras como jóvenes de piel cenicienta y labios que saben a fruta
podrida. Su belleza no es humana; es una trampa tejida con nostalgia y deseo. Y
tienen hambre.
Dicen que se llevan a los niños que se alejan del
camino, atraídos por el tintineo de collares invisibles o por el canto de
pájaros que no existen. Los niños no gritan. Caminan tras ellos como si
volvieran a casa, y jamás regresan. También se llevan a los hombres
imprudentes, a los que osan mirar sin permiso, a los que confunden la desnudez
del río con la de una mujer. Esos hombres salen del agua con la mirada perdida,
los pies mojados y el alma ya ausente. Caminan monte adentro, río arriba, hasta
que el mundo los olvida. Algunos dicen que aún hoy, en noches de neblina
espesa, se oyen sus voces llamando desde las cuevas del cerro, pero ya no son
voces humanas, son ecos deformados por siglos de encantamiento.
Claro está, como con La Sayona, con La Llorona,
con tantas leyendas tejidas al calor del fogón, muchos juran que todo es
invención de los viejos. O parte del rico folclore de los pueblos que viven
cerca del agua, como una forma de entender y temer los peligros y misterios de
los ríos. Un cuento para mantener a los niños lejos del río, para que las
muchachas no se bañen solas, para que los hombres no beban hasta perder el
juicio y creerse dueños de lo que no se posee. Pero los que han estado allí,
los que han sentido cómo el aire se enrarece, cómo el tiempo se dobla como una
hoja mojada, saben que no es solo historia.
Es advertencia.
Los Encantados…nunca duermen.
LOS ENCANTADOS DEL RIO. Cuentos de mis abuelos y de mi pueblo Santa Inés.
Carlos Julio Rivas Galindo
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