miércoles, 14 de enero de 2026

09 LOS ENCANTADOS DEL RIO. Cuentos de mis abuelos y de mi pueblo Santa Inés.

 LOS ENCANTADOS DEL RÍO


La Toma y otros puntos balnearios de Santa Inés, Edo. Anzoátegui, como La Cochina, La Pica o El Puente, guardan sus propias sombras y con intensidad lo sobrenatural.

Dicen, y no cualquiera puede decirlo con convicción, que cuando la luna se vuelve cómplice de la oscuridad, a la medianoche exacta, el río deja de ser agua para convertirse en voz. No una voz sola, sino muchas, risas cristalinas que rebotan entre las piedras, murmullos seductores que acarician los oídos como si fueran dedos invisibles, cantos entrelazados en armonías imposibles, tan dulces que deshacen la voluntad como azúcar en lluvia. Son mujeres, aseguran algunos; otras veces, hombres de mirada líquida y sonrisa sin edad. Pero siempre hermosos. Siempre desnudos. Siempre esperando.

Y sin embargo, quien se atreva a acercarse, con una linterna, con valor, o con curiosidad necia, no hallará más que la corriente muda, el viento entre los juncos y el eco vacío de sus propios pasos. Nada. Nadie. Solo la certeza de que algo lo observó desde el fondo, desde más allá del reflejo, desde ese otro lado del espejo que es el río cuando calla. Nunca hay gente ahí.

A esos seres los llaman "Los Encantados."

Criaturas míticas o espíritus que habitan en el río y en lagunas, apareciéndose a los bañistas o pescadores, a menudo relacionados con ahogamientos, embrujos o tesoros ocultos, como figuras que atrapan a personas y las llevan al fondo, o bellas mujeres que peinan su cabello.

No son fantasmas, ni ánimas en pena, ni criaturas del infierno. Son algo más antiguo, más silvestre, espíritus del agua que nunca conocieron fronteras humanas, nacidos del primer susurro del río cuando aún no tenía nombre. Aparecen como quieren, a veces como muchachas de cabello verde y ojos dorados, otras como jóvenes de piel cenicienta y labios que saben a fruta podrida. Su belleza no es humana; es una trampa tejida con nostalgia y deseo. Y tienen hambre.

Dicen que se llevan a los niños que se alejan del camino, atraídos por el tintineo de collares invisibles o por el canto de pájaros que no existen. Los niños no gritan. Caminan tras ellos como si volvieran a casa, y jamás regresan. También se llevan a los hombres imprudentes, a los que osan mirar sin permiso, a los que confunden la desnudez del río con la de una mujer. Esos hombres salen del agua con la mirada perdida, los pies mojados y el alma ya ausente. Caminan monte adentro, río arriba, hasta que el mundo los olvida. Algunos dicen que aún hoy, en noches de neblina espesa, se oyen sus voces llamando desde las cuevas del cerro, pero ya no son voces humanas, son ecos deformados por siglos de encantamiento.

Claro está, como con La Sayona, con La Llorona, con tantas leyendas tejidas al calor del fogón, muchos juran que todo es invención de los viejos. O parte del rico folclore de los pueblos que viven cerca del agua, como una forma de entender y temer los peligros y misterios de los ríos. Un cuento para mantener a los niños lejos del río, para que las muchachas no se bañen solas, para que los hombres no beban hasta perder el juicio y creerse dueños de lo que no se posee. Pero los que han estado allí, los que han sentido cómo el aire se enrarece, cómo el tiempo se dobla como una hoja mojada, saben que no es solo historia.

Es advertencia.
Los Encantados…nunca duermen.




LOS ENCANTADOS DEL RIO. Cuentos de mis abuelos y de mi pueblo Santa Inés.

 

Carlos Julio Rivas Galindo

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