LA MANO PELUDA DE LA VENTANA
En los años cincuenta, cuando el mundo aún se movía al ritmo lento de los
gallos y los campanarios, y la electricidad era un lujo que ni siquiera soñaban
las casas de barro de Santa Inés, mi madre, Lilina Galindo Ríos, era una niña
de ojos grandes y curiosidad inquieta. Vivía con sus padres, mis abuelos Aníbal
y Rafaela, y sus hermanos, en aquella casa antigua de techos altos y paredes
gruesas que guardaban secretos como quien guarda semillas para la siembra.
El cuarto donde dormía con mi abuela tenía una ventana singular, alta, ancha,
dividida en dos hojas que se abrían hacia adentro como alas cansadas. Sus
barrotes eran de madera maciza, tal vez torneada a mano, y estaban pintados
siempre de azul, un azul desgastado por el sol y la humedad, pero que de noche
parecía tragarse la oscuridad entera. El alféizar era amplio, lo suficiente
para sentarse con las piernas colgando, mirar las estrellas o hablar en voz
baja con alguien del otro lado del muro, como si el mundo exterior no existiera
más allá de ese marco de madera y silencio. No había TV, ni celulares.
Una noche sin luna de esas en que ni los perros ladran porque sienten que algo
anda mal, mi madre estaba sola en la habitación. Mi abuela había salido a rezar
el rosario con unas vecinas, y el resto de la familia dormía ya en otras partes
de la casa. Solo una vela parpadeaba sobre la mesa de noche, arrojando sombras
temblorosas en las paredes blancas encaladas.
Lilina, entonces, se sentó en el alféizar. No por valentía, sino por costumbre;
era su lugar favorito para observar la calle y conversar con cualquiera que
pasara, pero esa noche, el aire estaba distinto. Denso. Como si el tiempo se
hubiera detenido para dejar pasar algo que no pertenecía a este mundo.
Fue entonces cuando la vio.
Primero, un movimiento en la penumbra del rincón más lejano del cuarto. Luego,
despacio, como si emergiera de entre las grietas del propio silencio, una mano
apareció.
No era una mano común. Iba enfundada en un guante negro, ceñido hasta la
muñeca, y bordado o tal vez cosido de lentejuelas que brillaban con luz propia,
como si atraparan los últimos destellos de una estrella caída. La mano avanzó
por la pared, flotando apenas por encima del suelo, y se dirigió hacia la ventana
con una intención clara, agarrarse de los barrotes.
No había brazo visible. Solo esa mano, elegante y terrible, moviéndose con una
gracia antinatural, como si supiera que era observada y de paso burlona
disfrutara de ello.
Mi madre no gritó. No hubo tiempo. El terror le secó la garganta, le heló la
sangre. Saltó del alféizar como si el suelo mismo la repeliera, corrió sin
mirar atrás, se metió bajo las sábanas y no volvió a asomarse a esa ventana de
noche jamás. Tampoco contó lo que vio. Guardó el secreto como quien entierra
una semilla venenosa, profundo, en silencio, con miedo de que germinara.
Años después, ya adulta, al mencionarlo en voz baja, otras mujeres de Santa
Inés asentían con los ojos entrecerrados. “Sí, decían, yo también vi la Mano
Negra.” Otras juraban haber visto “la Mano Peluda”, áspera y cubierta de vello
oscuro, que se arrastraba por los alfeizares buscando… ¿qué? ¿Un alma
descuidada? ¿Una promesa rota? ¿Un nombre olvidado?
En aquellos tiempos, en los pueblos del interior, se sabía que los muertos no
siempre se iban del todo. Algunos se quedaban rondando los umbrales,
especialmente en casas viejas, donde el barro aún conserva el eco de los pasos
de quienes ya no están. Y dicen que ciertas ventanas, sobre todo las azules,
con alféizares anchos y barrotes de madera, son puertas que no cierran del
todo… puertas que, en noches sin luna, se entreabren para dejar pasar una mano…
solo una mano… en busca de quien se atreva a mirarla dos veces.
Pero mi madre nunca lo hizo.
Y tal vez por eso, la Mano Negra sigue esperando, por ahí.
Es todo.
LA MANO PELUDA. Cuentos de mis abuelos y de mi pueblo Santa Inés.
Carlos Julio Rivas Galindo.
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