miércoles, 28 de enero de 2026

14 A PESCAR EN EL RIO. Cuentos de mis abuelos y de mi pueblo Santa Inés.

 


A PESCAR EN EL RIO

En estos días hablando con mi primo Tico, me invitó a ir al pueblo, ya que tengo muchos años que no voy, y me decía que el rio estaba bien bueno y había pesca de mas, que había mucho camarones y guaraguaras.
Yo desde la distancia, con nostalgia y alegría empecé a recordar aquellas aventuras de muchachos así:

En los días en que el sol no perdonaba sombra y el río de mi pueblito Santa Inés estaba bueno para pescar, salíamos al agua como si fuéramos hijos del cauce mismo.

Bien preparados con máscara y arpón, cigarros y ron (escondido) salíamos al río a pescar guaraguaras, bagres y guabinas, también camarones, bichures y camacutos, con máscara y arpón hechos con una verá con punta de metal afilada raspando la acera (una varilla de electrodo era ideal) y la gomera de matar pájaros y matos. Caminábamos horas río arriba, en silencio sagrado, para no espantar las presas. El sendero era un hilo de piedras resbalosas y granza y cada paso se hundía y lastimaba como si la tierra nos recordara que éramos huéspedes efímeros.

¡Para acá hay que venir con cholas o zapatos viejos, descalzos es muy arrecho! decía mi pana José Gregorio Meneses (Goyo).

Los más chiquitos eran los guataneros. Catire, por lo general, cargaba el guatan con la solemnidad de un sacerdote llevando ofrendas, también llevaba los cigarros y los fósforos.

¡Que no se mojen, que no se mojen! Le decíamos a cada rato.

Alexis siempre era el jefe, su mirada atravesaba el agua como si leyera los pensamientos de los peces, también llevaba el ron y el vasito. Chicho Moltimer, el veterano, conocía cada poza, cada remolino donde el río guardaba sus secretos; decía que en ciertas noches, bajo luna menguante, los bagres hablaban en lengua de piedra. Tico, Eligio y yo éramos  pescadores. Pero yo no me metía en las pozas oscuras. No por miedo al frío ni al lodo, sino porque allí, en esas aguas quietas y negras como el ojo de un muerto, sentía que algo me observaba desde antes de nacer.

Regresábamos a las seis horas con el guatan lleno de presas, el cuerpo asoleado, renegrio y cenizoso, pero contentos y satisfechos, muertos de hambre. El sol nos había marcado con su sello, y el río, con su bendición. En la casa, Marina o mi abuela nos preparaban el pescado… ¡mmm, rico! Fritos, guisados o en sopa, como fuera era una delicia. El aroma se enredaba en las paredes de bahareque, subía al techo de zinc y se mezclaba con el humo del fogón, convirtiendo la cocina en altar de gratitud.

Pero hubo una tarde en que el río no quiso soltar su presa.

Era el mes de agosto, cuando el calor aprieta como tenaza y hasta las ranas callan. Habíamos llegado a la Poza del Ahorcado, nombre que le daban los viejos porque allí, decían, un hombre se colgó de un samán tras perder a su mujer quien sabe porque. Esa poza no la tocábamos nunca. Pero ese día, Alexis insistió “Hoy hay un bagre plateado ahí abajo, grande como un brazo, y tiene los ojos rojos como brasas.” Chicho negó con la cabeza, pero no dijo nada. Yo me quedé en la orilla, fingiendo ajustar la máscara, mientras los demás se sumergían.

El agua se volvió opaca. Los pájaros no se oían y el viento se detuvo.

Cuando salieron, traían el bagre… pero no era un bagre. Era un pez raro, una criatura larga, escamosa, con branquias que latían como corazón y una mirada que no pertenecía a este mundo. Al intentar engancharla en el guatan se sacudió con furia. Catire pegó un grito y lo soltó. El bicho ese  cayó al suelo, se retorció saltando y cayó de nuevo en el agua donde desapareció en una nube verde, en esas aguas cristalinas.

Nadie habló en el camino de regreso. Ni siquiera Alexis.

Esa noche, en la casa, no hubo pescado. Mi abuela encendió tres velas blancas y echó ruda en el umbral. Marina murmuró una oración ahí toda misteriosa que nadie supo de dónde la sabía.

Es que ustedes no hacen caso, decía mi tío Juan Antonio Ríos, eso era un Encantado, de vaina no se los llevó, se los lleva y no los vemos más nunca.

Desde entonces, seguíamos yendo al río. Seguíamos pescando guaraguaras, bagres y guabinas, camarones, bichures y camacutos. Pero jamás volvimos a la mentada Poza del Ahorcado.


Y yo… yo cuando vuelva iré con los muchachos (los viejitos esos) a pescar seguramente, pero como antes no me meteré en ninguna de las pozas oscuras. Es todo.




A PESCAR EN EL RIO. Cuentos de mis abuelos y de mi pueblo Santa Inés.

Carlos Julio Rivas Galindo
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