EL DIA QUE MURIO MI ABUELO, DE NUEVO
No fue un fallecimiento cualquiera; era la partida de Aníbal Octavio
Galindo Silva, caballero respetado y querido, juez por muchos años, adeco
acérrimo, ya jubilado, cuyo nombre resonaba en los corredores de la justicia y
en las memorias de quienes conocían su rectitud de otro tiempo. Y su letra
impecable estilo Palmer, a pluma y siempre con tinta negra.
Yacía gravemente enfermo en su cama, en aquella casa que parecía un
relicario de sueños antiguos. La casa, como todas las del pueblo, era de
bahareque frisado con cemento, encalado de blanco hasta el cansancio, con
techos altos que guardaban secretos en sus vigas y ventanas anchas que se
abrían hacia adentro como alas de mariposa rendida. Sus barrotes, torneados a
mano con paciencia de otro siglo, lucían siempre pintados de azul, ese azul que
parece haberse bañado en el cielo antes de secarse. Los cuartos eran amplios,
frescos, casi sagrados; y un gran patio donde la luz danzaba entre las hojas de
las dos grandes matas de Mamón.
¡Se muere el viejo Aníbal! decían las voces en la plaza, en la
pulpería, en el umbral de las puertas.
¡Bueno, ya se murió una vez! Seguro se vuelve a levantar, respondían otros, con
una mezcla de broma y respeto, recordando aquel suceso extraordinario vivido
por él y por los que lo vieron ocurrir en los años cuarenta, cuando en pleno
velorio se levantó de la cama, dejando a los presentes despavoridos y
espantados. Esa historia ya era contada al calor de las noches, con la sombra
de las velas proyectando bailes extraños en las paredes.
¡Se muere el viejo Aníbal! repetían, ahora con un tono más grave.
Ya no hay nada que hacer.
La casa se henchía de hijos, nietos, amigos, allegados, todos con la
cara triste, el dolor a flor de piel, esperando un milagro o la trágica
noticia. El aire olía a café recién colado, a flores mustias y a la humedad de
la tierra que se filtraba desde el patio. Las horas se arrastraban como
caracoles pesados.
Finalmente, una madrugada, todos se alertaron. No fue un sonido lo
primero, sino un silencio repentino, como si el mundo hubiera dejado de girar.
Luego, una ventolera fuerte y extraña se nos vino, arremolinando el polvo del
camino en una polvadera tan impresionante que oscureció la luna. Lo más
espeluznante fue el aullido de los perros, como lobos en manada, un coro
desgarrado que rasgó la noche. El alarmante canto de los gallos y los pájaros,
sonó como si un temblor se avecinara; en el pueblo, las vacas y los toros
mugían, los burros rebuznaban y los caballos se liaban a relinchar. Algunos
animales ajenos a la casa se metieron al patio, avanzando con una solemnidad
extraña, como si quisieran ver al enfermo, presintiendo lo que los humanos
apenas intuíamos.
Luego, un silencio tétrico, denso y frío, se posó sobre todas las cosas.
¡Murió Don Aníbal! alguien avisó, y la frase recorrió las
habitaciones como un susurro sagrado.
Dolor, dolor, dolor.
El velorio se hizo en su propia casa. La calle fue cerrada al paso, y el pueblo
entero pareció vestirse de luto. Llegaron hijos e hijas de distantes partes del
país, caras nuevas y antiguas, entre ellas una tía que nunca conocí, Inés, muy
parecida físicamente a mi tío Régulo. Muchos primos y primas, una telaraña de
sangre y recuerdos. Alguien dijo que al morir éramos ochenta los nietos, un
ejército silencioso de descendientes. También se presentaron autoridades del
gobierno, de la Gobernación de Anzoátegui, del Ministerio de Justicia, hombres
de traje oscuro que inclinaban la cabeza ante el patriarca. Cientos de coronas
de flores, blancas y moradas, llenaron la sala, perfumando el aire con un
dulzor funerario.
El diario La Antorcha le dedicó las páginas centrales. Recuerdo el titular:
“Murió Aníbal Galindo, patriarca de Santa Inés”, escrito por J.R. Hernández,
con palabras que hablaban de leyes, de honor y de un tiempo que se iba para
siempre.
Los muchachos, entre los que me contaba, mirábamos con curiosidad la
urna, y confieso, esperábamos que se levantara. Habíamos crecido con la leyenda
de su primer regreso, y en nuestros ojos infantiles la muerte no era aún un
umbral definitivo. Observábamos sus manos cruzadas sobre el pecho, pálidas y
quietas, y esperábamos el temblor, el suspiro, la apertura de esos ojos que
tantas historias habían visto. Pero no fue así. La muerte, esta vez, se mostró
irrebatible.
Al día siguiente fue enterrado y yace en el cementerio del pueblo, junto
a su esposa, mi abuela Rafaela, bajo la tierra cálida de Anzoátegui. Sin
embargo, en Santa Inés, los viejos, aún cuentan que aquella madrugada, cuando
los animales clamaron y el viento trajo el polvo de todos los caminos, algo más
sucedió. Dicen que los que estaban en la habitación vieron, justo antes del
silencio, una sonrisa fugaz en el rostro del viejo Aníbal, como si en el último
instante hubiera vislumbrado no la nada, sino el umbral de otro misterio, tan
grande como aquel que vivió décadas atrás. Y algunos aseguran que, desde
entonces, en las madrugadas más quietas, los perros aúllan hacia el cementerio,
no con dolor, sino con un extraño respeto, como saludando a un anciano que,
quizás, una vez más, decidió quedarse dormido sólo por un rato.
Mi abuelito.
EL DIA QUE MURIO MI ABUELO, DE NUEVO. Cuentos de mis abuelos y de mi pueblo
Santa Inés.
Carlos Julio Rivas Galindo
04129394648 04160817828
No hay comentarios:
Publicar un comentario