lunes, 12 de enero de 2026

05 LA MANO PELUDA. Cuentos de mis abuelos y de mi pueblo Santa Inés.

 

LA MANO PELUDA DE LA VENTANA

En los años cincuenta, cuando el mundo aún se movía al ritmo lento de los gallos y los campanarios, y la electricidad era un lujo que ni siquiera soñaban las casas de barro de Santa Inés, mi madre, Lilina Galindo Ríos, era una niña de ojos grandes y curiosidad inquieta. Vivía con sus padres, mis abuelos Aníbal y Rafaela, y sus hermanos, en aquella casa antigua de techos altos y paredes gruesas que guardaban secretos como quien guarda semillas para la siembra.

El cuarto donde dormía con mi abuela tenía una ventana singular, alta, ancha, dividida en dos hojas que se abrían hacia adentro como alas cansadas. Sus barrotes eran de madera maciza, tal vez torneada a mano, y estaban pintados siempre de azul, un azul desgastado por el sol y la humedad, pero que de noche parecía tragarse la oscuridad entera. El alféizar era amplio, lo suficiente para sentarse con las piernas colgando, mirar las estrellas o hablar en voz baja con alguien del otro lado del muro, como si el mundo exterior no existiera más allá de ese marco de madera y silencio. No había TV, ni celulares.

Una noche sin luna de esas en que ni los perros ladran porque sienten que algo anda mal, mi madre estaba sola en la habitación. Mi abuela había salido a rezar el rosario con unas vecinas, y el resto de la familia dormía ya en otras partes de la casa. Solo una vela parpadeaba sobre la mesa de noche, arrojando sombras temblorosas en las paredes blancas encaladas.

Lilina, entonces, se sentó en el alféizar. No por valentía, sino por costumbre; era su lugar favorito para observar la calle y conversar con cualquiera que pasara, pero esa noche, el aire estaba distinto. Denso. Como si el tiempo se hubiera detenido para dejar pasar algo que no pertenecía a este mundo.

Fue entonces cuando la vio.

Primero, un movimiento en la penumbra del rincón más lejano del cuarto. Luego, despacio, como si emergiera de entre las grietas del propio silencio, una mano apareció.

No era una mano común. Iba enfundada en un guante negro, ceñido hasta la muñeca, y bordado o tal vez cosido de lentejuelas que brillaban con luz propia, como si atraparan los últimos destellos de una estrella caída. La mano avanzó por la pared, flotando apenas por encima del suelo, y se dirigió hacia la ventana con una intención clara, agarrarse de los barrotes.

No había brazo visible. Solo esa mano, elegante y terrible, moviéndose con una gracia antinatural, como si supiera que era observada y de paso burlona disfrutara de ello.

Mi madre no gritó. No hubo tiempo. El terror le secó la garganta, le heló la sangre. Saltó del alféizar como si el suelo mismo la repeliera, corrió sin mirar atrás, se metió bajo las sábanas y no volvió a asomarse a esa ventana de noche jamás. Tampoco contó lo que vio. Guardó el secreto como quien entierra una semilla venenosa, profundo, en silencio, con miedo de que germinara.

Años después, ya adulta, al mencionarlo en voz baja, otras mujeres de Santa Inés asentían con los ojos entrecerrados. “Sí, decían, yo también vi la Mano Negra.” Otras juraban haber visto “la Mano Peluda”, áspera y cubierta de vello oscuro, que se arrastraba por los alfeizares buscando… ¿qué? ¿Un alma descuidada? ¿Una promesa rota? ¿Un nombre olvidado?

En aquellos tiempos, en los pueblos del interior, se sabía que los muertos no siempre se iban del todo. Algunos se quedaban rondando los umbrales, especialmente en casas viejas, donde el barro aún conserva el eco de los pasos de quienes ya no están. Y dicen que ciertas ventanas, sobre todo las azules, con alféizares anchos y barrotes de madera, son puertas que no cierran del todo… puertas que, en noches sin luna, se entreabren para dejar pasar una mano… solo una mano… en busca de quien se atreva a mirarla dos veces.

Pero mi madre nunca lo hizo. 
Y tal vez por eso, la Mano Negra sigue esperando, por ahí.

Es todo.


LA MANO PELUDA. Cuentos de mis abuelos y de mi pueblo Santa Inés.

Carlos Julio Rivas Galindo.

0412 9394648  04160817828

No hay comentarios:

Publicar un comentario