LA BOTIJA DE LA
MATA DE LIMON.
Cuando tenía unos doce años, pasaba las vacaciones en la casa de mis abuelos en
Santa Inés, un rincón callado del estado Anzoátegui donde el tiempo parecía
detenerse entre las hojas de los árboles y el canto de los pájaros y las
chicharas al atardecer. La casa era antigua, de barro con friso de cemento,
paredes gruesas y techos altos, y el baño, un escudado y al lado de paredes se
láminas de zinc, la regadera para la ducha, ese lugar tan necesario como
temido por la noche, quedaba afuera, en el patio trasero, al final de un
sendero de piedras irregulares que crujían bajo los pies descalzos. Ese camino
aún existe; lo sé porque lo he recorrido en sueños más de una vez.
Una noche, bien entrada la oscuridad, sentí la necesidad de levantarme. El
silencio era absoluto, solo roto por el susurro del viento entre las matas.
Caminé con los ojos medio cerrados, como siempre hacía, para no ver
sombras que no estaban, hasta que, justo antes de llegar al baño, algo me
detuvo.
Debajo de la mata de limón, esa mata generosa que jamás dejaba de dar frutos
amarillos y jugosos, incluso en sequía, ahí brillaba una luz.
No era cualquier luz. Era suave, cálida, dorada como la llama de una vela
encendida en altar. Pero allí no había vela. Y aunque la brisa nocturna soplaba
con delicadeza, la llama no se movía, no parpadeaba, no se apagaba. Simplemente
estaba, fija, como si hubiera estado esperándome desde mucho antes de que yo
naciera.
Me quedé paralizado. No grité. No corrí. Solo observé, con el corazón
golpeándome las costillas como si quisiera escapar. Luego, lentamente,
retrocedí y volví a la cama, sin decir palabra. Nadie debía saberlo… todavía.
Pero la curiosidad es más fuerte que el miedo cuando uno tiene doce años. A la
noche siguiente, volví al mismo sitio, esta vez con los ojos bien abiertos. Y
allí estaba otra vez la luz, idéntica, inmóvil, emanando de algún punto exacto
bajo la mata de limón. Esta vez, el temor se mezcló con una extraña sensación
de pertenencia, como si aquello fuera mío.
A la mañana siguiente, durante el desayuno, se lo conté a mi abuela Rafaela.
Ella dejó la taza de café sobre la mesa, me miró con esos ojos que ya habían
visto tanto, y dijo con voz baja pero firme:
"Eso puede ser una Botija, mijo. Un cofre enterrado con oro o monedas de
morocotas. Alguien lo puso ahí hace mucho tiempo, y ahora quiere dártelo a ti.
Solo a ti. Pero hay que tener valor para sacarlo".
Con la escoba de monte, barrí debajo de la mata de limón, seguro era un vidrio
o una lata de sardina que refleja la luz de la luna. Quedó limpiecito.
Mu abuela, me entregó un escapulario hecho con tela roja, cosido a mano,
bendecido con oraciones que no entendí pero que sentí en el alma. Yo, por mi
parte, preparé mi propio arsenal: una linterna, un pico pequeño y una pala
oxidada con el mango roto. Esa noche, decidí enfrentar lo que fuera que me
esperaba.
Pero cuando llegó la madrugada… todo cambió.
Me desperté con el cuerpo helado, como si alguien hubiera vertido agua fría
sobre mi espalda. No quería levantarme. Sentía escalofríos que no venían del
frío, sino de algo más antiguo, más profundo. Pero pensé en el oro, en el
legado, en el difunto que según mi abuela había elegido mi nombre y mi espíritu
para heredar su secreto.
Con las herramientas al hombro, caminé de nuevo por el sendero de piedra. Iba
con los ojos cerrados, rezando en silencio para no ver nada, para que la luz
hubiera desaparecido. Pero cuando abrí los ojos…
¡Dios mío!
La luz no solo estaba allí, era más intensa, más viva. Se elevaba del suelo
como si respirara, refulgiendo con una fuerza que iluminaba las hojas de la
mata de limón desde abajo. Una brisa helada me envolvió, tan fría que sentí
cómo se me erizaba cada vello del cuerpo. Dejé caer el pico y la pala, di media
vuelta y corrí como nunca antes, gritando hasta que desperté a toda la casa.
Mi abuelo Aníbal salió con su linterna, recorrió el patio, escudriñó bajo la
mata. Nada. Mi abuela también miró. Mis tíos, si hubieran estado, habrían dicho
lo mismo: no había nada. Al día siguiente, cavamos. Cavamos casi dos metros.
Revolvimos la tierra, la tamizamos con una tela metálica, la inspeccionamos
palmo a palmo. No había cofre, no había monedas, ni siquiera un clavo oxidado.
Nunca supe qué fue aquella luz. Tal vez fue un espíritu. Tal vez una prueba. O
tal vez, simplemente, la tierra de Santa Inés guarda sus secretos con tanto
celo que ni siquiera los elegidos pueden tocarlos.
Lo único cierto es esto "Esa noche no saqué la Botija."
Pero ella seguro sigue allí.
Es todo.
LA BOTIJA DE LA MATA DE LIMON.
Cuentos de mis abuelos y de mi pueblo Santa Inés.
Carlos Julio Rivas Galindo.
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