domingo, 18 de enero de 2026

12 LOS AGENTES FANTASMAS. Cuentos de mis abuelos y de mi pueblo Santa Inés.

 

LOS AGENTES FANTASMAS


No éramos niños, en nuestras mentes felices e inocentes, éramos sombras con nombre propio, guerreros y espías, karatecas invencibles, claro, al rato salía la abuela mandando a cada quien para su casa, a bañarse y a hacer las tareas.

La televisión, esa caja mágica que llegaba a pocas casas, y que en la nuestra sonaba y se veía con estática, nos había traído desde Japón o de China, porque chino es chino, uno héroes invencibles *Los Agentes Fantasma*, en blanco y negro, por qué hablo de los años 70' principios de los 80'. Sus uniformes ajustados, sus cascos de motociclistas, sus movimientos ágiles como el relámpago entre los techos de Tokio, todo aquello se clavó en nuestros sueños e imaginaciones.

Eran ninjas modernos, sí, pero también guardianes de un orden que no comprendíamos del todo, pero que intuíamos justo. Luchaban contra "Los Bandera Negra", cuyos rostros nunca veíamos bien, pero cuya maldad se sentía en el aire como humo de fogón apagada. No usaban las pistolas a menos que el mundo estuviera a punto de romperse. Preferían el filo de la katana, el vuelo certero del shuriken, el golpe limpio de las patadas y del puño entrenado. Y nosotros, decidimos ser como ellos.

Alexis era Fanta. Nadie discutía eso. Tenía esa mirada seria, esa voz que cortaba el viento cuando decía: “¡Operación Sombra!”. Tico, con su risa traviesa y su paso ligero, era Tugor aunque él mismo a veces lo olvidaba y se llamaba Cordo, o Cordón hasta que alguien le corregía.
Yo… yo era Zemo. No Cebo, como Tico solía burlarse, sino "Zemo", el segundo al mando, el estratega de los ojos entrecerrados, el que planeaba emboscadas tras las matas de guayaba y de plátano y daba órdenes con un silbido agudo.

¡Conchale soy Zemo, Tico! ¡El segundo jefe se llama Zemo, no Cebo, como tú dices!

Y aunque gritara, aunque insistiera, el juego seguía, porque todos sabíamos que el verdadero enemigo no era el error de un nombre, o la jodedera sino el vacío de no tener villanos. Nadie quería ser de Los Bandera Negra. ¿Quién iba a aceptar cargar con la oscuridad cuando podías ser luz, aunque fuera jugando? Al final, siempre tocaba sortearlo con piedra, papel o tijera, o simplemente señalar al más pequeño y decirle, si quieres jugar “Tú eres de los malos hoy”.

Entonces corríamos. Saltábamos zanjas, trepábamos cercas de alambre, nos deslizábamos por los lomos de los paredones como si fuéramos espectros del viento. Las matas de plátano se convertían en enemigos, y les descargábamos machetazos con furia justiciera, imaginando que cada hoja caída era un agente caído de Los Bandera Negra. Las guayabas tiernas, verdes y duras, volaban por el aire como shurikens secretos, y al impactar contra el pecho de un compañero, este caía teatralmente, muerto, para luego seguir la batalla. Bueno si no le daban en un ojo.

Rubén era Antar, Chicho Moltimer hacía de Gina con una gracia feroz que nadie cuestionaba, El Catire y Wilfredo se turnaban entre Cordo y Mundo, mientras Regulo, Henry y Gabriel inventaban nuevas tácticas en el acto, como si el campo mismo les dictara estrategias. Aníbal, siempre callado, era el espía doble, el que aparecía en el momento justo para salvarnos. Y allí, entre el barro y el sol, nacía una hermandad tejida con fantasía y sudor.

Hoy, muchos años después, cuando el mundo se ha vuelto más "Redes Sociales" y menos magia, aún puede verse las sombras con cascos, corriendo bajo el cielo de Santa Inés, defendiendo un código que solo existía en sus corazones. Los Agentes Fantasma no fueron solo una serie japonesa transmitida por Venevisión en los setenta. Fueron un hechizo. Un conjuro infantil que nos permitió creer, por unas horas al día, que éramos más que lo que el mundo decía que seríamos. Y que el bien siempre ganaría.

Y aunque ya no lancemos guayabas ni cortemos plátanos con machetes, en algún rincón del alma, Zemo sigue vivo. Y Fanta da órdenes. Y Los Bandera Negra acechan, porque todo juego verdadero deja huella. Y la nuestra fue tallada. Es todo


LOS AGENTES FANTASMAS.
Cuentos de mis abuelos y de mi pueblo Santa Inés.

 

Carlos Julio Rivas Galindo

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