EL TIGRE DEL
GUARAPICHE.
Cuento para Lilly.
En las noches densas de Maturín, cuando la
humedad se aferra a los muros y los faroles titilan como luciérnagas
moribundas, hay quienes aseguran haber visto una sombra moverse entre los tejados,
veloz como un pensamiento, letal como un juicio divino. No tiene nombre, o al
menos no uno que se pronuncie en voz alta. Algunos lo llaman “El Tigre del
Guarapiche”, porque aparece y desaparece siempre cerca o por El Bajo del Rio Guarapiche,
aquí en Maturín. Pero todos, sin excepción, lo temen o lo veneran.
Nadie sabe de dónde vino ni por qué eligió esta
ciudad del oriente venezolano como su morada. Lo cierto es que desde su
aparición, el crimen comenzó a menguar como la luna. No por miedo a la ley, sino
por pavor a algo más oscuro, más definitivo. Porque este justiciero no entrega
a los delincuentes, los sentencia. Y su juicio es inapelable.
Viste ropas negras como la brea y un antifaz
atigrado que parece moverse con vida propia bajo la luz de la luna. Su silueta
se funde con las sombras, y su andar es tan sigiloso que ni los perros lo
detectan. Actúa solo de noche, cuando la ciudad duerme y los pecadores
despiertan. Y cuando cae sobre su presa, lo hace con una furia que no deja
testigos.
Dicen que tiene poderes que desafían la razón,
fuerza capaz de levantar un automóvil con una sola mano, velocidad que lo hace
invisible al ojo humano, oído que capta el susurro de una cerradura forzada a
cuadras de distancia. Algunos juran haberlo visto detener una bala con los
dedos; otros, que puede hablar con los animales del monte que rodea la ciudad.
Pero lo más extraño no es su poder, sino su
código. No acepta recompensas, ni agradecimientos, ni entrevistas. Si alguien
intenta dejarle un obsequio, este desaparece al amanecer. Si la policía intenta
atraparlo, se esfuma como humo entre los manglares. Y sin embargo, cada mañana,
las víctimas del hampa encuentran frente a sus casas los objetos robados,
limpios, intactos, como si nunca hubieran sido tocados por manos impuras.
La policía lo busca, sí, pero con desgano.
Porque aunque oficialmente es un forajido, en los pasillos del comando se
murmura que gracias a él, los barrios duermen más tranquilos. Y el pueblo, el
pueblo lo protege. Lo cuida con el silencio. Nadie ha querido delatarlo, aunque
muchos aseguran haberlo visto. En las panaderías, en los mercados, en las colas
del banco. Siempre como uno más. Siempre invisible.
Una vez, un mafioso sicario, fingiendo ser
periodista foráneo, vino a investigar. Preguntó, grabó, husmeó. Al tercer día,
desapareció. Su cámara fue hallada en la plaza Bolívar, con una sola imagen, un
antifaz atigrado colgando de una rama, como una advertencia o una firma.
Desde entonces, nadie ha vuelto a buscarlo.
Porque en Maturín, todos saben que hay cosas que es mejor no entender. Que hay
fuerzas que no se nombran, pero se respetan. Y que en las noches más oscuras,
cuando el miedo se arrastra por las aceras, hay un guardián sin rostro que vela
por los inocentes.
Y si alguna vez escuchas un rugido lejano entre
los techos, no temas. Es solo el Tigre del Guarapiche, cumpliendo su promesa.
CARLOS JULIO RIVAS GALINDO
La historia del Tigre del Guarapiche, aunque
envuelta en sombras y misterio, ofrece una enseñanza moral poderosa y
profundamente humana, como lo es el que la justicia verdadera no busca
recompensa, sino equilibrio, que el bien no siempre necesita aplausos, pero sí
convicción.
El Tigre del Guarapiche, actúa sin esperar
gratitud ni reconocimiento. Su lucha no es por fama ni poder, sino por proteger
a los inocentes y restaurar lo que fue arrebatado. En un mundo donde muchos
hacen el bien por conveniencia o prestigio, él recuerda que la virtud más pura
es la que se ejerce en silencio, guiada por principios inquebrantables.
Carlos Julio Rivas Galindo
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