miércoles, 14 de enero de 2026

EL TIGRE DEL GUARAPICHE. Cuento para Lilly.

 

EL TIGRE DEL GUARAPICHE.

Cuento para Lilly.

En las noches densas de Maturín, cuando la humedad se aferra a los muros y los faroles titilan como luciérnagas moribundas, hay quienes aseguran haber visto una sombra moverse entre los tejados, veloz como un pensamiento, letal como un juicio divino. No tiene nombre, o al menos no uno que se pronuncie en voz alta. Algunos lo llaman “El Tigre del Guarapiche”, porque aparece y desaparece siempre cerca o por El Bajo del Rio Guarapiche, aquí en Maturín. Pero todos, sin excepción, lo temen o lo veneran.

Nadie sabe de dónde vino ni por qué eligió esta ciudad del oriente venezolano como su morada. Lo cierto es que desde su aparición, el crimen comenzó a menguar como la luna. No por miedo a la ley, sino por pavor a algo más oscuro, más definitivo. Porque este justiciero no entrega a los delincuentes, los sentencia. Y su juicio es inapelable.

Viste ropas negras como la brea y un antifaz atigrado que parece moverse con vida propia bajo la luz de la luna. Su silueta se funde con las sombras, y su andar es tan sigiloso que ni los perros lo detectan. Actúa solo de noche, cuando la ciudad duerme y los pecadores despiertan. Y cuando cae sobre su presa, lo hace con una furia que no deja testigos.

Dicen que tiene poderes que desafían la razón, fuerza capaz de levantar un automóvil con una sola mano, velocidad que lo hace invisible al ojo humano, oído que capta el susurro de una cerradura forzada a cuadras de distancia. Algunos juran haberlo visto detener una bala con los dedos; otros, que puede hablar con los animales del monte que rodea la ciudad.

Pero lo más extraño no es su poder, sino su código. No acepta recompensas, ni agradecimientos, ni entrevistas. Si alguien intenta dejarle un obsequio, este desaparece al amanecer. Si la policía intenta atraparlo, se esfuma como humo entre los manglares. Y sin embargo, cada mañana, las víctimas del hampa encuentran frente a sus casas los objetos robados, limpios, intactos, como si nunca hubieran sido tocados por manos impuras.

La policía lo busca, sí, pero con desgano. Porque aunque oficialmente es un forajido, en los pasillos del comando se murmura que gracias a él, los barrios duermen más tranquilos. Y el pueblo, el pueblo lo protege. Lo cuida con el silencio. Nadie ha querido delatarlo, aunque muchos aseguran haberlo visto. En las panaderías, en los mercados, en las colas del banco. Siempre como uno más. Siempre invisible.

Una vez, un mafioso sicario, fingiendo ser periodista foráneo, vino a investigar. Preguntó, grabó, husmeó. Al tercer día, desapareció. Su cámara fue hallada en la plaza Bolívar, con una sola imagen, un antifaz atigrado colgando de una rama, como una advertencia o una firma.

Desde entonces, nadie ha vuelto a buscarlo. Porque en Maturín, todos saben que hay cosas que es mejor no entender. Que hay fuerzas que no se nombran, pero se respetan. Y que en las noches más oscuras, cuando el miedo se arrastra por las aceras, hay un guardián sin rostro que vela por los inocentes.

Y si alguna vez escuchas un rugido lejano entre los techos, no temas. Es solo el Tigre del Guarapiche, cumpliendo su promesa.

CARLOS JULIO RIVAS GALINDO


La historia del Tigre del Guarapiche, aunque envuelta en sombras y misterio, ofrece una enseñanza moral poderosa y profundamente humana, como lo es  el que la justicia verdadera no busca recompensa, sino equilibrio, que el bien no siempre necesita aplausos, pero sí convicción.

El Tigre del Guarapiche, actúa sin esperar gratitud ni reconocimiento. Su lucha no es por fama ni poder, sino por proteger a los inocentes y restaurar lo que fue arrebatado. En un mundo donde muchos hacen el bien por conveniencia o prestigio, él recuerda que la virtud más pura es la que se ejerce en silencio, guiada por principios inquebrantables.


 

 

Carlos Julio Rivas Galindo

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